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Indybay Feature
Una Cárcel de Barras y Estrellas
Crispín plantea así, literariamente, como relato periodístico, la interacción de los muchísimos componentes del fenómeno de la emigración y la existencia, azarosa y desarraigada, de los connacionales en el mundo enajenante --de alienación-- de los gringos, el cual es una prisión. De allí el título de la novela: Una cárcel de barras y estrellas.
INTRODUCCIÓN
Germán Molina es un mexicano que ama... A la vida, a la patria, a su mujer, a sus hijos, a sus padres y hermanos.
Es un mexicano que sufre y sabe reír cuando sufre, sólo para disimular su alma sensible, que no siempre es capaz de sostenerlo en la adversidad.
Su espíritu inquieto lo envuelve en circunstancias que tal vez ocurran a la mayoría o tal vez no, pero que van moldeando su personalidad, un tanto compleja para él mismo.
Aún así, Germán Molina posee cosas hermosas y no parece tener ninguna razón para estar inconforme: compañera, hijos, empleo, comida, techo, libertad, paz, patria, como los demás mexicanos.
Sin embargo, desde muy lejos al norte, se siente atraído por el magnetismo de una nación poderosa, que se ha llevado a muchos de sus conocidos e incluso parientes.
Se siente intrigado por el misterio de ese país tan desproporcionadamente rico, del que cada fin de año regresan muchachos campesinos en lujosas y enormes camionetas, equipadas con estrepitosas bocinas y aire acondicionado, en las que se dedican a recorrer las calles, con la música a todo volumen, para asegurarse de llamar la atención.
Otros, menos afortunados, regresan en ataúdes, enfermos de Sida o convertidos en alcohólicos o drogadictos.
Los que un día salieron como mexicanos normales, vuelven con melenas largas o rapados; con coletas, aretes, argollas en las cejas, y hablando inglés mezclado con español.
Antiguos jornaleros, ahora compran ranchos y los llenan de ganado y cuando vienen tienen dinero suficiente para emborracharse semanas enteras, antes de vender parte de su patrimonio y regresarse otra vez.
Germán los ve como seres misteriosos, investidos de un aura distinta, soberbia.
No quiere ser así; pero aún así debe tener algo en común con ellos: Vive tranquilo en su nicho de supervivencia, pero siente el efecto de ese imán, que cada día arrastra a más gente, a pesar del peligro. Si se queda, puede planear su vida y apegarse al libreto, seguir su agenda; pero si cede a esa atracción, nada será previsible.
Aún así, la atracción es muy fuerte...
Capítulo uno
Alma con alas
Germán Molina era un tipo hasta cierto punto extravagante. Sin haber terminado la preparatoria, se había paseado por 16 escuelas... y sacando buenas calificaciones. Cada año se cambiaba de una a otra, y cuando estuvo demasiado grande se dedicó a estudiar inglés, electricidad y hasta computación, en los tiempos en que las clases de esa materia hablaban todavía de la programación de computadoras mediante la perforación de tarjetas de papel.
Había vivido en mil lugares. Dentro de la misma ciudad cambiaba de domicilio constantemente. Y no era maleante. Era más bien migrante. Andaba todo el tiempo como si alguien lo persiguiera. Como si estar mucho tiempo en un mismo lugar le causara erupciones en la piel. Difícilmente duraba en un empleo más de un año.
Dominaba los oficios más diversos, desde ordeñar vacas y tumbar monte en los potreros, hasta conducir un noticiero de radio, lo cual le indicaba que idiota, lo que se dice idiota, no era (aunque hay quienes conducen noticieros y sí lo son). La hacía también de pintor de brocha gorda, albañil, electricista, tendero y pulidor de pisos, oficios que le aseguraban que siempre tendría un empleo por más que las recurrentes crisis económicas se abatieran sobre la región sur de Veracruz. Escribía cuentos, pintaba acuarelas y hacía poemas que habrían hecho llorar a las hermosas chicas de las que se enamoraba, si él hubiera tenido el valor de leérselos. No fumaba, no bebía alcohol, no usaba drogas y su única relación sexual constante era con su mano derecha, con la que calmaba su frustradas ansias juveniles.
Lo único coherente en él era su incoherencia. ¿Cómo puede un periodista ordeñar vacas? Las vacas son indecentes, comen y comen y cuando quieren defecar hacen unas gigantescas plastas de mierda. Luego se duermen, poniendo encima de ellas precisamente la ubre. A la hora de ordeñar, hay que quitar con los dedos la mierda y luego enjugar la teta y las manos con la misma leche. No falta una que le pegue un coletazo al ordeñador en la cara, con la cola llena de mierda y orines. Esa tarea es para un ranchero iletrado, no para un periodista. Pero él estaba loco. No le importaba ir a la ordeña, con tal de tener siempre trabajo.
Germán era producto de un sistema socioeconómico orientado a mantener la pobreza. Nunca se quejaba de su situación (al contrario, decía sentirse orgulloso). Su lema era: "Si hay un puesto de trabajo disponible en la ciudad, es para mí" y cuando salía a buscar empleo solía decir: "Voy a encontrar trabajo". No había conocido un país distinto y desde que se había integrado a la fuerza de trabajo, las crisis económicas provocadas por la corrupción gubernamental sólo se ahondaban o atenuaban, pero nunca desaparecían.
Era inquieto e incansable a la hora de trabajar; pero siempre terminaba huyendo del sitio en que estaba, sintiendo en su espalda el cosquilleo de las miradas burlonas de sus compañeros o el estúpido remordimiento por tonterías hechas en el pasado y de las que solamente él se preocupaba.
Germán era tímido. "Tímido hasta la puta madre", como le dijo con crueldad quien en un tiempo fuera su mejor amigo. Siempre le parecía una buena idea irse de nuevo. A donde fuera, lejos o cerca, con tal de que nadie lo conociera.
Su timidez lo alejaba de las mujeres. Aunque se miraba al espejo y trataba de decirse a sí mismo que era atractivo, se tiraba a loco. La parte negativa de su pensamiento arrastraba su moral hacia abajo. Y no es que no se atreviera a hablarles a las chamacas. No, lo que no se atrevía era a abordar con ellas el asunto del sexo. "Y si le digo que vamos al cine... Pero ella va a pensar que seguramente yo quiero... Me va a mandar por un tubo... O a lo mejor sí acepta salir conmigo pero a la mera hora no quiere que la toque o que la bese... Y luego se va a burlar de mí delante de todos... Mejor no le digo nada?. Eran pensamientos pesimistas, que se le presentaban con una sensación de ahogo, a la altura del esternón.
Mientras, se iba haciendo "viejo", conforme al cronograma que había aprendido de sus compañeros de escuela. Cumplió los 14, los 15, los 16, los 17, los 18 y nada. ¡18 años y nada! A esas alturas, sus amigos se la pasaban presumiendo de sus conquistas y de su experiencia en las artes amatorias y llamando por su nombre cosas que Germán solamente se masturbaba imaginando.
Un día reconoció que la timidez era un problema para él y decidió luchar para librarse de ella. Obviamente, su propia timidez le impedía buscar ayuda, por lo que a escondidas compró un libro y alcanzó a leer unas cuantas líneas antes de tirarlo, ante el temor de que alguien se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Quizá el autor del libelo sabía de antemano lo que ocurriría, ya que lo único que el infeliz captó realmente fueron las palabras "maximización y minimización", que definían su tendencia a darles poca importancia a sus éxitos y a exagerar sus errores o fracasos. De cualquier manera, eso era suficiente para empezar una lucha contra su propia naturaleza, que le daría otro rumbo a su vida.
A pesar de que tenía una amistad de años con Roberto Cruz, el compañero de escuela que le diagnosticó su timidez, tuvo que sostenerse de una pared para no desmayarse cuando le soltó de golpe la oración que se había aprendido de memoria para no quedarse a medio camin
--Nunca he hecho el acto sexual con una mujer.
--¿Qué dices buey? --le dijo el otro, que antes le había platicado miles de aventuras, iniciadas supuestamente desde que tenía 13 años, cuando la mujer de un agente de ventas lo había convertido en su amante.
--Lo que oíste. Pero no le vayas a decir a nadie.
--Déjalo de mi cuenta. Yo lo arreglo.
Ese mismo fin de semana, Roberto lo llevó a rastras con una mujer de 40 y tantos años, en una tétrica cuartería.
