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El fascismo de los últimos tiempos y la lucha por el mundo vivo
nuevo libro:
El fascismo de los últimos tiempos y la lucha por el mundo vivo
Por Naomi Klein y Astra Taylor
El fascismo de los últimos tiempos y la lucha por el mundo vivo
Por Naomi Klein y Astra Taylor
nuevo libro:
El fascismo de los últimos tiempos y la lucha por el mundo vivo
Por Naomi Klein y Astra Taylor
24 Septiembre, 2026
El mundo asiste a la emergencia de un nuevo fascismo. La gran diferencia con la pesadilla que vivimos en el siglo XX es que los monstruos de aquellos tiempos engañaban a las masas con la promesa de un futuro purificado, rico y estable mientras los de ahora aceleran sin frenos hacia la catástrofe al grito de sálvese quien tenga dinero. La alianza de etnonacionalistas, tecnoligarcas y fanáticos religiosos ha dado la espalda a un porvenir común
Este verano, a medida que el calor implacable y la sequía hacían bajar sus niveles de agua, el Danubio empezó a mostrar sus secretos. Como si fueran monstruos que surgían del fango del tiempo, empezaron a aparecer restos hundidos de la Segunda Guerra Mundial.
En Serbia, el río, al secarse, dejó al descubierto al menos 20 barcos nazis, algunos de ellos aún cargados de munición sin detonar. En Hungría, dejó al aire una motocicleta militar nazi cubierta de barro caliente, cerca de las medallas y las placas de identificación oxidadas de dos soldados alemanes. En Eslovaquia, un transeúnte vio que asomaba en el río casi desaparecido una enorme bomba de 680 kilos plantada por la Royal Air Force. Las autoridades tuvieron que transportar con cuidado el arma, que llevaba más de 80 años sumergida, y detonarla bajo tierra, a gran profundidad.
Muchos observadores tienen la sensación de que estas apariciones fantasmales y amenazadoras del pasado de Europa son, más que una curiosidad histórica, una metáfora demasiado literal: la forma que tiene la naturaleza de confirmar la frase de William Faulkner de que “el pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”.
La impresión de que la historia se repite se apoya en muchos datos. A lo largo de todo el Danubio, en la última década ha habido un auge de la nostalgia por una época en la que la “civilización europea” dominaba de forma absoluta, y cada nueva oleada de extrema derecha coquetea con más descaro que la anterior con políticas y consignas raciales que se suponía que habían quedado enterradas al desaparecer el Tercer Reich.
La magnitud de este renacimiento quedó patente a principios de 2025 en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Allí, el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, recién investido, reprendió a los líderes europeos por mantener un cortafuegos político que aislaba a partidos de extrema derecha antes intocables.
Además, se desvivió por reunirse con el partido alemán Alternativa por Alemania (AfD), que ha difundido propuestas para la “remigración” de grandes cantidades de gente y cuyo antiguo colíder llegó a decir que la época nazi no era más que una “caca de pájaro” en la historia del país. Este septiembre, el partido logró un avance electoral histórico en Sajonia-Anhalt, al obtener un 43,8 por ciento de los votos.
Más al este, a orillas del Danubio, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), fundado en 1956 por un antiguo funcionario nazi, goza de la mayor popularidad de su historia y Walter Rosenkranz, miembro destacado del partido, ocupa el segundo cargo más importante del país. El año pasado, el jefe de gabinete de Rosenkranz tuvo que dimitir cuando se supo que una investigación oficial sobre los “Separatistas Sajones”, de extrema derecha, había descubierto un alijo de munición y parafernalia nazi en una propiedad vinculada a él, aunque él negó vivir allí.
Da la casualidad de que el grupo que está en el centro de la polémica tiene las iniciales “SS”, como da la casualidad de que Elon Musk, acérrimo partidario de la AfD y de otros grupos de la extrema derecha europea, expresó su gratitud a los votantes de Trump en enero de 2025 con un gesto que muchos interpretaron como un saludo nazi. (Musk restó importancia a la crítica y publicó en su plataforma X: “Francamente, necesitan mejores artimañas. La crítica de que ‘todo el mundo es Hitler’ está muuuuy manida”).
Igual que los buques de guerra hundidos que están saliendo a la luz a medida que baja el nivel del Danubio, el fascismo parece estar resurgiendo en Europa, Estados Unidos y otros países. Sin embargo, después de haber acabado de escribir un libro sobre los rasgos distintivos del fascismo contemporáneo, no acaban de gustarnos las comparaciones históricas lineales. Por el contrario, si queremos comprender a la extrema derecha actual, más nos valdría no quedarnos en las reliquias oxidadas y prestar más atención a la alarmante sequedad del lecho del río.
El fascismo siempre aparece en épocas de crisis agudas. Es lo que sucedió, sin duda, con Benito Mussolini y Adolf Hitler cuando se abrieron paso a puñetazos hasta el poder. La Primera Guerra Mundial había acabado con la vida de millones de personas, destrozado economías y abarrotado las ciudades de huérfanos, viudas y veteranos mutilados que vivían en la pobreza.
Sin embargo, ver ahora unos sistemas fluviales tan poderosos e importantes sometidos a una presión semejante (mientras que, a miles de kilómetros, las inundaciones glaciales arrasan pueblos enteros) nos recuerda que las crisis actuales son muy diferentes de las que, hace un siglo, empujaron a las poblaciones a buscar líderes autoritarios y chivos expiatorios. Hoy tienen una escala más planetaria y, por consiguiente, una dimensión más existencial y apocalíptica.
Hitler y Mussolini demostraron que estaban dispuestos a desatar una violencia monstruosa e ilimitada. Pero ambos murieron antes del famoso test de Trinity, la primera prueba nuclear: no conocieron un mundo en el que los seres humanos controlaran el poder de las armas nucleares. Tampoco sabían que los tubos de escape y las chimeneas podían alterar la química de nuestro planeta. Ni podían imaginar aquellos dictadores que un solo ciudadano particular pudiera poseer más riqueza y poder tecnológico que la gran mayoría de los países.
Los fascistas actuales no han conocido un mundo sin esas armas y esos peligros de dimensión planetaria y han construido su ideología violenta en paralelo.
Eso, por sí solo, significa que no estamos ante una repetición del autoritarismo histórico. Es, más bien, una continuación que nos lleva a todos a unos escenarios en los que no habíamos estado. Este nuevo y escalofriante fenómeno es lo que denominamos “el fascismo del fin de los tiempos”.
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En la década de 1950, después de escapar de los nazis, el filósofo judío-alemán Günther Anders reflexionaba en sus escritos sobre el drástico cambio que introdujo la era atómica: “Como somos los primeros seres humanos responsables del apocalipsis, también somos los primeros que vivimos bajo su amenaza”.
Por primera vez, observó, estaba sobre la mesa la perspectiva de la extinción humana, el omnicidio. “Todas las demás supremacías suponían una amenaza parcial; aniquilaban solo entidades concretas: ‘solo’ seres humanos, ‘solo’ ciudades, ‘solo’ reinos, ‘solo’ culturas; pero nosotros seguíamos librándonos (si interpretamos que ese ‘nosotros’ significa la humanidad)”.
Hoy no existen esas garantías, sobre todo porque la inteligencia artificial agrava una serie de riesgos existenciales: entre otras cosas, consume cantidades masivas de energía que contribuyen al calentamiento global, facilita unos niveles de concentración de riqueza que ponen en peligro la democracia y aumenta la amenaza de una tecnología incontrolable.
Hace 30 años, el filósofo y teórico italiano Umberto Eco —que vivió durante el régimen de Mussolini en Italia— señaló que el fascismo siempre tiene “un complejo de Apocalipsis” y explicó que, “si hay que derrotar a los enemigos, deberá haber una batalla final, tras la cual el movimiento tendrá el control del mundo”.
Pero, tal como comprendía Anders, aunque la violencia que los fascistas ejercían contra los grupos marginados de su propio país y contra sus enemigos externos era, en efecto, apocalíptica, más que el verdadero fin del mundo, lo que estaban imaginando era la destrucción de partes concretas de él. En general, preveían un futuro en el que las guerras terminarían y surgiría una entidad nacional purificada, rica y estable.
Es importante destacar que esa promesa de un futuro estable no era solo para los ricos, sino también para la base trabajadora. Los nazis prometían a sus seguidores arios tierras de cultivo arrebatadas a los eslavos y casas arrebatadas a los judíos, conectadas por infraestructuras nuevas y sólidas, construidas gracias a obras públicas gigantescas. Era un sueño espantoso y sanguinario, pero, para los miembros del grupo al que se dirigían, tenía beneficios tangibles.
Eso es lo que diferencia por completo a Donald Trump y los demás líderes de extrema derecha de su órbita de predecesores. Durante las campañas electorales se exhiben diversas promesas de una edad de oro: el regreso al empleo industrial de los años cincuenta, con esposas tradicionales e hijos obedientes aguardando en casa, o la esperanza de que las criptomonedas den rienda suelta a la libertad económica.