--Tú tranquilo. Hazle todo lo que quieras, pero no olvides que esas viejas son cochinas.
La orientación previa no fue suficiente. Germán sufrió para tener sexo con una mujer que a su vez hizo un esfuerzo por cumplir con su trabajo de manera decorosa, con un cliente tan grandote y tan pendejo. Al menos eso pensaba él.
Tampoco había besado a una chica, pero una vez derribado el primer tabú, la oportunidad le llegó sola. Roselia, una chiquilla que estaba por cumplir 15 años, virtualmente lo secuestró un día en que le pidió que la llevara a su casa en la bicicleta.
--No entro si no me das un beso --le dijo, como si se tratara de un asunto tan simple.
Él buscó todos los argumentos para evadir, aterrado, la petición. Pero ella simplemente, no caminó. Entonces saboreó sus pequeños labios, menos virginales e inexpertos que los de él. La abrazó y sus manos flacas recorrieron todos sus rincones, pequeños y firmes, sintiéndose terriblemente culpable, pero ávido de derribar las barreras de su propia mente, ingresar al mundo de los que "ya".
A partir de entonces, Germán se dedicó a mirar hacia su interior con menos rigor. Observó que aprendía con gran rapidez sobre cualquier cosa, pero siempre había algo que lo incomodaba y lo hacía huir. Cuando empezó a ganar algún dinero con lo que escribía, optó por desistir de la escuela y dedicarse de lleno al periodismo, un trabajo que le redituaba mejores (aunque malos) ingresos sin maltratarle tanto el físico. Ayudó a salir adelante a sus hermanos que todavía estaban en la casa. Poco a poco fue superando la parte más aguda de su timidez, lo que le fue dando un poco de estabilidad a su vida, aunque al final de cada una de sus etapas siempre había un cambio de locación.
Con la escasa experiencia que había adquirido con Roselia, se atrevió por fin a hacer su primera conquista. Silvia fue su novia durante tres meses, dos de los cuales ella se pasó hablando de su intenso deseo de casarse. Eso no era precisamente lo que Germán quería, así que, con la práctica que tenía, una vez más huyó. En el pórtico donde siempre se sentaban, la besó con locura, secó unas lágrimas que estaba seguro de no merecer, la abrazó con fuerza? pero subió a su bicicleta y se fue. Ni siquiera hizo el intento de detenerse cuando ella no pudo contener sus sollozos y entró rápidamente, azotando la puerta.
Por primera vez supo lo que era enamorarse de alguien y después quedarse solo. Por las tardes, a la hora en que solía estar con ella, miraba acabarse la luz y sentía como si el sol no fuera a volver a salir. Deseaba regresar a buscarla; pero aunque había avanzado un poco en su lucha personal, era tan tímido que no se atrevía a enfrentar un posible desprecio.
Descansaba uno de esos días en el parque cuando se le acercó el párroco de la iglesia principal de la ciudad, que estaba precisamente enfrente, como en cualquier ciudad mexicana. Le contó una larga historia, de que habían robado en el templo, que tenía un poco de miedo, que necesitaba alguien que lo acompañara por las noches y le ayudara durante las misas.
--Perdóneme, padre, pero yo para monaguillo no sirvo --dijo sinceramente.
Pero el cura insistió:
--Si te hablo es porque me inspiras confianza.
¿Cómo podía confiar en él, que usaba el cabello ondulado, sobre el cuello de la camisa; playeras a rayas transversales y pantalones "Ley" entubados? Bueno, ese era asunto del cura.
Sin embargo, pese a los reparos de Germán, por la noche conversaban los dos en el curato. Durante los días que siguieron, anduvo por las colonias, muerto de la vergüenza, acercándole al cura las ostias y el vino durante las misas y pasando la canasta de las limosnas. Aceptaba apenado las comidas que el sacerdote le invitaba y no se atrevía a mirar de frente a los feligreses, sintiéndose una especie de parásito y el peor ejemplo a seguir.
"Yo, que nunca iba a misa, convertido ahora en acólito", se recriminaba.
Acostumbrado a exagerar sus remordimientos, se sentía pecador al recordar los momentos que había disfrutado con Silvia, en quien pensaba todo el tiempo. Creía que si iba a andar de monaguillo, debía limpiar su alma, por lo que decidió confesarse con el cura, en uno de esos ratos en que estaban solos.
--Antes de venir aquí tuve una novia, padre.
--Eso no es pecado.
--Es que hicimos... hicimos cosas.
--Cosas como qué.
--Besos, caricias (le temblaban las piernas y le sudaban las manos).
--¿Le metiste el miembro?
--No, padre.
--Entonces no es pecado.
Germán terminó por aceptar la invitación del sacerdote de mudarse a vivir al curato. Sus tareas eran muy simples: Se levantaba al amanecer para ir a abrir la puerta de la iglesia y repicar la campana para llamar a la gente a misa.
Así fue como un día encontró que unos individuos habían entrado nuevamente a la sacristía y habían intentado sin éxito romper una de las alcancías. Uno de los frustrados ladrones se había herido la mano con el forro de metal y había dejado un hilo de sangre por todo el salón. Al salir a la calle, la huella delatora se convertía en gotas cada vez más pequeñas, hasta que no hubo más, no porque el tipo se hubiera muerto, porque no estaba su cadáver, sino porque seguramente se le acabó la sangre que tenía para tirar.
"Dios lo castigó", pensaba Germán, mientras seguía de regreso las huellas, para ir a darle la noticia al padre. Después de todo, no habían logrado consumar el hurto, y aunque se presentó la denuncia, nunca se investigó nada, al igual que en los casos anteriores.
En el curato había dos camas individuales, con sábanas tan blancas que lastimaban la vista, iluminadas por dos largas lámparas de neón. Germán dormía en una y el cura, que decía tener 58 años, en la otra. Una de esas noches, cuando se estaba ya acostumbrando a su nueva y fácil vida, despertó súbitamente. El cura estaba arrodillado junto a la cama. No estaba rezando, sino acariciándole los testículos y el pene, erecto ya por el engaño. Germán abrió los ojos desmesuradamente, sin poder pronunciar palabra. El viejo sacerdote retiró su mano y acomodó la sábana, también en silencio, como si sólo se tratara de una travesura. Quizá ambos sintieron la misma dosis de vergüenza, pero Germán sintió dentro de sí también la rabia. Se levantó, se vistió rápidamente y saltó hacia la neblina de la madrugada, sintiendo a Dios alejarse de él justamente cuando empezaba a acercarse.
Terminó de hacerse hombre. Esto quiere decir que se acostumbró a valerse siempre por sí mismo y a aguantarse el hambre antes que extender la mano para pedir ayuda. Por el trabajo de oficina, los callos poco a poco fueron desapareciendo de sus manos y sus músculos se hicieron suaves y alargados, pero en su interior conservó inalterada su raíz campirana, aunque él no lo sabía, como ocurre con la mayoría de los mexicanos.
Fiel a su estereotipo, luchó contra su timidez para acumular una lista de novias suficientes como para dejar de considerarse a sí mismo inferior en las reuniones de amigos en las cantinas, a las que también empezó a acudir para sentirse integrado a la sociedad. Cuando por fin lograba ir a la cama con alguna muchacha, se justificaba diciendo que quería tener algo qué contarles a sus nietos, como si a los nietos se les pudieran contar esos detalles.
Había aprendido que a los veintitantos años se deben tener por lo menos una decena de mujeres en el haber y andar con dos al mismo tiempo. Sin embargo, Germán en realidad se pasaba largas temporadas sin novia. Eran tiempos en los que no se le arrimaban ni las moscas; aunque ciertamente era preferible estar solo que con un puñado de moscas. El recuerdo de sus ex novias le servía para no quedarse fuera de la conversación cuando se hablaba de piernas, bustos, posiciones sexuales o cualquier otro tema que surgiera entre los "expertos".
Pasaba cortas y candentes temporadas con una o dos novias y largos periodos de soledad, en los que la única que se apiadaba de su insaciable deseo era su mano derecha, con la que había establecido incluso sus propios récords, como terminar en un tiempo muy breve (si la situación lo ameritaba) o tener hasta tres intercursos en el lapso de una hora, lo que, dicho sea de paso, lo dejaba agotado. La relación entre su imaginación, sus genitales y su mano llegó a ser tan estrecha, como lo sería en una pareja adicta al sexo. Después de todo, no hacía más que practicar el sexo más seguro de todos.
En el aspecto profesional, con su incursión en la radio se convirtió en una especie de provinciano exitos con aplausos pero sin dinero. Aprendió a cultivar la amistad, lo mismo con individuos sencillos que con la gente del poder. Sus amigos le decían que estaba pobre por pendejo. Él les decía que era por honesto. Pero de todas maneras estaba pobre. Vivía en una de esas situaciones en las que la persona se pregunta qué caso tiene estarse muriendo de hambre por mantener los principios, y generalmente claudica ante las tentaciones de obtener dinero que mitigue un hambre que en realidad no existe. Pero Germán prefería mantenerse pobre y andar de un empleo a otro, antes que dejar de lado las cosas en las que creía.
Durante mucho tiempo, luchó por superar su tendencia a huir. Pero aún no terminaba. Se casó, y a los fracasos sentimentales, agregó el peor, la ruptura matrimonial, cuyo saldo fue el de dos hijos abandonados por él mismo. Dos hijos a los que dio todo su amor y de los que un día se despidió con el alma despedazada, sin atreverse a darles la cara y sintiéndose el más despreciable de los seres humanos.
Acostumbrado a huir, su deseo de alejarse fue más grande que nunca, pero aún así trató de aferrarse a su tierra. Se entregó a su trabajo. Soportó el linchamiento social, real o imaginario, por haber arruinado la felicidad de sus hijos. Sus pies y su mente le ordenaban irse muy lejos; pero él estaba decidido a quedarse y reconstruir su vida.
Capítulo dos
Eloísa
Germán había ganado la mayoría de las batallas en su guerra contra la timidez. Ya se atrevía a bailar, aunque tenía el cuerpo tan rígido como un robot. No se cruzaba al otro lado de la calle cuando veía venir a un conocido para no saludarlo. No temblaba al hablar por teléfono ni al hacer una entrevista, aunque seguía sudando frío cada vez que le abrían el micrófono para entrar al aire en el noticiero.
Fue entonces cuando conoció a Eloísa. Era morena, de estatura mediana y cabello negro y semiondulado. Tenía ojos grandes, larguísimas pestañas y unos espectaculares senos. Usaba faldas cortas que permitían ver sus gruesas y torneadas piernas. Su mirada mostraba cierto aire de melancolía, pero a la vez proyectaba una temible firmeza de carácter.
Cuando la tuvo lo suficientemente cerca para percibir el aroma de su cuerpo sintió algo distinto a lo que había experimentado ante cualquier otra mujer. Sin embargo, dudaba seriamente si debía o no involucrarse en su vida. No sabía si era su inseparable timidez, respeto por sus 18 años o simplemente estaba actuando en él la química. Sólo estaba seguro de que era una sensación diferente, como una aceleración en los latidos del corazón. Ella lo miraba con sus grandes ojos como si lo amara; pero él, a pesar de su éxito profesional, tenía la autoestima tan estropeada que no se creía capaz de inspirar un sentimiento así, y menos en tan corto tiempo.
Si ella estaba de pie junto a él, disimuladamente le deslizaba la vista encima, imaginando cada parte de su cuerpo; pero no se atrevía a expresarle sus sentimientos. Al principio no supo siquiera si lo que sentía era admiración, deseo o curiosidad. En realidad ignoraba todo sobre ella. Cuando caminaban juntos sobre el quemante pavimento del verano, la miraba de reojo y se preguntaba si debía dar el siguiente paso, intentar hacerla suya. Para agregarla a su lista de conquistas, solamente lo detenía una cosa: la edad. Él había pasado de los 33 y ella tenía 18. La intransigencia de las matemáticas le indicaba que le llevaba 15 años de ventaja (o de desventaja, según se le quisiera ver). ¡No!, le gritaba su conciencia. Agua que no has de beber, déjala correr. Pero él estaba en una etapa de su vida en la que no podía tener una mujer como ella al alcance sin empezar a pensar en la sensación de la piel de sus mejillas, en el aroma de su nuca, en el sabor de sus besos, por mencionar solamente el inicio de aquello que le hacía latir más fuerte el corazón y le nublaba el pensamiento por la emoción.
Casi sin darse cuenta fue tendiendo una red en torno a ella, una red tan fina e indetectable que no se dio cuenta que él también podía quedar atrapado. No faltó el momento en que estuvieron los dos solos, al atardecer, entre las grandes rocas rompeolas. Se acercó como un felino hambriento a su presa indefensa, sólo para llevarse una sorpresa. Debajo de su aire discreto habitaba la mujer de fuego, incontenible, voraz, sedienta de amor. Él la gozó, sin desperdiciar un centímetro de dicha. Luego se quedaron quietos, mientras la noche se desparramaba tranquilamente sobre ellos. Germán había vivido el momento y se preparaba para guardarla en sus más bonitos recuerdos.
--Fue muy lindo --le dijo.
--Me hubiera gustado más si hubiéramos estado casados.
--¿Casados? --se sorprendió él--. Para casarse hay que estar enamorados.
Ella bajó la mirada y gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, mientras su rostro enrojecía.
--¿Es que no te das cuenta que te amo? Te amo desde el primer momento en que te vi.
La abrazó fuerte y por primera vez empezó a visualizar su vida unida a la de ella.
El romance creció tan rápido como había germinado. Ambos se treparon a las nubes y caminaron sobre ellas. No les importó nada. Vivieron cada momento como si estuvieran sentenciados a muerte. Cuando estaban juntos, eran sus cuerpos los que no se querían separar. Si no estaban haciendo el amor dialogaban constantemente y lo único que se decían era su amor. Cualquier lugar en el que pudieron estar solos supo de lo que eran capaces. Era un amor loco, imprudente; una combinación insensata de la juventud de ella con el deseo de vivir de él.
Al poco tiempo estaban viviendo juntos. No se casaron. No importaba. El cuarto de alquiler a donde se fueron a vivir era grande para sus escasas pertenencias y pequeño para sus locuras. Todo les parecía bueno. Todo les divertía. Cocinaban en un anafre en el patio. Dormían en el suelo. Andaban siempre abrazados y besándose, sin pensar jamás si a alguien le podría incomodar o parecer ridículos. Durante el tiempo en que estaban trabajando, se dedicaban a imaginar lo que harían cuando estuvieran juntos otra vez y no había cosa que no intentaran. El tiempo, de pronto, se compactaba en el presente y no temían a nada, ni siquiera a la muerte.
Pero el tren de la felicidad en el que viajaban tenía problemas mecánicos. Como en la adolescencia, él imaginaba múltiples, grandes y siniestros ojos mirándolos todo el tiempo, juzgando su amor, condenándolo por haber dejado a sus hijos. Y Germán pensaba que quizá no estuviera mal huir. ¿Qué más daba? Sólo una sola vez más.
Sin pensarlo mucho, una mañana le dijo a Eloísa:
--Vámonos de aquí.
Ella le respondió al instante, como si hubiera estado esperando la propuesta:
--¡Sale! ¡Vámonos!
--¿No importa a dónde? --dijo él, sorprendido.
Ella se le colgó del cuello y le dijo
--Yo te sigo hasta el fin del mundo.
--Quiero que nos vayamos a un lugar donde nadie nos conozca, donde nos deshagamos de esta rutina que ya me tiene cansado. Un lugar en el que estemos solamente tú y yo, en contacto con la naturaleza.
Él sabía perfectamente de lo que hablaba y le empezó a describir un mundo fantástico. Había pasado una parte de su vida en el campo y amaba la quietud de la montaña y la convivencia con los animales y las plantas. Ella desconocía la vida rural, pero su imaginación le dibujó un paraís Árboles gigantescos, rocas, aguas cristalinas y los frutos generosos de la tierra que en las películas rosas surgen como por encanto, sin que nadie tenga que sobarse el lomo cultivándolos. Pero, sobre todo, tendría totalmente para ella a su hombre, aunque se llamara Germán Molina. Pensó que podrían andar desnudos bajo el sol, para no dejar de amarse ni un minuto. La perspectiva de cambiar radicalmente sus vidas y unir sus locuras, les produjo una sensación de excitación.
El plan era muy sencillo.