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Pero da la impresión de que los robots quieren acaparar los puestos de trabajo y, aparte de enriquecer espléndidamente a la familia Trump, las criptomonedas tampoco están siendo lo que se pensaba.
Mientras tanto, no parece que los políticos y las élites empresariales que sostienen el fascismo del fin de los tiempos tengan ningún plan para un futuro al alcance de quienes no son ricos. En lugar de ello, predicen unos “tiempos difíciles” permanentes, como dijo en una ocasión el director ejecutivo de Palantir, Alex Karp, e imaginan un mundo en el que sobrevivirán grupos relativamente pequeños, protegiéndose a sí mismos y su riqueza en medio del caos, los conflictos y los sucesivos desastres.
Es decir, el fascismo del fin de los tiempos ofrece poco más que la oportunidad de creer en una de sus visiones de supervivencia atrincherada. Puede que esa visión sea el sueño de fundirse con máquinas “superinteligentes” para no formar parte de lo que los programadores de Silicon Valley denominan ya con naturalidad “la clase marginal permanente”. Puede que sea la idea de mantener a “los nuestros” a salvo dentro de un Estado-nación purificado en lo racial, fortificado y protegido frente a los necesitados en un mundo en llamas.
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Puede que sea (si uno es suficientemente rico) una plaza en uno de los cohetes de Musk y un chip de Neuralink, dado que él asegura que quiere salvaguardar el destino de nuestra especie convirtiéndonos en “multiplanetarios”. En ninguno de estos casos se tienen en cuenta ni la suerte de este mundo ni la posibilidad de un futuro compartido y sostenible.
Hay que dejar claro que el fascismo del fin de los tiempos no es un bloque monolítico; el fascismo siempre es mucho más caótico. En realidad, es una alianza conflictiva y peligrosa entre tres grandes facciones: los fundamentalistas religiosos, los partidarios de la aceleración tecnológica y los etnonacionalistas militantes.
No hace mucho tiempo, la visión verdaderamente apocalíptica del mundo era patrimonio exclusivo de los recovecos más marginales de la derecha religiosa. Sus teócratas y creyentes sinceros examinaban la actualidad en busca de señales de que se avecinaba el día del Juicio Final, convencidos de que se los llevarían al cielo mientras los restos de la civilización humana se hundían en el caos y el Armagedón.
Ahora, estos extremistas han logrado convertirse en una fuerza de peso dentro de los gobiernos de Estados Unidos e Israel, donde ejercen una política de conflicto militar estratégico con el objetivo de cumplir lo que ellos consideran una profecía bíblica. Durante una una entrevista reciente para un podcast evangélico, Vance reflexionó sobre la posibilidad de que sus acciones pudieran provocar “el fin de los tiempos” y confesó que no le “sorprendería que el Anticristo estuviera entre nosotros”; exactamente lo que dice su mecenas y mentor, Peter Thiel.
En realidad, Silicon Valley se ha impregnado de una actitud mesiánica y milenarista, y los gigantes tecnológicos compiten por crear deidades digitales que, según dicen, o traerán la tierra prometida o lo destruirán todo. (Sam Altman dijo en una ocasión que la IA, “probablemente, casi con toda seguridad, provocará el fin del mundo, pero, mientras tanto, habrá empresas fantásticas”). Un nihilismo muy parecido es el que sostiene la obsesión por las “invasiones” fronterizas y la ideología del “gran reemplazo”, así como la afirmación apocalíptica de que la inmigración es una forma de “suicidio” y “borrado” cultural (que es la única parte de la alianza con verdadero atractivo para las masas).
Es llamativo que, en todas estas visiones bunkerizadas, no haya ningún plan para abordar en serio las razones de nuestras crisis colectivas más acuciantes; más bien, parece haber cierto empeño en acelerar la hecatombe en todos los frentes.
Y eso nos lleva de nuevo a este verano europeo de calor y sequía sin precedentes. Durante el mismo verano brutal que ha sacado a la luz esas reliquias nazis, en Europa se registró un exceso de mortalidad de 16.000 personas en una sola semana y ardieron enormes extensiones del continente, con el consiguiente desplazamiento de cientos de miles de residentes. Mientras los españoles huían en busca de seguridad, Santiago Abascal, líder del partido de extrema derecha español Vox, señaló con el dedo al “fanatismo climático” y a la corrupción gubernamental que, según él, habían facilitado los incendios.
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Abascal también se apresuró a cambiar de tema y a desviar la atención de las catástrofes climáticas que estaban experimentando los europeos a la supuesta emergencia migratoria en el norte de África. Calificó falsamente a las decenas de miles de migrantes que entraron en Ceuta a finales de julio de “ejército invasor” dedicado a violar y saquear (sin tener en cuenta que Ceuta forma parte de España solo debido a siglos de verdaderas invasiones, ni que casi todos los migrantes fueron devueltos a Marruecos casi de inmediato, aunque muchos se ahogaron durante la tragedia).
Abascal contó con el respaldo del coro de la derecha mundial, en el que estaban todos, desde Trump hasta el presidente argentino, Javier Milei, alimentando un ambiente de pánico e histeria en torno al espectáculo de Ceuta, que desencadenó protestas contra los inmigrantes en España.
Es una estrategia que ya conocemos: Trump siempre habla de la “invasión” inminente como parte fundamental de sus campañas electorales. José Antonio Kast, el presidente chileno elegido en marzo, prometió durante la campaña construir trincheras y muros en las fronteras con Bolivia y Perú. Marine Le Pen, que hoy disfruta de un retorno tal vez imparable en Francia, arremetió en 2019 contra los inmigrantes y dijo que eran unos “nómadas” a quienes “no les importa el medio ambiente; no tienen patria”.
Todo esto nos hace pensar que el fascismo del fin de los tiempos —con sus fronteras fortificadas, su ayuda exterior diezmada y su obsesión por hacerse con los recursos ocultos bajo el hielo que se derrite en Groenlandia— es tal vez una forma retorcida y sádica de adaptación al cambio climático. Ahora que la realidad del calentamiento global es ya innegable, lo único que queda por negar es la humanidad de nuestros semejantes. ¿Cómo, si no, se puede justificar que dejemos que tantos mueran de hambre en las áridas tierras de Somalia, o que se ahoguen tratando de sobrevivir frente a las costas del norte de África, o que mueran en los centros de detención del ICE en Estados Unidos?
Los estudios demuestran que los partidos de extrema derecha atraen en particular a los hombres jóvenes. Forman parte de una generación que teme no llegar nunca a tener una vivienda propia, pero que se resarce con el placer que les proporciona fastidiar a los progresistas con un troleo constante en internet. Convencidos de que les han robado el futuro, comparten memes que dan una imagen romántica de los autoritarismos históricos.
Igual que los teóricos de la conspiración no tienen razón sobre los datos, pero aciertan con las emociones, los fascistas del fin de los tiempos saben conectar con unos sentimientos muy arraigados de inseguridad y malestar, incluido lo insólito de un mundo en el que las estaciones se confunden y cada vez resulta más difícil distinguir lo real de lo falso.
Nos dicen que la razón por la que ya no reconocemos nuestras ciudades es la cantidad de locales de kebab y minaretes y los inmigrantes que vienen a “reemplazarnos”, y no, por ejemplo, los patrones climáticos irreconocibles, ni los ejecutivos tecnológicos que tanta prisa tienen en sustituirnos a todos por robots e invocar a sus deidades digitales.
Por su parte, los líderes de extrema derecha ven el lado positivo de toda esta incertidumbre y desorientación. Entienden muy bien cómo prospera la política reaccionaria en periodos de inestabilidad y conflicto, y cómo la precariedad puede hacer que las personas se vuelvan unas en contra de otras mientras se aferran, cada vez con más desesperación, a cualquier migaja de protección y privilegio que tienen.
Hace un siglo surgieron unas dinámicas similares con consecuencias desastrosas en toda Europa. En cambio, Estados Unidos, ante unas crisis igual de graves, emprendió un rumbo diferente. Mientras el país se recuperaba con esfuerzo de la Gran Depresión y los demagogos racistas encontraban un público receptivo, los sindicalistas y los líderes políticos construyeron una alternativa.
Franklin Delano Roosevelt sostuvo que el Congreso debía aumentar el gasto público para luchar contra el fascismo en el país. “La democracia” —dijo en un discurso radiofónico— “ha desaparecido en otras grandes naciones, no porque a los ciudadanos de esas naciones les desagradara la democracia, sino porque se habían cansado del desempleo y la inseguridad, de ver a sus hijos pasar hambre mientras ellos estaban paralizados e impotentes ante la confusión y la debilidad del Gobierno, por la falta de liderazgo.
Al final, desesperados, prefirieron sacrificar la libertad con la esperanza de tener algo que comer”. El New Deal ayudó a quitar aire a los extremistas políticos porque fomentó la estabilidad y dio satisfacción a las necesidades reales de la gente.