--Nos subimos a un autobús y él que nos lleve. Quiero por una vez en la vida ser irresponsable. Llevo años esclavizado por hacer las cosas correctamente. Quiero que hagamos algo realmente loco. Quiero ver la cara que ponen mis jefes cuando les presente mi renuncia con carácter de "i-rre-vo-ca-ble".
Empezaron a hacer planes y a trazar rutas. Sólo que había un pequeño problema: El dinero. Tenían unas cuantas cosas qué vender y lo que en el momento ganaban no les permitiría llegar muy lejos. La perspectiva de andar mendigando comida en lugares desconocidos no le agradó a Germán; pero no se atrevió a decírselo a Eloísa.
Aunque tenía sus escrúpulos, decidió ir a ver a Gabriel Terán, el líder del sindicato de albañiles, un "obrero" que estaba entre los hombres más ricos de la ciudad. El hombre siempre le había ofrecido su ayuda ?incondicional" y Germán siempre la había rechazado por parecerle grotesca su escandalosa riqueza, que contrastaba con la miseria y desprotección de los trabajadores, cuyos contratos colectivos detentaba y negociaba a placer con los patrones. Pero su deseo de irse lo impulsó a hacer una excepción. Conversó durante horas con el viejo. Para obtener la "ayuda", le ocultó sus planes de irse, con el fin de que creyera que lograría algún beneficio. Con aire dadivoso, el viejo sacó su chequera y llenó un cheque. Cuando Germán lo vió le brillaron los ojos, pero se lo devolvió. Realmente era mucho dinero. Él solamente quería lo suficiente para el pasaje y para sobrevivir un par de semanas mientras se acomodaban en otro lado.
--No seas estúpido --le dijo el viejo, riéndose a carcajadas--. Tú no tienes idea de lo que yo recojo cada semana de las cuotas sindicales. Tómalo y vete, que tengo mucho qué hacer.
Los sentimientos de Germán se revolvieron, como si hubiera tomado una poción de miel con hiel. Tenía dinero suficiente para comprar un ranchito en la montaña, pero a la vez había recibido una de las peores humillaciones de su vida. En unos minutos, el concepto que se había forjado de sí mismo se había desintegrado. Con el cheque en el bolsillo salió del lugar, sintiendo que reptaba.
Eloísa no le preguntó cómo había conseguido el dinero. Sintieron un poco de tristeza cuando pensaron en que tendrían que despedirse de sus familias y amigos y de la región en la que ella había nacido y él había pasado la mayor parte de su vida. Él dejaría de ver a sus hijos, aunque sufría del mismo modo viéndolos solamente a ratos. Pero habían concebido un sueño e iban tras él.
Germán sintió que estaba dentro de una pesadilla cuando al llegar a la oficina le pasaron el teléfono y con trabajos fue entendiendo lo que Eloísa le decía.
--¿Quéeeee? --exclamó indignado.
Eloísa sollozaba del otro lado de la línea:
--Escúchame. No quiero que te enojes conmigo. Sé que habíamos acordado otra cosa; pero tuve que hacerlo. Tienes que olvidarme. Lo nuestro no podía seguir...
--¿Qué dices? ¿Dónde estás?
Ella se quedó callada. Germán pudo escuchar un momento sus sollozos y luego la línea enmudeció, como si hubiera estado conectada al mundo de los muertos. Fue como haber caído a un abismo. Colocó el auricular en su sitio y salió lentamente, como transportado a otra dimensión. Conforme avanzaba por las calles, que le parecían más vacías que nunca, empezó a sudar bajo la ropa y sintió que se le engarrotaba la nuca. Creyó que podía morir en plena calle; pero siguió caminando, con la mirada pegada al piso. Sus ojos se llenaron de lágrimas al grado de que casi no podía ver por dónde iba, hasta que sus pies se empezaron a hundir en la arena de la playa. Se miraba a sí mismo, veía sus manos, como tratando de asimilar que efectivamente era él, que estaba solo, enamorado y abandonado. No podía razonar, solamente sentir ese sabor a pérdida que le bajaba por la garganta y se le alojaba en el estómago y le engrosaba las costillas y le dificultaba la respiración.
Mantuvo la razón lo suficiente para caminar por la playa hasta un lugar solitario, donde se tiró en la arena y empezó a revolcarse y a lanzar chillidos, como solamente había escuchado en los animales a punto de morir. Sabía que lo estaba haciendo y en su embriaguez de dolor creía que eso le podría servir para algo. Si nada podía hacer por Eloísa, ni siquiera saber si ella solamente había jugado con él, lo único que le quedaba por hacer era enterrarse a sí mismo, para no poder caer más bajo.
Las personas que pasaban por el lugar lo miraban con lástima o desprecio, quizá pensando que se trataba de un alcohólico en pleno delirius tremens. Estaba sentado, con la cara, los brazos y la ropa llenos de arena. Oía el rumor de sus conversaciones, indiferentes y tranquilas, como si hablaran en un idioma distinto al suyo. Pero él no estaba ebrio. Al contrario, en cuanto pudo pensar decidió que no bebería ni un trago hasta que superara la depresión, porque sentía el morboso deseo de morirse y sabía que estando ebrio se mataría. "Si un día decido hacerlo, lo haré conscientemente", pensó.
Al anochecer, sintió hambre y se levantó para regresar. Dedujo que era peligroso quedarse ahí, debido a que las pandillas solían reunirse en la playa para organizar sus juergas. No tenía ganas de vivir, pero tampoco sentía el menor interés por ir en busca de la muerte o esperar que una punta de imbéciles lo mataran sólo por tener algo qué hacer.
De regreso, iba encorvado, como un viejo, y sentía el corazón tan vacío que dudaba siquiera que su sangre estuviera circulando. Fue al cuarto en el que tantas veces había estado con Eloísa y lo sintió enorme y frío. Lo había llenado tanto de ella, que sintió miedo, como si un fantasma estuviera en la casa y lo fuera a tocar por la espalda en cualquier momento. Se desnudó y se miró a sí mismo con lástima. Luego se masturbó con furia, como si de esa manera la fuera a olvidar o hacerle sentir su pasión y su dolor hasta allá, donde ella estuviera. Acarició con ternura la ropa interior que ella había dejado. Encendió el radio y lo apagó a la cuarta canción, al darse cuenta que todos los temas le hablaban de ella, lo acusaban o se burlaban de su pesar. Vio el dinero y supo que sin Eloísa tampoco tenía el menor interés de emigrar a ninguna parte. No supo cómo se durmió; pero su noche estuvo repleta de pesadillas, en las que él trataba de hacer algo que nunca lograba.
Al despertar, estuvo más consciente que nunca de su realidad. Profundamente deprimido, empezó a analizar lo que estaba pasando. Sintió un fuerte temor por ella. Quizá había sido raptada por alguien o la hubieran hasta matado. También supo de su carácter de acero y no descartó la posibilidad de que hubiera decidido voluntariamente terminar con todo. Él sabía que ella era capaz de dejarlo y de olvidarlo, aunque para lograrlo tuviera que morirse. Eso lo lastimaba, porque estaba seguro de que ella lo amaba.
Ése fue el primero de muchos días en los que tendría una rutina inalterable: Visitaba el teléfono en el que había recibido su última llamada, esperando tener algún recado o una nueva llamada. Se iba a trabajar como un sonámbulo, se metía a la iglesia a rezar cada vez que pasaba. Comía una vez al día y poco a poco iba quedando en los puros huesos, tal como había sido durante su adolescencia. Durante los fines de semana revivía un poco al salir a pasear con sus hijos y ocasionalmente ver a sus papás. Pero el regreso a la semana de trabajo lo devolvía instantáneamente a su perenne depresión. Mirar o convivir con otras mujeres solamente le servía para recordar a Eloísa y no sentía el menor interés por tocarlas.
Enloquecido por su romance no se había preocupado por saber mucho de ella, lo que le habría dado pistas de dónde buscarla. Dependía de que ella le llamara, y conforme pasaba el tiempo sentía que la iba perdiendo, porque sabía que era muy hermosa y no faltaría quien estuviera dispuesto a reemplazarlo, aun cuando estaba seguro que ella lo seguiría amando. El amor lo había hecho romper su regla de oro, que era huir cada vez que perdía el control de alguna situación. En el fondo deseaba irse y a veces se imaginaba viajando, más allá de las fronteras del país, saboreando la libertad. Quizá en la distancia hasta pudiera dejar de amarla y empezar de nuevo y conocer a otra mujer, distinta a ella. Pero no se iba, ni cambiaba su rutina, porque simplemente era su corazón el que mandaba.
Había pasado un año de haber recibido aquella llamada, cuando regresó nuevamente a la playa, a recordar el día más triste de su vida. Sintió nuevamente el aguijón del dolor y la nostalgia de cuando ella estaba todavía tan cerca en el tiempo. Sacó su libreta y escribió:
"Hola, mi amor (había borrado esa expresión de su vocabulario desde el día que ella se había ido): Desde el fondo de mi tristeza te escribo esta carta, que sé que nunca leerás. Te escribo para decirte que te amo y que no hay nada en este mundo que me pueda hacer olvidarte. Me duele mucho pensar que simplemente te fuiste porque decidiste que era lo mejor para los dos. Podrías haberme dado la oportunidad de despedirme de ti, de ver por última vez tus ojos grandes y misteriosos. Me hubiera gustado aspirar tu aroma, para guardarlo dentro de mí; abrazarte fuerte para recordarte en el dolor de mis músculos. Pero simplemente te fuiste y ahora creo que me borraste de tu vida. Tú tienes carácter para ello, yo no. Ya no me voy a levantar. No quiero. No puedo. Si hubiéramos terminado, si hubiéramos matado nuestro amor, yo tendría una razón para empezar de nuevo; pero te fuiste amándome y me dejaste amándote. Quisiera poder saber qué me diste para enamorarme de esa manera, porque yo no encuentro ninguna forma de seguir si tú no estás conmigo...".
Dejó de escribir cuando las lágrimas anegaban sus ojos y le impidieron ver. Las gotas caían sobre su camisa, que usaba también para limpiarse la nariz. Quería llorar mucho, porque sentía que eso le traería algún alivio. Cuando pudo ver nuevamente, leyó su carta en silencio y más lágrimas fluyeron, como si nunca se le fueran a terminar. Entonces tomó el papel y empezó a caminar hacia el mar, con él en el puño, sin quitarse la ropa. El viento de la tarde producía unas olas enormes y cálidas. Caminó resuelto contra ellas, sin ningún interés de mover los brazos. Vio la superficie del agua a la altura de sus ojos y después solamente esa tonalidad color café claro que se percibe al mirar bajo el agua. Vio la carta desprenderse de su mano como si Eloísa fuera a estar en una playa lejana, lista para recibirla, con un mensaje de amor resistente al agua salada.
Vio a la muerte llamarlo para darle su consuelo; pero no se atrevió a ir a su encuentro. No se atrevió. Comenzó a nadar desesperado de regreso; pero su cuerpo no le respondía, sus movimientos carecían de coordinación y cuando trataba de pararse sobre la arena, se daba cuenta de que su estatura no cubría la distancia entre el lecho marino y el aire que necesitaba para seguir viviendo. La corriente lo estaba arrastrando y sus pulmones se estaban llenando de agua. Su resistencia terminó pronto y se entregó mansamente en los brazos del océano, como un feto que nada en el líquido amniótico para nacer.
Cuando abrió los ojos estaba tirado en la arena, vomitando, y rodeado de desconocidos. Lo subieron a una camilla y en ella a una ambulancia. Se dejó consentir. Después de todo había decidido no morirse y Dios lo había escuchado y seguramente le había mandado a alguien a librarlo de la muerte. Germán quería contar su historia, pero nadie se la preguntó.
A partir de ese incidente se empezó a sentir distinto. Seguía amando a Eloísa igual que siempre; pero si ella no iba a regresar, si no la podía buscar, si no se podía morir, tenía que empezar otra vez. Pero lejos, aunque ello significara perderla para siempre. Muy lejos, en la tierra del Tío Sam, a donde siempre había querido ir, porque uno de sus traumas era nunca haber cruzado la frontera. Era un trauma raro, pero real. Le había provocado incluso pesadillas a lo largo de su vida, sobre todo por tratarse de esa frontera, creada para dividir dos mundos tan pegados y tan distintos. Viajar era parte de su naturaleza; pero entrar a los Estados Unidos no era lo mismo que cambiar de un estado a otro dentro del país. Si viajar era para él una terapia, cruzar esa frontera tan hermética sería un remedio excelente. Deseaba también conocer cómo vivía realmente la gente de aquel país y aprender un idioma distinto al español.
Pensar en emigrar nuevamente le mejoró un poco el ánimo. Los días que siguieron se comunicó con su hermana Teresa, que hacía años vivía en el país del norte, para tener una idea de lo que tenía que hacer y a despedirse de sus hijos, de sus amigos y del resto de su familia. No tardó en descartar la posibilidad de cruzar legalmente, porque entre sus cualidades no se encontraban ni la paciencia ni la habilidad para convencer al personal de la embajada de que solamente iba de compras y de paseo. Además, llevaba tanto tiempo hundido en la depresión que cruzar la frontera ilegalmente era lo que menos le importaba.
Un amigo que trabajaba de ilegal en el otro lado aceptó prestarle dinero para pagar el coyote. No había problema. Incluso le envió para que se movilizara hasta la frontera.
Germán se reunió con sus amigos más cercanos en una cantina para despedirse. No intentaron retenerlo. Sólo le pidieron que un día regresara. Fue un día alegre. Bromearon. Hasta armaron un plan para que cuando regresara fuera presidente municipal. Entre sus cuates formó todo el gabinete. Él sabía que lo hacían solamente para hacerlo sentir bien. Pudo ver la tristeza y el aprecio sincero en ellos al despedirse. Quizá fue hasta entonces cuando se dio cuenta de que le quedaba algo valioso y que ahora también lo perdería: Su familia y sus amigos. Se sintió querido; pero a la vez decidido a irse de una vez por todas.
Recorrió los sitios en los que había andado con Eloísa. Esas calles descaradamente llenas de basura. Los parques, las rocas de la orilla del río donde solían pasar horas juntos y se olvidaban del tiempo y sus cuellos se volvían grasosos y salados por el viento del mar. Los sitios a los que iban a comer. La vieja iglesia, donde ella lo enseñó a orar y a donde él iba todos los días a pedirle a Jesús que se la devolviera, aunque hacía tiempo que había perdido la esperanza. Sintió que extrañaría el aire caliente que subía de las banquetas, los aparadores llenos de luces y falsas ofertas y la gente caminando apretujada; la modorra de los camiones y la eterna prisa de los taxis...
Dejó hasta el final la despedida de sus hijos. El estar separado de la madre lo mantenía viviendo sin ellos; pero ésta era la primera vez que los dejaría de ver por tiempo indefinido y que estaría tan lejos. Les dijo que se iba a ir a los Estados Unidos, que no sabía cuándo regresaría; pero que mientras tanto él les seguiría enviando dinero para que no les faltara lo necesario. Lloró por dentro, para no hacer la despedida más difícil. Hubiera querido llevárselos; pero supo que su lugar estaba al lado de su madre.
Con la mente preparada para un largo viaje y un azaroso cruce en la frontera, llegó con media hora de anticipación a la terminal. Su corrida salía a la medianoche. Tenía consigo una maleta pequeña. Le habían dicho que no llevara más que lo indispensable, que los ilegales no podían darse lujos. Tras mirar su boleto y el tablero que anunciaba las salidas, se sentó en una de las sillas de plástico y se colocó la maleta en las piernas. Trataba de concentrarse en los avisos del sonido local, cuando de pronto sintió un golpe en el pecho. Abrió desmesuradamente los ojos sin poder creer lo que veía. Pero ahí estaba, la sentía, era ella, arrastrando una gran mochila negra, que dejó tirada para salir corriendo a su encuentro. Él, congelado, sólo atinó a dar algunos pasos antes de chocar con ella y fundirse ambos en un abrazo. Al tiempo que repetían sin parar las únicas dos palabras que eran capaces de decir: "Te amo".
Los dos derramaron lágrimas, sin importarles las miradas de los demás, sin importarles la maleta de Eloísa, que se había quedado tirada a 20 metros de distancia, como un niño al que le sueltan la mano. Ella estaba ligeramente distinta, con el cabello un poco más corto, pero igualmente hermosa.
Tras un buen rato, Germán se acordó de su situación, de sus planes, del viaje. Volteó hacia el andén y vio el autobús que empezaba a alejarse en reversa. Poco a poco se empezó a perder en el cristal el letrero luminoso del pesado camión que decía: "MEXICO NORTE", primera escala del viaje hacia la frontera.