Como hemos visto, la historia no se repite en bucle. Sin embargo, la lección fundamental de Roosevelt sigue siendo válida: no es posible hacer frente a la amenaza fascista si no se combaten las causas materiales genuinas que hacen que a la gente le sea más difícil resistirse a los líderes autoritarios y a los chivos expiatorios. Hoy, esas causas tienen un aspecto distinto al de la década de 1930. Desde luego, seguimos necesitando financiar generosamente los servicios esenciales que cubren las necesidades básicas de la vida e invertir en empleos bien remunerados y socialmente productivos.
Pero además debemos hacerlo sin dejar de abordar los riesgos existenciales mundiales que definen nuestra época: el cambio climático, las armas nucleares, la IA generativa, y la riqueza y el poder sin control.
La gente ya está presionando para que se adopten este tipo de soluciones. Lo vemos en la rápida expansión del movimiento que exige una gobernanza democrática de la IA y que está consiguiendo paralizar la construcción de centros de datos hasta que esa gobernanza sea realidad, en las campañas mundiales para cobrar más impuestos a los multimillonarios e incluso fijar un límite a la riqueza y en el histórico número de políticos estadounidenses que votan a favor de que se dejen de enviar armas a Israel y se oponen a la escalada del conflicto en Irán. También lo vemos en el renovado interés por la acción climática de los candidatos rebeldes del Partido Demócrata, partidarios de un New Deal Verde y una sanidad universal.
Queda mucho camino por recorrer hasta que tengamos respuestas proporcionales a las crisis que afrontamos, pero cada vez hay más gente corriente y más líderes políticos conscientes de algo sencillo y urgente: que la mejor manera de ayudar a sus vecinos a resistir la llamada del fascismo apocalíptico es mejorar sus vidas aquí y ahora.
*Naomi Klein y **Astra Taylor
–Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)
https://estrategia.la/
https://estrategia.la/?s=NAOMI+KLEIN
*Ensayista y profesora de Justicia Climática en la Universidad de Columbia Británica (Canadá). Autora de libros como No logo (2001), La doctrina del shock (2007) y Doppelganger. Un viaje al mundo del espejo (2024), todos publicados en Paidós.
**Directora de cine documental, escritora, activista y música. Es autora, junto a Klein de End Times Fascism: And the Fight for the Living World (El fascismo del fin de los tiempos y la lucha por el mundo viviente)
https://www-other–news-info.translate.goog/noticias/el-fascismo-del-fin-de-los-tiempos-hacer-negocio-hasta-que-llegue-el-apocalipsis/
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Naomi Klein vuelve a encender la alarma: el fascismo que se prepara para el fin del mundo
Por Félix Montano -Chile, 15 Septiembre, 2026
En End Times Fascism, publicado este 15 de septiembre y escrito junto a Astra Taylor, la autora de No Logo y La doctrina del shock identifica una inquietante convergencia entre oligarcas tecnológicos, fundamentalistas religiosos y ultraderechas nacionalistas. La advertencia va más allá de Trump o de cualquier gobierno particular: sectores que concentran una porción extraordinaria del poder mundial parecen haber dejado de pensar cómo evitar las grandes catástrofes de nuestro tiempo y comienzan a prepararse para decidir quiénes podrán sobrevivir a ellas.
Naomi Klein tiene la incómoda costumbre de mirar aquello que está sucediendo ante nuestros ojos antes de que alcancemos a comprenderlo como parte de un fenómeno mayor.
En 1999, No Logo describió el creciente poder de las grandes corporaciones sobre la cultura, el trabajo y la vida cotidiana cuando todavía se celebraba sin demasiadas preguntas el triunfo de la globalización. En 2007, La doctrina del shock explicó cómo las catástrofes, las guerras y las crisis podían transformarse en oportunidades para imponer políticas que encontrarían una fuerte resistencia social en circunstancias normales. Más tarde, Esto lo cambia todo colocó la crisis climática frente a un modelo económico incapaz de reconocer los límites del planeta. Y en Doppelgänger, publicado en 2023, Klein se internó en el universo de las conspiraciones, las redes digitales y el desplazamiento de sectores descontentos hacia una nueva derecha.
Ahora vuelve con una advertencia probablemente más inquietante.
Este martes 15 de septiembre aparece en inglés End Times Fascism and the Fight for the Living World —El fascismo de los tiempos finales y la lucha por el mundo vivo—, escrito junto a la filósofa, documentalista y activista estadounidense-canadiense Astra Taylor. Las autoras sostienen que una nueva forma de extrema derecha está surgiendo de la convergencia entre tres universos que hasta hace poco podían parecer muy diferentes: el fundamentalismo religioso, los grandes magnates tecnológicos y el nacionalismo étnico.
No los une necesariamente una doctrina común. Los une algo quizás más profundo: una determinada relación con el futuro.
Cuando el poder deja de prometer un futuro
Durante buena parte del siglo XX, incluso las ideologías más despiadadas se presentaron como proyectos de futuro. Prometían prosperidad, grandeza nacional, progreso, desarrollo o algún tipo de paraíso terrenal.
Klein y Taylor observan una transformación.
Una parte de las nuevas élites parece estar aceptando que se aproximan grandes rupturas: cambio climático, guerras, desplazamientos humanos, crisis económicas, agotamiento de recursos, destrucción de empleos por la inteligencia artificial o incluso escenarios tecnológicos fuera de control.
Pero en vez de organizar la sociedad para impedir la catástrofe, comienza a organizarse para sobrevivir a ella.
Ahí aparecen los multimillonarios que construyen refugios privados, compran islas o fantasean con abandonar la Tierra; los nacionalismos que quieren convertir sus países en fortalezas contra las migraciones; los fundamentalistas religiosos que interpretan las catástrofes como señales de acontecimientos mesiánicos; y los magnates tecnológicos convencidos de que la tecnología permitirá superar las limitaciones humanas y naturales.
En una entrevista publicada en el NYT pocos días antes del lanzamiento, Klein define este “fascismo de los tiempos finales” como una forma de fascismo que ha asumido la posibilidad del colapso. Las armas nucleares, el calentamiento global y tecnologías con capacidades que no existían durante el fascismo europeo han transformado las condiciones históricas. La cuestión política pasa entonces a ser brutalmente sencilla: quién sobrevivirá a la catástrofe.
No es simplemente una metáfora.
Elon Musk lleva años hablando de convertir a la humanidad en una especie multiplanetaria. Algunos multimillonarios tecnológicos se preparan materialmente para escenarios de colapso. Al mismo tiempo, poderosos movimientos cristianos estadounidenses leen las guerras y conflictos contemporáneos dentro de una interpretación profética del fin de los tiempos.
Lo verdaderamente novedoso para Klein y Taylor es la conexión política entre esos mundos.
De la doctrina del shock a la doctrina del búnker
Aquí aparece inevitablemente la relación con La doctrina del shock.
Klein describió entonces un mecanismo relativamente sencillo: ocurre una catástrofe; la sociedad queda desorientada; el poder aprovecha esa desorientación para imponer rápidamente transformaciones económicas y políticas que en circunstancias normales serían rechazadas.
El nuevo escenario parece representar una etapa posterior.
Ya no se trata únicamente de aprovechar la catástrofe.
Se trata de aceptarla.
Y de prepararse para ella.
La imagen que atraviesa el nuevo libro es, en cierto modo, la del búnker: espacios protegidos para quienes pueden pagarlos y un exterior crecientemente inseguro para los demás.
En su reciente conversación con The Guardian, Klein recuerda que ya había encontrado una versión embrionaria de ese mundo durante la ocupación de Irak: la Zona Verde de Bagdad, una ciudad fortificada y privatizada en medio de una sociedad devastada por la guerra. Ahora aquella lógica reaparece en una escala muchísimo mayor.
La pregunta deja entonces de ser cómo reconstruimos una sociedad después de la crisis.
Pasa a ser quién tendrá acceso al refugio.
Los multimillonarios han cambiado
Hay otra observación especialmente interesante.
Durante décadas, las grandes fortunas necesitaron justificar su existencia. Davos, las fundaciones filantrópicas y las grandes iniciativas empresariales estaban llenas de multimillonarios prometiendo combatir la pobreza, financiar escuelas, salvar el planeta o democratizar la tecnología.
Klein sostiene que algo ha cambiado.
Peter Thiel escribió hace años que ya no creía compatibles libertad y democracia. Elon Musk ha pasado de presentarse principalmente como empresario de automóviles eléctricos que contribuirían a combatir el calentamiento global a ocupar un lugar central en una cultura política radicalmente diferente. Otros grandes empresarios tecnológicos se acercaron a Donald Trump.
Para Klein y Taylor no se trata solamente de oportunismo político. Hay una transformación cultural dentro de las élites.