Comenzó nuevamente a besar a Eloísa. Se colgó de un hombro su maleta y tomó la de ella en la mano derecha. Con la mano libre, rodeó su cintura y se fueron caminando por el largo pasillo de la terminal de autobuses, ella pegada a su pecho, con el rostro bañado en lágrimas. Súbitamente había entrado un ?norte? y el viento mezclado con arena golpeaba sus rostros, sin que pareciera importarles en lo absoluto. Viajaron en taxi a un hotel del centro y ahí dejaron suelta la pasión contenida durante más de un año. Se miraban y se hablaban como si nunca hubieran dejado de verse; pero su hambre de amor era mayor que nunca. Después de hacer el amor, se quedaron abrazados. Fue él quien habló primer
--Hoy me has hecho el hombre más feliz de la tierra. Si no me quieres hablar de lo que pasó, no lo hagas. Sólo quiero que nunca me vuelvas a dejar.
--¿Tú por qué crees que me fui?
--No sé. He pensado tantas cosas, pero he decidido saber sólo lo que tú me quieras decir.
--¿Pero, qué has pensado?
--Un año pensando en lo mismo me ha hecho descartar casi todo, pero a la vez no descarto nada.
--¿Te acuerdas del cheque que conseguiste con el viejo Terán?
--¿Qué? ¡Maldito! ¡Qué te hizo!
--Me llamó a su casa. Me dijo que tú estabas allá y que íbamos a cenar.
--¡Desgraciado!
Ella le explicó:
--Cuando llegué allá, me dijo que el dinero no te lo había regalado. Que yo le gustaba y que yo se lo iba a pagar y que yo sabía muy bien cómo. Y entonces quiso tocarme. Tú ya me conoces. Me puse hecha una fiera y le dije hasta de lo que se iba a morir. El solamente se rió y me dijo que, o aceptaba o me quedaría viuda antes de casarme. Con la cara transformada en un animal me alcanzó a jalonear del vestido. Créeme que no sé cómo le di una patada en los huevos y salí corriendo de la casa. Mi suerte fue que no estaba ninguno de sus guaruras cerca. Te juro que mi deseo fue ir corriendo a buscarte, pero estaba segura de que el viejo maldito te mataría. Tomé un taxi y me fui a Chiapas con unos parientes. Desde allá te llamé, solamente para que supieras que yo estaba bien.
--Me hubieras dado la oportunidad. Nos hubiéramos ido juntos--
--Perdóname por lo que hice. Hice lo que creía correcto para protegerte. Prefería perderte que poner tu vida en peligro. En todo este año, nunca pensé en alguien más; pero yo creí que tú tenías derecho a seguir viviendo. Perdóname porque yo siempre supe dónde estabas, qué hacías; supe que no me olvidabas y lo que estabas sufriendo. Entonces empecé a creer que a lo mejor me había equivocado; pero temí que tú me rechazaras. Decidí aguantarme. Pero todos tenemos un límite en nuestras fuerzas y lo supe cuando me dijeron que te ibas. Si te dejaba ir no habría un mañana. Por eso regresé. Aunque tú quizá ya no me quieras como antes.
Él la abrazó aún con más fuerza.
--Mi amor por ti no se acabará jamás --dijo Germán.
La abrazó más fuerte, mirándola desde muy cerca a sus grandes ojos, aspirando el perfume de su cabello.
A su mente le costaba trabajo procesar lo que ella le acababa de decir. Siempre había tratado de mantener su corazón ajeno al odio, pero éste se empeñaba en entrar. Le hervía la sangre al imaginar al viejo tratando de abusar de ella. Sintió en el pecho un aguijón al pensar que en realidad hubiera pasado más de lo que ella le había dicho.
--Tenemos que irnos de aquí -- le dijo en voz baja, pero firme.
--Sí.
Apagó la luz y se pasó el resto de la noche sin poder dormir. La oscuridad de la noche llenó su alma de rencor, en la misma medida en que el amor había vuelto para ocupar su sitio. Cerca del amanecer, alcanzó a escuchar el rumor de la gente que caminaba a toda prisa por la banqueta y los carros que iniciaban la jornada. A lo lejos escuchó el canto desolado de un gallo. Luego se durmió.
Como a las 10 de la mañana abrió nuevamete los ojos. Eloísa seguía durmiendo. Él miró orgulloso su cuerpo desnudo. Era una diosa. Y era suya. Suya, desde la piel hasta el alma. La acarició suavemente de la parte que más le gustaba, de la cadera a las nalgas, firmes y tersas, disfrutando una caricia por tanto tiempo reprimida. Tomó una de las toallas del hotel y se metió en el baño a ducharse. Luego sacó su libreta de reportero, le arrancó una hoja y escribió en ella, en letras grandes: "Te amo". Y salió sigilosamente.
A esa hora de la mañana, la brisa rondaba los 30 grados centígrados, pero a él le parecía deliciosamente fresca. El aire olía a humedad, a café y a comida que se preparaba en las fondas cercanas. El frente frío que había llegado por la noche se había desplazado hacia el sur para desbaratarse en las montañas y convertirse en llovizna.
Germán se fue en taxi a la terminal de autobuses a comprar dos boletos hacia la Central del Norte de la ciudad de México. Luego salió, tomó otro taxi y ordenó al chofer:
--A la Avenida Cuatro, número 236.
--Cómo no, señor.
Era la casa de Terán. Por un momento su mente le hizo un llamado a la prudencia, pero su corazón no sólo estaba lleno de odio sino de inseguridad. Estaba dispuesto a dejar de considerarse a sí mismo un cobarde y dejar lavada la afrenta del viejo antes de irse.
Junto a la puerta marcada con el número 236 tocó el timbre. Apareció tras la reja un hombre en sus cuarentas, con el uniforme beige, la escopeta, el spray, la macana y el radio, característicos de los guardias privados.
--¿Está don Gabriel? --preguntó Germán, sin necesidad de presentarse ya que en innumerables ocasiones lo había visitado para entrevistarlo.
--Un momento.
El guardia se perdió en el interior de la casa y al cabo de un buen rato regresó para decirle que pasara, con la advertencia de que fuera breve, que no tenía mucho tiempo. La casa del viejo era un derroche impresionante de espacio, lujo y, ¿por qué no decirlo?, de buen gusto.
Cada mueble, cada objeto, tenían una justificación. La madera de cedro tallada le daba un toque de unidad a todo y armonizaba con el piso de cantera, pulido como un espejo, que hacía ver el vestíbulo el doble de lo grande que era. Lo único que no combinaba en el lugar era el viejo, que era la más vulgar representación de un cacique sindical, elevado de un puesto de ayudante de oficial a millonario gracias a las cuotas descontadas a los trabajadores, casi siempre sin que ellos se enteraran de que pertenecían a su sindicato, y a sostenerse en el poder mediante elecciones simuladas sustentadas en el miedo.
Terán, bigotón y semicalvo, estaba sentado al otro lado de un enorme escritorio de cedro, cubierto con un grueso cristal. La pared estaba cubierta con piezas decorativas, reconocimientos, fotografías con gente poderosa; pero ni un solo documento que hablara de que hubiera estado en un aula escolar. Germán, de pie, tuvo que esperar un buen rato antes de que el viejo terminara de firmar papeles y se dignara levantar la mirada hacia él y empezara a hablar en el tono más sarcástico a su alcance:
--¿Ahora qué quieres? ¿No se suponía que te ibas hace un año?
A Germán le hirvió la sangre. La adrenalina le congestionó la garganta y le impidió hablar. Durante la mitad del primer segundo se cuestionó sobre qué diablos había ido a hacer ahí y en la siguiente se respondió que ya lo había hecho y que tenía que actuar como un hombre. Nunca en su vida se había enfrentado a golpes con nadie, también a consecuencia de su timidez. Pero ahora quería hacerlo, quería estrenar esa faceta violenta que suponía era inherente a todo hombre y lo hacía sentirse atrofiado, cobarde. La venganza era algo secundario. No tuvo que forzarse a nada, sus ojos se enrojecieron de furia, sus músculos se tensaron y las venas del cuello se proyectaron en relieve de tal manera que podrían haber servido para una clase de anatomía. El viejo dedujo que Germán sabía lo que hasta ese momento suponía que no sabía. Hizo un movimiento nervioso hacia abajo del escritorio, quizá para tocar un timbre para llamar al guardia o tomar un arma. Germán se sorprendió a sí mismo deslizándose sobre el cristal y cayendo sobre el viejo, sin saber ninguno de los dos qué hacer. Hasta ahí iba bien, pero ahora no sabía si apretarle el cuello o golpearlo. Se trataba de un pobre viejo decrépito, que temblaba y emitía un olor combinado entre perfume caro, mugre y humo de puro. Lejos de lo que suponía, se sintió miserable, tirado encima de un infeliz anciano. Pero ya estaba hecho. "De todas maneras me va a costar lo mismo", pensó.
Alzó la mano y le descargó un golpe con el puño cerrado en la cara.
--Creo que esto es mejor que llevarme el odio conmigo --masculló.
El viejo quedó inconsciente, como muerto; pero respiraba. Germán se sintió peor que nunca. "Hace tiempo que tenía ganas de partirle la madre a alguien
--Ni modos, le tocó a este imbécil--", pensó. Y, luego, él mismo se justificaba: "Se lo merecía. No solamente por lo de Eloísa, también porque es una rata asquerosa, que vive como rey quitándoles el dinero a los trabajadores".
Incapacitado de su conciencia, abrió el cajón de arriba del escritorio, y, como lo suponía, había varios fajos de billetes que el viejo siempre usaba para repartir entre periodistas, policías, liderzuelos, incondicionales y hasta trabajadores del mismo sindicato que llegaban a pedirle "ayuda".
Tomó uno de esos fajos de dinero y se lo echó a la bolsa. Ya se iba cuando movió la cabeza negativamente. --No puedo--, pensó con tal fuerza que él mismo se oyó. Sacó el dinero y se lo lanzó encima al viejo, que roncaba, como si estuviera durmiendo una siesta. Se acomodó la ropa y salió. Desde la puerta, habló en voz alta hacia el interior:
--¡Gracias! Sí, yo le digo.
Completamente ajeno a todo, el guardia estaba en la puerta de la enorme casa, a una distancia suficiente como para no haber escuchado nada. Cuando Germán alcanzó la calle entendió la magnitud de lo que había hecho. Supo que había derribado el tabú de golpear a un hombre en la cara, pero a la vez supo que seguía siendo un cobarde y un sentimental. Antes de irse, hizo algo para acallar un poco a su conciencia. Llamó al guardia:
--¡Oye! Dice tu patrón que le lleves un café.
En cuanto el guardia estuvo fuera del alcance de su vista, Germán corrió hacia la esquina, donde para su fortuna pasó de inmediato un taxi. Le ordenó llevarlo al hotel. Durante el trayecto, la desesperación le oprimía el pecho. Nunca como ese día había tenido tanta capacidad de detectar las patrullas policiacas y las sirenas de las ambulancias, dondequiera que estuvieran. Le parecía que todo mundo era espía, incluso el propio taxista. A los 10 minutos estaba en el cuarto de hotel, despertando a Eloísa.
--¡Nos vamos! Tengo el taxi esperando abajo.
Ella, adormilada, se sentó en la orilla de la cama. Tenía el cabello alborotado y los grandes ojos hinchados.
--¿Qué pasa? --dijo, mientras levantaba los codos, se ponía ambas manos en la nuca y dejaba escapar un enorme bostezo.
--En el camino te explico. Ahora vístete y vámonos.
Ella tardó todavía 20 minutos en arreglarse, que a Germán le parecieron una eternidad. Imaginaba que al salir habría una decena de patrullas en lugar del taxi. Pero no, seguía estando solamente el taxi con el chofer, mirando insistentemente el reloj. Después de lo ocurrido, los boletos de autobús ya no servían para nada.
--¿Cuánto nos cobras hasta Santiago?
--500 pesos.
--Entonces, llévanos hasta allá.
Mientras el taxista se desplazaba a toda velocidad por las avenidas de la ciudad, rumbo a la carretera, él empezó a narrar lo ocurrido. Temía decepcionarla e incluso que se asustara y lo mandara de una vez por todas a volar, pero ella tenía que saber que el viaje era sin regreso.
--Lamento lo que hice. Lo que menos quisiera es ponerte en peligro.
--Soy yo quien lamenta haberte contado lo que me quiso hacer el pinche viejo. Pero estuvo bien y qué bueno que no te pasó nada --respondió ella--. ¿Y ahora sí me puedes decir a dónde vamos? Tú sabes que yo te sigo; pero siquiera dime.
--A los Estados Unidos --le dijo él al oído.
--¿De mojados?
--Digamos que con visa de coyote. Todavía estás a tiempo de arrepentirte. Nos podemos ir a otro lado.
--Olvídalo. Allá quieres ir, allá voy contigo.
Tras la serie de sorpresas, Eloísa se fue calmando y se acurrucó en el pecho de él, dispuesta a dormir un poco más. Germán recostó su barbilla sobre la cabeza de ella. "No puedo creer que ya vamos hacia el norte. Dios mío te pido que me perdones por las tonterías que he hecho y te suplico que nos cuides y cuides a mis hijos ahora que voy a estar lejos de ellos".
El viento que entraba por la ventanilla les golpeaba la cara. Germán llenó sus ojos con la vegetación, en todos los tonos del verde. Por un momento lo asaltó el ligero temor de que su plan de fuga fallara y que los detuviera la policía al bajar del taxi para tomar el autobús; pero él mismo se consoló: "¿Qué pensaría si yo solamente fuera un periodista cubriendo la nota? Nada. Que todo se les pela. Será muy Terán la víctima; pero la policía no va a dar conmigo, aunque, eso sí, jamás voy a poder regresar".
Capítulo tres
Frontera caliente
Eran como las cinco de la tarde cuando el autobús, por fin, llegó a Agua Prieta, Sonora. Mientras los pasajeros se estiraban para bajar sus maletas y doblaban las colchas con las que se habían tapado en los últimos tres días y medio, un niño de unos 10 años se paró en la parte de enfrente del pasillo y empezó a hablar, con la soltura de un vendedor del mercado sobre ruedas.
--Bienvenidos señores. Les voy a suplicar que quienes estén interesados en cruzar la línea pasen conmigo para ponernos de acuerdo. Solamente estamos cobrando 800 dólares por persona y los pasamos por un lugar seguro. La garantía es que no cobramos hasta que estén del otro lado.
Asombrado, Germán sacudió ligeramente a Eloísa para despertarla y que viera lo que estaba pasando. Habían sido tres días y medio de viaje desde el verde y húmedo sureste hasta el árido y rocoso noroeste de México. tres días y medio de traer las nalgas entumidas y la espalda adolorida, hasta que terminaron por acostumbrarse. Tres días y medio de comer una vez al día, de no bañarse, de casi nunca cepillarse los dientes, de ver una y otra vez las mismas cuatro películas en el monitor y de colocar una sábana al final del pasillo del autobús para poder cambiarse de ropa interior.
Habrían sentido nostalgia de dejar el camión, de no ser por el penetrante olor a sudor y pies, que se fue acentuando conforme el viaje se alargaba. Tres días y medio de retenes militares y policiacos en busca de droga o de indocumentados centroamericanos; de mostrar dos o tres veces al día el acta de nacimiento y la credencial para demostrar que eran mexicanos y de abrir las maletas para revisiones en busca de droga. Eso sí, tres días y medio de mirar por la ventanilla las hermosas campiñas y ciudades mexicanas. Era un paisaje casi constante de campos verdes en los valles, a los pies de cordilleras rocosas y resecas, hasta que el panorama se cambió solamente por las laderas, calientes y desoladas.
El niño era solamente el más audaz. Al bajar del camión había un verdadero comité de recepción. Una valla de coyotes, hombres y mujeres, que asediaban a los recién llegados, como lo hacen las fonderas de los mercados? O como los buitres.
--¿Te ayudo con tus maletas??
--800...
--Yo te paso por un lugar seguro...
--¿Cuánto traes?... Nos arreglamos...
--¿Quieres un taxi?... ¿Te llevo a tu hotel?...
Hombres con acento norteño y ropa vaquera; mujeres con vestimentas y modales de prostitutas; personas comunes y corrientes y hasta parejas con aspecto de matrimonios bien.
Todos con un mismo objetivo, pero con distintas propuestas y con distintos propósitos. Era el canto de las sirenas que le habían advertido a Germán que no escuchara. El riesgo era ser envuelto, burlado, robado y hasta asesinado.