La riqueza extrema necesita construir una explicación de sí misma. ¿Por qué una persona posee decenas o centenares de miles de millones de dólares mientras millones carecen de vivienda, alimentación adecuada o atención sanitaria?
La respuesta termina fácilmente convirtiéndose en una teoría de superioridad: si tengo muchísimo más que los demás, debe existir alguna razón por la cual lo merezco.
Klein lo formula provocativamente: la riqueza extrema puede producir una visión supremacista del mundo.
El fascismo no regresa con el mismo uniforme
El concepto utilizado por Klein y Taylor seguramente provocará discusión.
La palabra fascismo se ha utilizado tantas veces para describir fenómenos políticos diferentes que corre permanentemente el riesgo de perder precisión.
Las propias autoras reconocen el problema.
Pero justamente advierten contra una idea tranquilizadora: creer que reconoceremos el fascismo porque volverá vestido como en los años treinta.
La historia no funciona así.
Klein utiliza la imagen de una espiral. Podemos volver sobre patrones conocidos, pero nunca regresamos exactamente al mismo punto. Cada vuelta incorpora nuevas tecnologías, nuevas estructuras económicas y nuevas formas de poder.
El fascismo contemporáneo no necesita necesariamente camisas negras, marchas militares ni partidos organizados exactamente como los de Mussolini o Hitler.
Puede convivir durante largos períodos con instituciones democráticas debilitadas, elecciones, redes sociales, multimillonarios tecnológicos y mercados financieros globalizados.
Lo importante, para las autoras, es observar su función política.
Y aquí aparece una definición particularmente dura: el fascismo emerge en momentos de crisis sistémica, conecta frustraciones populares con poderes tradicionales, protege a las élites frente a las demandas redistributivas y dirige la ira social contra grupos vulnerables convertidos en culpables.
Chile aparece en el libro
Para los lectores chilenos hay una sorpresa particularmente significativa.
Chile no es una extrapolación que debamos hacer desde estas páginas. Está dentro del argumento de Klein y Taylor.
Las autoras recuerdan la elección de Salvador Allende, la aparición de Patria y Libertad, el golpe de Estado y la dictadura de Augusto Pinochet. Y establecen explícitamente una línea histórica que llega hasta el actual presidente José Antonio Kast.
La afirmación será polémica y debe ser discutida como tal.
Pero precisamente por eso importa.
Klein y Taylor no sostienen que Chile esté viviendo nuevamente 1973 ni que José Antonio Kast sea simplemente una reproducción de Pinochet. Su argumento es más amplio: las crisis sistémicas pueden abrir espacios para proyectos políticos que mantienen la estructura económica mientras desplazan la frustración social hacia enemigos internos.
Esa hipótesis obliga al menos a mirar con atención fenómenos contemporáneos que Chile comparte con otras sociedades: miedo a la delincuencia, rechazo al inmigrante, debilitamiento de derechos sociales, concentración económica, desconfianza hacia las instituciones y discursos que presentan las garantías democráticas como obstáculos para resolver rápidamente los problemas.
Pero reducir End Times Fascism a Kast sería perder precisamente aquello que hace importante el libro.
Una advertencia global
El escenario de Klein y Taylor es planetario.
Trump ocupa un lugar central, pero también aparecen la Argentina libertaria, el nacionalismo religioso de India, la extrema derecha europea, Israel, Silicon Valley y las nuevas oligarquías tecnológicas. Las autoras ven manifestaciones diferentes de un fenómeno que crece sobre una misma materia prima: sociedades asustadas ante un futuro que parece cada vez más inseguro.
Ese miedo tiene fundamentos reales.
El planeta efectivamente se calienta. La inteligencia artificial efectivamente puede destruir o transformar millones de empleos. Las guerras se multiplican. Las migraciones aumentarán bajo presión climática y económica. La desigualdad ha alcanzado dimensiones extraordinarias.
El problema comienza con la respuesta política.
Podemos intentar resolver colectivamente esas amenazas.
Podemos construir fortalezas.
Podemos distribuir los recursos necesarios para atravesar las crisis.
O concentrarlos.
Podemos reconocer al migrante como otro ser humano que intenta sobrevivir.
O transformarlo en enemigo.
Podemos utilizar la tecnología para reducir el trabajo y ampliar el bienestar.
O emplearla para concentrar todavía más riqueza y poder.
Ese es finalmente el conflicto que describe el libro.
La lucha por el mundo vivo
Por eso sería un error terminar la lectura en la palabra “fascismo”.
La segunda mitad del título es igualmente importante: la lucha por el mundo vivo.
Klein y Taylor sostienen que esta nueva derecha posee una enorme debilidad: no tiene realmente un futuro que ofrecer a las mayorías.
Tiene enemigos.
Tiene miedo.
Tiene fronteras.
Tiene policías.
Tiene tecnología.
Tiene multimillonarios.
Pero no posee una imagen convincente de una sociedad en la cual puedan vivir dignamente ocho mil millones de seres humanos.
Las autoras encuentran allí una posibilidad política. La mayoría de las personas, incluidas muchas que han votado por dirigentes de extrema derecha, no desean el colapso. Quieren seguridad, vivienda, empleo, servicios públicos, comunidades donde vivir y un planeta que puedan heredar sus hijos. Klein y Taylor escribieron deliberadamente el libro para que pudiera servir a los movimientos que enfrentan el autoritarismo y sostienen que exponer esta visión apocalíptica debilita su capacidad de seducción.
Hay algo profundamente político en esa conclusión.
Durante décadas, el neoliberalismo convenció a millones de personas de que no existía alternativa. Después llegaron las crisis. Y ahora una parte del poder parece estar diciendo algo todavía peor: quizás tampoco exista futuro para todos.
Naomi Klein lleva más de veinticinco años observando las mutaciones del capitalismo contemporáneo. No siempre sus diagnósticos han sido aceptados y seguramente este tampoco lo será sin controversia. El concepto de “fascismo de los tiempos finales” tendrá que demostrar su capacidad para explicar fenómenos muy diferentes sin convertirlos artificialmente en una sola cosa.
Pero esa discusión es precisamente la razón para leer el libro.
Porque End Times Fascism formula una pregunta que ya no parece extravagante.
Hace veinte años, Klein nos advirtió que el poder había aprendido a aprovechar las catástrofes.
Ahora, junto a Astra Taylor, advierte algo mucho más perturbador:
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una parte del poder puede haber comenzado a prepararse para un mundo en el cual la catástrofe ya no tenga que ser evitada, siempre que ellos estén entre los sobrevivientes.
Y frente a la política del búnker, las autoras proponen una idea tan elemental que en estos tiempos comienza a parecer radical: no escapar del mundo, sino salvarlo.
https://corporacionuteusach-noticias.cl/2026/09/15/naomi-klein-vuelve-a-/
La ideología dominante de la extrema derecha se ha convertido en un monstruoso y supremacista supervivencialista. Nuestra tarea es construir un movimiento lo suficientemente fuerte como para detenerlos.
https://naomiklein.org/end-times-fascism/
El «fascismo del fin de los tiempos» es la ideología de quienes se esfuerzan por hacer del mundo un lugar inhabitable y luego buscan protegerse de las consecuencias. Ya sea refugiándose en lujosas islas privadas, viajando a Marte en cohete o fortificando la nación para mantener a raya a sus enemigos, estos nuevos supervivientes han acumulado poder, pero distan mucho de ser inexpugnables. Klein y Taylor demuestran, mediante reportajes y análisis originales, que los numerosos conflictos y contradicciones internas, así como la incapacidad nihilista para vislumbrar un futuro compartido, incluso para sus supuestos aliados, hacen que estos actores sean vulnerables a un nuevo tipo de política «provida», arraigada en el respeto por nuestra existencia compartida y la consideración por la Tierra que habitamos y debemos proteger.
Mi décimo libro, * El fascismo de los últimos tiempos y la lucha por el mundo vivo* , escrito en colaboración con Astra Taylor, se publicará en septiembre de 2026. Queríamos que este libro estuviera disponible antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre en Estados Unidos. Astra y yo creemos firmemente en escribir libros que los lectores puedan utilizar, y esperamos sinceramente que los movimientos que se alzan contra la violencia y la explotación fascista encuentren nuestra investigación y análisis de utilidad tangible para su labor vital.
Los oligarcas tecnológicos afirman que invocan demonios con sus máquinas, los extremistas religiosos celebran cada catástrofe como una señal de la llegada del mesías, y el gobierno estadounidense apuesta nuestro futuro a profecías tan sombrías. La buena noticia es que la gran mayoría de la gente, incluyendo a quienes votaron por Trump y otros como él, rechaza estas visiones apocalípticas. Por eso, este libro, aunque desgarrador en algunos momentos, es en última instancia esperanzador: ya sea que luchemos contra la contaminación de los centros de datos o nos opongamos a las guerras interminables, la mayoría anhelamos un futuro en el que podamos creer y líderes que crean en nosotros. Astra y yo escribimos este libro porque estamos absolutamente convencidos de que cuanto más se exponga el fascismo del fin de los tiempos, más débil será su influencia.
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El fascismo de los últimos tiempos y la lucha por el mundo vivo
Por Naomi Klein y Astra Taylor
24 Septiembre, 2026
El mundo asiste a la emergencia de un nuevo fascismo. La gran diferencia con la pesadilla que vivimos en el siglo XX es que los monstruos de aquellos tiempos engañaban a las masas con la promesa de un futuro purificado, rico y estable mientras los de ahora aceleran sin frenos hacia la catástrofe al grito de sálvese quien tenga dinero. La alianza de etnonacionalistas, tecnoligarcas y fanáticos religiosos ha dado la espalda a un porvenir común
Este verano, a medida que el calor implacable y la sequía hacían bajar sus niveles de agua, el Danubio empezó a mostrar sus secretos. Como si fueran monstruos que surgían del fango del tiempo, empezaron a aparecer restos hundidos de la Segunda Guerra Mundial.
En Serbia, el río, al secarse, dejó al descubierto al menos 20 barcos nazis, algunos de ellos aún cargados de munición sin detonar. En Hungría, dejó al aire una motocicleta militar nazi cubierta de barro caliente, cerca de las medallas y las placas de identificación oxidadas de dos soldados alemanes. En Eslovaquia, un transeúnte vio que asomaba en el río casi desaparecido una enorme bomba de 680 kilos plantada por la Royal Air Force. Las autoridades tuvieron que transportar con cuidado el arma, que llevaba más de 80 años sumergida, y detonarla bajo tierra, a gran profundidad.
Muchos observadores tienen la sensación de que estas apariciones fantasmales y amenazadoras del pasado de Europa son, más que una curiosidad histórica, una metáfora demasiado literal: la forma que tiene la naturaleza de confirmar la frase de William Faulkner de que “el pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”.
La impresión de que la historia se repite se apoya en muchos datos. A lo largo de todo el Danubio, en la última década ha habido un auge de la nostalgia por una época en la que la “civilización europea” dominaba de forma absoluta, y cada nueva oleada de extrema derecha coquetea con más descaro que la anterior con políticas y consignas raciales que se suponía que habían quedado enterradas al desaparecer el Tercer Reich.
La magnitud de este renacimiento quedó patente a principios de 2025 en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Allí, el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, recién investido, reprendió a los líderes europeos por mantener un cortafuegos político que aislaba a partidos de extrema derecha antes intocables.
Además, se desvivió por reunirse con el partido alemán Alternativa por Alemania (AfD), que ha difundido propuestas para la “remigración” de grandes cantidades de gente y cuyo antiguo colíder llegó a decir que la época nazi no era más que una “caca de pájaro” en la historia del país. Este septiembre, el partido logró un avance electoral histórico en Sajonia-Anhalt, al obtener un 43,8 por ciento de los votos.
Más al este, a orillas del Danubio, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), fundado en 1956 por un antiguo funcionario nazi, goza de la mayor popularidad de su historia y Walter Rosenkranz, miembro destacado del partido, ocupa el segundo cargo más importante del país. El año pasado, el jefe de gabinete de Rosenkranz tuvo que dimitir cuando se supo que una investigación oficial sobre los “Separatistas Sajones”, de extrema derecha, había descubierto un alijo de munición y parafernalia nazi en una propiedad vinculada a él, aunque él negó vivir allí.
Da la casualidad de que el grupo que está en el centro de la polémica tiene las iniciales “SS”, como da la casualidad de que Elon Musk, acérrimo partidario de la AfD y de otros grupos de la extrema derecha europea, expresó su gratitud a los votantes de Trump en enero de 2025 con un gesto que muchos interpretaron como un saludo nazi. (Musk restó importancia a la crítica y publicó en su plataforma X: “Francamente, necesitan mejores artimañas. La crítica de que ‘todo el mundo es Hitler’ está muuuuy manida”).
Igual que los buques de guerra hundidos que están saliendo a la luz a medida que baja el nivel del Danubio, el fascismo parece estar resurgiendo en Europa, Estados Unidos y otros países. Sin embargo, después de haber acabado de escribir un libro sobre los rasgos distintivos del fascismo contemporáneo, no acaban de gustarnos las comparaciones históricas lineales. Por el contrario, si queremos comprender a la extrema derecha actual, más nos valdría no quedarnos en las reliquias oxidadas y prestar más atención a la alarmante sequedad del lecho del río.
El fascismo siempre aparece en épocas de crisis agudas. Es lo que sucedió, sin duda, con Benito Mussolini y Adolf Hitler cuando se abrieron paso a puñetazos hasta el poder. La Primera Guerra Mundial había acabado con la vida de millones de personas, destrozado economías y abarrotado las ciudades de huérfanos, viudas y veteranos mutilados que vivían en la pobreza.
Sin embargo, ver ahora unos sistemas fluviales tan poderosos e importantes sometidos a una presión semejante (mientras que, a miles de kilómetros, las inundaciones glaciales arrasan pueblos enteros) nos recuerda que las crisis actuales son muy diferentes de las que, hace un siglo, empujaron a las poblaciones a buscar líderes autoritarios y chivos expiatorios. Hoy tienen una escala más planetaria y, por consiguiente, una dimensión más existencial y apocalíptica.
Hitler y Mussolini demostraron que estaban dispuestos a desatar una violencia monstruosa e ilimitada. Pero ambos murieron antes del famoso test de Trinity, la primera prueba nuclear: no conocieron un mundo en el que los seres humanos controlaran el poder de las armas nucleares. Tampoco sabían que los tubos de escape y las chimeneas podían alterar la química de nuestro planeta. Ni podían imaginar aquellos dictadores que un solo ciudadano particular pudiera poseer más riqueza y poder tecnológico que la gran mayoría de los países.
Los fascistas actuales no han conocido un mundo sin esas armas y esos peligros de dimensión planetaria y han construido su ideología violenta en paralelo.
Eso, por sí solo, significa que no estamos ante una repetición del autoritarismo histórico. Es, más bien, una continuación que nos lleva a todos a unos escenarios en los que no habíamos estado. Este nuevo y escalofriante fenómeno es lo que denominamos “el fascismo del fin de los tiempos”.
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En la década de 1950, después de escapar de los nazis, el filósofo judío-alemán Günther Anders reflexionaba en sus escritos sobre el drástico cambio que introdujo la era atómica: “Como somos los primeros seres humanos responsables del apocalipsis, también somos los primeros que vivimos bajo su amenaza”.
Por primera vez, observó, estaba sobre la mesa la perspectiva de la extinción humana, el omnicidio. “Todas las demás supremacías suponían una amenaza parcial; aniquilaban solo entidades concretas: ‘solo’ seres humanos, ‘solo’ ciudades, ‘solo’ reinos, ‘solo’ culturas; pero nosotros seguíamos librándonos (si interpretamos que ese ‘nosotros’ significa la humanidad)”.
Hoy no existen esas garantías, sobre todo porque la inteligencia artificial agrava una serie de riesgos existenciales: entre otras cosas, consume cantidades masivas de energía que contribuyen al calentamiento global, facilita unos niveles de concentración de riqueza que ponen en peligro la democracia y aumenta la amenaza de una tecnología incontrolable.
Hace 30 años, el filósofo y teórico italiano Umberto Eco —que vivió durante el régimen de Mussolini en Italia— señaló que el fascismo siempre tiene “un complejo de Apocalipsis” y explicó que, “si hay que derrotar a los enemigos, deberá haber una batalla final, tras la cual el movimiento tendrá el control del mundo”.
Pero, tal como comprendía Anders, aunque la violencia que los fascistas ejercían contra los grupos marginados de su propio país y contra sus enemigos externos era, en efecto, apocalíptica, más que el verdadero fin del mundo, lo que estaban imaginando era la destrucción de partes concretas de él. En general, preveían un futuro en el que las guerras terminarían y surgiría una entidad nacional purificada, rica y estable.
Es importante destacar que esa promesa de un futuro estable no era solo para los ricos, sino también para la base trabajadora. Los nazis prometían a sus seguidores arios tierras de cultivo arrebatadas a los eslavos y casas arrebatadas a los judíos, conectadas por infraestructuras nuevas y sólidas, construidas gracias a obras públicas gigantescas. Era un sueño espantoso y sanguinario, pero, para los miembros del grupo al que se dirigían, tenía beneficios tangibles.
Eso es lo que diferencia por completo a Donald Trump y los demás líderes de extrema derecha de su órbita de predecesores. Durante las campañas electorales se exhiben diversas promesas de una edad de oro: el regreso al empleo industrial de los años cincuenta, con esposas tradicionales e hijos obedientes aguardando en casa, o la esperanza de que las criptomonedas den rienda suelta a la libertad económica.
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Pero da la impresión de que los robots quieren acaparar los puestos de trabajo y, aparte de enriquecer espléndidamente a la familia Trump, las criptomonedas tampoco están siendo lo que se pensaba.
Mientras tanto, no parece que los políticos y las élites empresariales que sostienen el fascismo del fin de los tiempos tengan ningún plan para un futuro al alcance de quienes no son ricos. En lugar de ello, predicen unos “tiempos difíciles” permanentes, como dijo en una ocasión el director ejecutivo de Palantir, Alex Karp, e imaginan un mundo en el que sobrevivirán grupos relativamente pequeños, protegiéndose a sí mismos y su riqueza en medio del caos, los conflictos y los sucesivos desastres.
Es decir, el fascismo del fin de los tiempos ofrece poco más que la oportunidad de creer en una de sus visiones de supervivencia atrincherada. Puede que esa visión sea el sueño de fundirse con máquinas “superinteligentes” para no formar parte de lo que los programadores de Silicon Valley denominan ya con naturalidad “la clase marginal permanente”. Puede que sea la idea de mantener a “los nuestros” a salvo dentro de un Estado-nación purificado en lo racial, fortificado y protegido frente a los necesitados en un mundo en llamas.
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Puede que sea (si uno es suficientemente rico) una plaza en uno de los cohetes de Musk y un chip de Neuralink, dado que él asegura que quiere salvaguardar el destino de nuestra especie convirtiéndonos en “multiplanetarios”. En ninguno de estos casos se tienen en cuenta ni la suerte de este mundo ni la posibilidad de un futuro compartido y sostenible.
Hay que dejar claro que el fascismo del fin de los tiempos no es un bloque monolítico; el fascismo siempre es mucho más caótico. En realidad, es una alianza conflictiva y peligrosa entre tres grandes facciones: los fundamentalistas religiosos, los partidarios de la aceleración tecnológica y los etnonacionalistas militantes.
No hace mucho tiempo, la visión verdaderamente apocalíptica del mundo era patrimonio exclusivo de los recovecos más marginales de la derecha religiosa. Sus teócratas y creyentes sinceros examinaban la actualidad en busca de señales de que se avecinaba el día del Juicio Final, convencidos de que se los llevarían al cielo mientras los restos de la civilización humana se hundían en el caos y el Armagedón.
Ahora, estos extremistas han logrado convertirse en una fuerza de peso dentro de los gobiernos de Estados Unidos e Israel, donde ejercen una política de conflicto militar estratégico con el objetivo de cumplir lo que ellos consideran una profecía bíblica. Durante una una entrevista reciente para un podcast evangélico, Vance reflexionó sobre la posibilidad de que sus acciones pudieran provocar “el fin de los tiempos” y confesó que no le “sorprendería que el Anticristo estuviera entre nosotros”; exactamente lo que dice su mecenas y mentor, Peter Thiel.
En realidad, Silicon Valley se ha impregnado de una actitud mesiánica y milenarista, y los gigantes tecnológicos compiten por crear deidades digitales que, según dicen, o traerán la tierra prometida o lo destruirán todo. (Sam Altman dijo en una ocasión que la IA, “probablemente, casi con toda seguridad, provocará el fin del mundo, pero, mientras tanto, habrá empresas fantásticas”). Un nihilismo muy parecido es el que sostiene la obsesión por las “invasiones” fronterizas y la ideología del “gran reemplazo”, así como la afirmación apocalíptica de que la inmigración es una forma de “suicidio” y “borrado” cultural (que es la única parte de la alianza con verdadero atractivo para las masas).
Es llamativo que, en todas estas visiones bunkerizadas, no haya ningún plan para abordar en serio las razones de nuestras crisis colectivas más acuciantes; más bien, parece haber cierto empeño en acelerar la hecatombe en todos los frentes.
Y eso nos lleva de nuevo a este verano europeo de calor y sequía sin precedentes. Durante el mismo verano brutal que ha sacado a la luz esas reliquias nazis, en Europa se registró un exceso de mortalidad de 16.000 personas en una sola semana y ardieron enormes extensiones del continente, con el consiguiente desplazamiento de cientos de miles de residentes. Mientras los españoles huían en busca de seguridad, Santiago Abascal, líder del partido de extrema derecha español Vox, señaló con el dedo al “fanatismo climático” y a la corrupción gubernamental que, según él, habían facilitado los incendios.
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Abascal también se apresuró a cambiar de tema y a desviar la atención de las catástrofes climáticas que estaban experimentando los europeos a la supuesta emergencia migratoria en el norte de África. Calificó falsamente a las decenas de miles de migrantes que entraron en Ceuta a finales de julio de “ejército invasor” dedicado a violar y saquear (sin tener en cuenta que Ceuta forma parte de España solo debido a siglos de verdaderas invasiones, ni que casi todos los migrantes fueron devueltos a Marruecos casi de inmediato, aunque muchos se ahogaron durante la tragedia).
Abascal contó con el respaldo del coro de la derecha mundial, en el que estaban todos, desde Trump hasta el presidente argentino, Javier Milei, alimentando un ambiente de pánico e histeria en torno al espectáculo de Ceuta, que desencadenó protestas contra los inmigrantes en España.
Es una estrategia que ya conocemos: Trump siempre habla de la “invasión” inminente como parte fundamental de sus campañas electorales. José Antonio Kast, el presidente chileno elegido en marzo, prometió durante la campaña construir trincheras y muros en las fronteras con Bolivia y Perú. Marine Le Pen, que hoy disfruta de un retorno tal vez imparable en Francia, arremetió en 2019 contra los inmigrantes y dijo que eran unos “nómadas” a quienes “no les importa el medio ambiente; no tienen patria”.
Todo esto nos hace pensar que el fascismo del fin de los tiempos —con sus fronteras fortificadas, su ayuda exterior diezmada y su obsesión por hacerse con los recursos ocultos bajo el hielo que se derrite en Groenlandia— es tal vez una forma retorcida y sádica de adaptación al cambio climático. Ahora que la realidad del calentamiento global es ya innegable, lo único que queda por negar es la humanidad de nuestros semejantes. ¿Cómo, si no, se puede justificar que dejemos que tantos mueran de hambre en las áridas tierras de Somalia, o que se ahoguen tratando de sobrevivir frente a las costas del norte de África, o que mueran en los centros de detención del ICE en Estados Unidos?
Los estudios demuestran que los partidos de extrema derecha atraen en particular a los hombres jóvenes. Forman parte de una generación que teme no llegar nunca a tener una vivienda propia, pero que se resarce con el placer que les proporciona fastidiar a los progresistas con un troleo constante en internet. Convencidos de que les han robado el futuro, comparten memes que dan una imagen romántica de los autoritarismos históricos.
Igual que los teóricos de la conspiración no tienen razón sobre los datos, pero aciertan con las emociones, los fascistas del fin de los tiempos saben conectar con unos sentimientos muy arraigados de inseguridad y malestar, incluido lo insólito de un mundo en el que las estaciones se confunden y cada vez resulta más difícil distinguir lo real de lo falso.
Nos dicen que la razón por la que ya no reconocemos nuestras ciudades es la cantidad de locales de kebab y minaretes y los inmigrantes que vienen a “reemplazarnos”, y no, por ejemplo, los patrones climáticos irreconocibles, ni los ejecutivos tecnológicos que tanta prisa tienen en sustituirnos a todos por robots e invocar a sus deidades digitales.
Por su parte, los líderes de extrema derecha ven el lado positivo de toda esta incertidumbre y desorientación. Entienden muy bien cómo prospera la política reaccionaria en periodos de inestabilidad y conflicto, y cómo la precariedad puede hacer que las personas se vuelvan unas en contra de otras mientras se aferran, cada vez con más desesperación, a cualquier migaja de protección y privilegio que tienen.
Hace un siglo surgieron unas dinámicas similares con consecuencias desastrosas en toda Europa. En cambio, Estados Unidos, ante unas crisis igual de graves, emprendió un rumbo diferente. Mientras el país se recuperaba con esfuerzo de la Gran Depresión y los demagogos racistas encontraban un público receptivo, los sindicalistas y los líderes políticos construyeron una alternativa.
Franklin Delano Roosevelt sostuvo que el Congreso debía aumentar el gasto público para luchar contra el fascismo en el país. “La democracia” —dijo en un discurso radiofónico— “ha desaparecido en otras grandes naciones, no porque a los ciudadanos de esas naciones les desagradara la democracia, sino porque se habían cansado del desempleo y la inseguridad, de ver a sus hijos pasar hambre mientras ellos estaban paralizados e impotentes ante la confusión y la debilidad del Gobierno, por la falta de liderazgo.
Al final, desesperados, prefirieron sacrificar la libertad con la esperanza de tener algo que comer”. El New Deal ayudó a quitar aire a los extremistas políticos porque fomentó la estabilidad y dio satisfacción a las necesidades reales de la gente.
Como hemos visto, la historia no se repite en bucle. Sin embargo, la lección fundamental de Roosevelt sigue siendo válida: no es posible hacer frente a la amenaza fascista si no se combaten las causas materiales genuinas que hacen que a la gente le sea más difícil resistirse a los líderes autoritarios y a los chivos expiatorios. Hoy, esas causas tienen un aspecto distinto al de la década de 1930. Desde luego, seguimos necesitando financiar generosamente los servicios esenciales que cubren las necesidades básicas de la vida e invertir en empleos bien remunerados y socialmente productivos.
Pero además debemos hacerlo sin dejar de abordar los riesgos existenciales mundiales que definen nuestra época: el cambio climático, las armas nucleares, la IA generativa, y la riqueza y el poder sin control.
La gente ya está presionando para que se adopten este tipo de soluciones. Lo vemos en la rápida expansión del movimiento que exige una gobernanza democrática de la IA y que está consiguiendo paralizar la construcción de centros de datos hasta que esa gobernanza sea realidad, en las campañas mundiales para cobrar más impuestos a los multimillonarios e incluso fijar un límite a la riqueza y en el histórico número de políticos estadounidenses que votan a favor de que se dejen de enviar armas a Israel y se oponen a la escalada del conflicto en Irán. También lo vemos en el renovado interés por la acción climática de los candidatos rebeldes del Partido Demócrata, partidarios de un New Deal Verde y una sanidad universal.
Queda mucho camino por recorrer hasta que tengamos respuestas proporcionales a las crisis que afrontamos, pero cada vez hay más gente corriente y más líderes políticos conscientes de algo sencillo y urgente: que la mejor manera de ayudar a sus vecinos a resistir la llamada del fascismo apocalíptico es mejorar sus vidas aquí y ahora.
*Naomi Klein y **Astra Taylor
–Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)
https://estrategia.la/
https://estrategia.la/?s=NAOMI+KLEIN
*Ensayista y profesora de Justicia Climática en la Universidad de Columbia Británica (Canadá). Autora de libros como No logo (2001), La doctrina del shock (2007) y Doppelganger. Un viaje al mundo del espejo (2024), todos publicados en Paidós.
**Directora de cine documental, escritora, activista y música. Es autora, junto a Klein de End Times Fascism: And the Fight for the Living World (El fascismo del fin de los tiempos y la lucha por el mundo viviente)
https://www-other–news-info.translate.goog/noticias/el-fascismo-del-fin-de-los-tiempos-hacer-negocio-hasta-que-llegue-el-apocalipsis/
otra nota relacionada:
Naomi Klein vuelve a encender la alarma: el fascismo que se prepara para el fin del mundo
Por Félix Montano -Chile, 15 Septiembre, 2026
En End Times Fascism, publicado este 15 de septiembre y escrito junto a Astra Taylor, la autora de No Logo y La doctrina del shock identifica una inquietante convergencia entre oligarcas tecnológicos, fundamentalistas religiosos y ultraderechas nacionalistas. La advertencia va más allá de Trump o de cualquier gobierno particular: sectores que concentran una porción extraordinaria del poder mundial parecen haber dejado de pensar cómo evitar las grandes catástrofes de nuestro tiempo y comienzan a prepararse para decidir quiénes podrán sobrevivir a ellas.
Naomi Klein tiene la incómoda costumbre de mirar aquello que está sucediendo ante nuestros ojos antes de que alcancemos a comprenderlo como parte de un fenómeno mayor.
En 1999, No Logo describió el creciente poder de las grandes corporaciones sobre la cultura, el trabajo y la vida cotidiana cuando todavía se celebraba sin demasiadas preguntas el triunfo de la globalización. En 2007, La doctrina del shock explicó cómo las catástrofes, las guerras y las crisis podían transformarse en oportunidades para imponer políticas que encontrarían una fuerte resistencia social en circunstancias normales. Más tarde, Esto lo cambia todo colocó la crisis climática frente a un modelo económico incapaz de reconocer los límites del planeta. Y en Doppelgänger, publicado en 2023, Klein se internó en el universo de las conspiraciones, las redes digitales y el desplazamiento de sectores descontentos hacia una nueva derecha.
Ahora vuelve con una advertencia probablemente más inquietante.
Este martes 15 de septiembre aparece en inglés End Times Fascism and the Fight for the Living World —El fascismo de los tiempos finales y la lucha por el mundo vivo—, escrito junto a la filósofa, documentalista y activista estadounidense-canadiense Astra Taylor. Las autoras sostienen que una nueva forma de extrema derecha está surgiendo de la convergencia entre tres universos que hasta hace poco podían parecer muy diferentes: el fundamentalismo religioso, los grandes magnates tecnológicos y el nacionalismo étnico.
No los une necesariamente una doctrina común. Los une algo quizás más profundo: una determinada relación con el futuro.
Cuando el poder deja de prometer un futuro
Durante buena parte del siglo XX, incluso las ideologías más despiadadas se presentaron como proyectos de futuro. Prometían prosperidad, grandeza nacional, progreso, desarrollo o algún tipo de paraíso terrenal.
Klein y Taylor observan una transformación.
Una parte de las nuevas élites parece estar aceptando que se aproximan grandes rupturas: cambio climático, guerras, desplazamientos humanos, crisis económicas, agotamiento de recursos, destrucción de empleos por la inteligencia artificial o incluso escenarios tecnológicos fuera de control.
Pero en vez de organizar la sociedad para impedir la catástrofe, comienza a organizarse para sobrevivir a ella.
Ahí aparecen los multimillonarios que construyen refugios privados, compran islas o fantasean con abandonar la Tierra; los nacionalismos que quieren convertir sus países en fortalezas contra las migraciones; los fundamentalistas religiosos que interpretan las catástrofes como señales de acontecimientos mesiánicos; y los magnates tecnológicos convencidos de que la tecnología permitirá superar las limitaciones humanas y naturales.
En una entrevista publicada en el NYT pocos días antes del lanzamiento, Klein define este “fascismo de los tiempos finales” como una forma de fascismo que ha asumido la posibilidad del colapso. Las armas nucleares, el calentamiento global y tecnologías con capacidades que no existían durante el fascismo europeo han transformado las condiciones históricas. La cuestión política pasa entonces a ser brutalmente sencilla: quién sobrevivirá a la catástrofe.
No es simplemente una metáfora.
Elon Musk lleva años hablando de convertir a la humanidad en una especie multiplanetaria. Algunos multimillonarios tecnológicos se preparan materialmente para escenarios de colapso. Al mismo tiempo, poderosos movimientos cristianos estadounidenses leen las guerras y conflictos contemporáneos dentro de una interpretación profética del fin de los tiempos.
Lo verdaderamente novedoso para Klein y Taylor es la conexión política entre esos mundos.
De la doctrina del shock a la doctrina del búnker
Aquí aparece inevitablemente la relación con La doctrina del shock.
Klein describió entonces un mecanismo relativamente sencillo: ocurre una catástrofe; la sociedad queda desorientada; el poder aprovecha esa desorientación para imponer rápidamente transformaciones económicas y políticas que en circunstancias normales serían rechazadas.
El nuevo escenario parece representar una etapa posterior.
Ya no se trata únicamente de aprovechar la catástrofe.
Se trata de aceptarla.
Y de prepararse para ella.
La imagen que atraviesa el nuevo libro es, en cierto modo, la del búnker: espacios protegidos para quienes pueden pagarlos y un exterior crecientemente inseguro para los demás.
En su reciente conversación con The Guardian, Klein recuerda que ya había encontrado una versión embrionaria de ese mundo durante la ocupación de Irak: la Zona Verde de Bagdad, una ciudad fortificada y privatizada en medio de una sociedad devastada por la guerra. Ahora aquella lógica reaparece en una escala muchísimo mayor.
La pregunta deja entonces de ser cómo reconstruimos una sociedad después de la crisis.
Pasa a ser quién tendrá acceso al refugio.
Los multimillonarios han cambiado
Hay otra observación especialmente interesante.
Durante décadas, las grandes fortunas necesitaron justificar su existencia. Davos, las fundaciones filantrópicas y las grandes iniciativas empresariales estaban llenas de multimillonarios prometiendo combatir la pobreza, financiar escuelas, salvar el planeta o democratizar la tecnología.
Klein sostiene que algo ha cambiado.
Peter Thiel escribió hace años que ya no creía compatibles libertad y democracia. Elon Musk ha pasado de presentarse principalmente como empresario de automóviles eléctricos que contribuirían a combatir el calentamiento global a ocupar un lugar central en una cultura política radicalmente diferente. Otros grandes empresarios tecnológicos se acercaron a Donald Trump.
Para Klein y Taylor no se trata solamente de oportunismo político. Hay una transformación cultural dentro de las élites.
La riqueza extrema necesita construir una explicación de sí misma. ¿Por qué una persona posee decenas o centenares de miles de millones de dólares mientras millones carecen de vivienda, alimentación adecuada o atención sanitaria?
La respuesta termina fácilmente convirtiéndose en una teoría de superioridad: si tengo muchísimo más que los demás, debe existir alguna razón por la cual lo merezco.
Klein lo formula provocativamente: la riqueza extrema puede producir una visión supremacista del mundo.
El fascismo no regresa con el mismo uniforme
El concepto utilizado por Klein y Taylor seguramente provocará discusión.
La palabra fascismo se ha utilizado tantas veces para describir fenómenos políticos diferentes que corre permanentemente el riesgo de perder precisión.
Las propias autoras reconocen el problema.
Pero justamente advierten contra una idea tranquilizadora: creer que reconoceremos el fascismo porque volverá vestido como en los años treinta.
La historia no funciona así.
Klein utiliza la imagen de una espiral. Podemos volver sobre patrones conocidos, pero nunca regresamos exactamente al mismo punto. Cada vuelta incorpora nuevas tecnologías, nuevas estructuras económicas y nuevas formas de poder.
El fascismo contemporáneo no necesita necesariamente camisas negras, marchas militares ni partidos organizados exactamente como los de Mussolini o Hitler.
Puede convivir durante largos períodos con instituciones democráticas debilitadas, elecciones, redes sociales, multimillonarios tecnológicos y mercados financieros globalizados.
Lo importante, para las autoras, es observar su función política.
Y aquí aparece una definición particularmente dura: el fascismo emerge en momentos de crisis sistémica, conecta frustraciones populares con poderes tradicionales, protege a las élites frente a las demandas redistributivas y dirige la ira social contra grupos vulnerables convertidos en culpables.
Chile aparece en el libro
Para los lectores chilenos hay una sorpresa particularmente significativa.
Chile no es una extrapolación que debamos hacer desde estas páginas. Está dentro del argumento de Klein y Taylor.
Las autoras recuerdan la elección de Salvador Allende, la aparición de Patria y Libertad, el golpe de Estado y la dictadura de Augusto Pinochet. Y establecen explícitamente una línea histórica que llega hasta el actual presidente José Antonio Kast.
La afirmación será polémica y debe ser discutida como tal.
Pero precisamente por eso importa.
Klein y Taylor no sostienen que Chile esté viviendo nuevamente 1973 ni que José Antonio Kast sea simplemente una reproducción de Pinochet. Su argumento es más amplio: las crisis sistémicas pueden abrir espacios para proyectos políticos que mantienen la estructura económica mientras desplazan la frustración social hacia enemigos internos.
Esa hipótesis obliga al menos a mirar con atención fenómenos contemporáneos que Chile comparte con otras sociedades: miedo a la delincuencia, rechazo al inmigrante, debilitamiento de derechos sociales, concentración económica, desconfianza hacia las instituciones y discursos que presentan las garantías democráticas como obstáculos para resolver rápidamente los problemas.
Pero reducir End Times Fascism a Kast sería perder precisamente aquello que hace importante el libro.
Una advertencia global
El escenario de Klein y Taylor es planetario.
Trump ocupa un lugar central, pero también aparecen la Argentina libertaria, el nacionalismo religioso de India, la extrema derecha europea, Israel, Silicon Valley y las nuevas oligarquías tecnológicas. Las autoras ven manifestaciones diferentes de un fenómeno que crece sobre una misma materia prima: sociedades asustadas ante un futuro que parece cada vez más inseguro.
Ese miedo tiene fundamentos reales.
El planeta efectivamente se calienta. La inteligencia artificial efectivamente puede destruir o transformar millones de empleos. Las guerras se multiplican. Las migraciones aumentarán bajo presión climática y económica. La desigualdad ha alcanzado dimensiones extraordinarias.
El problema comienza con la respuesta política.
Podemos intentar resolver colectivamente esas amenazas.
Podemos construir fortalezas.
Podemos distribuir los recursos necesarios para atravesar las crisis.
O concentrarlos.
Podemos reconocer al migrante como otro ser humano que intenta sobrevivir.
O transformarlo en enemigo.
Podemos utilizar la tecnología para reducir el trabajo y ampliar el bienestar.
O emplearla para concentrar todavía más riqueza y poder.
Ese es finalmente el conflicto que describe el libro.
La lucha por el mundo vivo
Por eso sería un error terminar la lectura en la palabra “fascismo”.
La segunda mitad del título es igualmente importante: la lucha por el mundo vivo.
Klein y Taylor sostienen que esta nueva derecha posee una enorme debilidad: no tiene realmente un futuro que ofrecer a las mayorías.
Tiene enemigos.
Tiene miedo.
Tiene fronteras.
Tiene policías.
Tiene tecnología.
Tiene multimillonarios.
Pero no posee una imagen convincente de una sociedad en la cual puedan vivir dignamente ocho mil millones de seres humanos.
Las autoras encuentran allí una posibilidad política. La mayoría de las personas, incluidas muchas que han votado por dirigentes de extrema derecha, no desean el colapso. Quieren seguridad, vivienda, empleo, servicios públicos, comunidades donde vivir y un planeta que puedan heredar sus hijos. Klein y Taylor escribieron deliberadamente el libro para que pudiera servir a los movimientos que enfrentan el autoritarismo y sostienen que exponer esta visión apocalíptica debilita su capacidad de seducción.
Hay algo profundamente político en esa conclusión.
Durante décadas, el neoliberalismo convenció a millones de personas de que no existía alternativa. Después llegaron las crisis. Y ahora una parte del poder parece estar diciendo algo todavía peor: quizás tampoco exista futuro para todos.
Naomi Klein lleva más de veinticinco años observando las mutaciones del capitalismo contemporáneo. No siempre sus diagnósticos han sido aceptados y seguramente este tampoco lo será sin controversia. El concepto de “fascismo de los tiempos finales” tendrá que demostrar su capacidad para explicar fenómenos muy diferentes sin convertirlos artificialmente en una sola cosa.
Pero esa discusión es precisamente la razón para leer el libro.
Porque End Times Fascism formula una pregunta que ya no parece extravagante.
Hace veinte años, Klein nos advirtió que el poder había aprendido a aprovechar las catástrofes.
Ahora, junto a Astra Taylor, advierte algo mucho más perturbador:
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una parte del poder puede haber comenzado a prepararse para un mundo en el cual la catástrofe ya no tenga que ser evitada, siempre que ellos estén entre los sobrevivientes.
Y frente a la política del búnker, las autoras proponen una idea tan elemental que en estos tiempos comienza a parecer radical: no escapar del mundo, sino salvarlo.
https://corporacionuteusach-noticias.cl/2026/09/15/naomi-klein-vuelve-a-/
La ideología dominante de la extrema derecha se ha convertido en un monstruoso y supremacista supervivencialista. Nuestra tarea es construir un movimiento lo suficientemente fuerte como para detenerlos.
https://naomiklein.org/end-times-fascism/
El «fascismo del fin de los tiempos» es la ideología de quienes se esfuerzan por hacer del mundo un lugar inhabitable y luego buscan protegerse de las consecuencias. Ya sea refugiándose en lujosas islas privadas, viajando a Marte en cohete o fortificando la nación para mantener a raya a sus enemigos, estos nuevos supervivientes han acumulado poder, pero distan mucho de ser inexpugnables. Klein y Taylor demuestran, mediante reportajes y análisis originales, que los numerosos conflictos y contradicciones internas, así como la incapacidad nihilista para vislumbrar un futuro compartido, incluso para sus supuestos aliados, hacen que estos actores sean vulnerables a un nuevo tipo de política «provida», arraigada en el respeto por nuestra existencia compartida y la consideración por la Tierra que habitamos y debemos proteger.
Mi décimo libro, * El fascismo de los últimos tiempos y la lucha por el mundo vivo* , escrito en colaboración con Astra Taylor, se publicará en septiembre de 2026. Queríamos que este libro estuviera disponible antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre en Estados Unidos. Astra y yo creemos firmemente en escribir libros que los lectores puedan utilizar, y esperamos sinceramente que los movimientos que se alzan contra la violencia y la explotación fascista encuentren nuestra investigación y análisis de utilidad tangible para su labor vital.
Los oligarcas tecnológicos afirman que invocan demonios con sus máquinas, los extremistas religiosos celebran cada catástrofe como una señal de la llegada del mesías, y el gobierno estadounidense apuesta nuestro futuro a profecías tan sombrías. La buena noticia es que la gran mayoría de la gente, incluyendo a quienes votaron por Trump y otros como él, rechaza estas visiones apocalípticas. Por eso, este libro, aunque desgarrador en algunos momentos, es en última instancia esperanzador: ya sea que luchemos contra la contaminación de los centros de datos o nos opongamos a las guerras interminables, la mayoría anhelamos un futuro en el que podamos creer y líderes que crean en nosotros. Astra y yo escribimos este libro porque estamos absolutamente convencidos de que cuanto más se exponga el fascismo del fin de los tiempos, más débil será su influencia.
https://redlatinasinfronteras.wordpress.com/2026/09/26/el-fascismo-del-f/
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