--Ya tenemos quien nos pase --decía tímidamente, sin ver a nadie a la cara, mientras Eloísa caminaba pegada a él, francamente asustada.
Pero no todos escapaban a los variados métodos de seducción y muchos eran subidos a supuestos taxis y camionetas, en los que eran alejados de inmediato del lugar, como si los coyotes tuvieran prisa por engullirlos o temieran que sus presas reaccionaran a la hipnosis, como dicen que hacen los verdaderos coyotes. "Si los miras a los ojos te hipnotizan y si tienes un rifle no les puedes disparar, ni tampoco les puedes lanzar una piedra, porque te quedas como desguanzado", pensaba Germán, incapaz de mantener la mente en blanco. Por eso decidió no mirarlos a los ojos.
Pensó en las tortuguitas que nacen en la arena y se dirigen al mar. Muchas no llegan, devoradas por las aves de rapiña. ¿México era la arena y Estados Unidos el mar? ¿La arena árida y el mar pródigo?
Sintió compasión por los que se ponían en manos de desconocidos, porque muchos quizá llegarían al otro lado; pero otros serían simplemente dejados en medio del desierto e incluso golpeados o asesinados para despojarlos de lo poco que trajeran, sin la menor compasión. Él ya estaba advertido de que en la frontera había dos tipos de mafias: Las que ganaban cantidades industriales de dinero pasando gente al otro lado y las que simplemente se dedicaban a robar. Y viéndolos a la cara no era posible distinguirlos.
Ante todos estos pensamientos y tan lejos de Veracruz, se sentía incómodo, como si fuera extranjero en su propia tierra. No había cruzado la frontera ni sabía si lo lograría; pero ya se sentía medio ilegal, medio pollo, medio mojado, porque todo el que llegaba a ese lugar con una mochila al hombro iba para el otro lado.
Se dirigió, con Eloísa tomada de la mano, a la ventanilla de la terminal y compró dos boletos a Naco, Sonora. El camión tardaría un par de horas en salir; pero francamente no se atrevieron a moverse de ahí.
El autobús salió ya de noche. Iba repleto. A la mitad del camino entre Agua Prieta y Naco, paró para una nueva revisión. Era el Ejército. Todos los pasajeros fueron bajados y formados en fila a la orilla del monte, mientras unos soldados revisaban las maletas arriba y otros las del compartimiento de equipaje.
--Van pa´l otro lado --dijo el militar que parecía estar a cargo del grupo, señalando hacia la negrura de la noche.
Varios rieron. Dos de las pasajeras le siguieron el juego al uniformado y se pudieron a platicar con él.
--Pa´qué le vamos a hacer al cuento. Todos sabemos que vamos para allá, pero aquí somos mexicanos y estamos en nuestro país.
Se dio la orden de abordar y el camión reanudó la marcha. Ya no se apagaron las luces y al fondo dominaba la conversación de las mismas mujeres, que platicaban como si fueran grandes amigas, sobre el mismo hombre, que había sido marido de las dos en distintas épocas. Era militar, según decían.
--Tú porque eres pendeja --decía la mayor--, porque yo a los primeros madrazos que me dio lo mandé a la chingada. Yo no sé qué vas a hacer a buscarlo todavía.
--No voy con él--alegaba la otra--. Voy con su familia, que son los que me van a pagar el viaje.
--De todas maneras vas a caer otra vez. Como que lo estoy viendo--
El autobús llegó al polvoriento pueblo de Naco. Lo primero que hizo Germán fue preguntar dónde se encontraba la línea fronteriza. De noche, solamente se divisaba un conjunto de luces, dispersas sobre un lomerío.
--Es Naco, Arizona --le dijo alguien, ilustrándolo--, la última sílaba de Arizona y la última de México.
--O sea que de los dos lados de la frontera se llama Naco.
--Sí, pero con muchas diferencias. Por algo la gente paga para pasar para allá.
--Gracias --dijo Germán, para dar por terminada la plática.
Eloísa permanecía tomada de su mano. Germán la miró, tratando de adivinar qué tan decidida estaba a seguir la aventura. Pero ella parecía únicamente cansada.
--¿Te he platicado mi sueño de la frontera?
--¿Sueño? No. ¿Qué sueño?
--Siempre he soñado que voy a Estados Unidos. Un sueño raro, que pienso que es producto de un deseo no satisfecho, como cuando de adolescente soñaba que hacía el amor con alguna compañera de la escuela y terminaba mojando la trusa.
Ella le pellizcó a la altura de las costillas, riendo.
--En mi sueño, que terminaba convirtiéndose en pesadilla, me veía de pronto en territorio de Estados Unidos, abandonado a la media noche en un pueblo en el que solamente alcanzaba a distinguir las luces del alumbrado público y los ladridos de los perros. No me atrevía a acercarme a ninguna casa porque estaba seguro que me enviarían a manos de la Migra y tampoco sabía hacia dónde dirigirme para alejarme de la frontera.
--Sí que era un sueño raro.
--Al no saber qué hacer, terminaba despertando. Esas luces de Naco, Arizona, me hacen recordar mi sueño como si lo estuviera viviendo, ahora sí.
En la vida real, con un poco de paciencia, hubiera podido obtener una visa; pero incluso en su sueño siempre pasaba de ilegal. Nunca se había visto llegando a una ciudad grande a la luz del día, siempre era un pueblo pequeño, con calles de tierra y casas de un solo piso, de esos que suponía no existían en Estados Unidos; pero los sueños son así, reñidos con la lógica.
Era el 27 de septiembre. La terminal de autobuses de Naco, Sonora, no tenía baño ni sala de espera ni banqueta, sólo un cubículo donde vendían los boletos y una máquina despachadora de fritangas.
--¿Por qué los pueblos mexicanos son más miserables cuanto más cerca están de la frontera con los Estados Unidos? ¿Será acaso un complejo de inferioridad o, simplemente, los gobiernos son todavía más corruptos que en el resto del país? --preguntó a Eloísa.
--Yo creo que lo segundo --dijo ella, mientras miraba a los pasajeros del autobús abordar diversos vehículos ?americanos?.
En una caseta pública marcó el número que le habían dado.
--¿Doña María? Soy Germán Molina. Ya le hablé antes. Estamos aquí, en Naco? Okey.
Al poco rato llegó p
Germán Molina es un mexicano que ama... A la vida, a la patria, a su mujer, a sus hijos, a sus padres y hermanos.
Es un mexicano que sufre y sabe reír cuando sufre, sólo para disimular su alma sensible, que no siempre es capaz de sostenerlo en la adversidad.
Su espíritu inquieto lo envuelve en circunstancias que tal vez ocurran a la mayoría o tal vez no, pero que van moldeando su personalidad, un tanto compleja para él mismo.
Aún así, Germán Molina posee cosas hermosas y no parece tener ninguna razón para estar inconforme: compañera, hijos, empleo, comida, techo, libertad, paz, patria, como los demás mexicanos.
Sin embargo, desde muy lejos al norte, se siente atraído por el magnetismo de una nación poderosa, que se ha llevado a muchos de sus conocidos e incluso parientes.
Se siente intrigado por el misterio de ese país tan desproporcionadamente rico, del que cada fin de año regresan muchachos campesinos en lujosas y enormes camionetas, equipadas con estrepitosas bocinas y aire acondicionado, en las que se dedican a recorrer las calles, con la música a todo volumen, para asegurarse de llamar la atención.
Otros, menos afortunados, regresan en ataúdes, enfermos de Sida o convertidos en alcohólicos o drogadictos.
Los que un día salieron como mexicanos normales, vuelven con melenas largas o rapados; con coletas, aretes, argollas en las cejas, y hablando inglés mezclado con español.
Antiguos jornaleros, ahora compran ranchos y los llenan de ganado y cuando vienen tienen dinero suficiente para emborracharse semanas enteras, antes de vender parte de su patrimonio y regresarse otra vez.
Germán los ve como seres misteriosos, investidos de un aura distinta, soberbia.
No quiere ser así; pero aún así debe tener algo en común con ellos: Vive tranquilo en su nicho de supervivencia, pero siente el efecto de ese imán, que cada día arrastra a más gente, a pesar del peligro. Si se queda, puede planear su vida y apegarse al libreto, seguir su agenda; pero si cede a esa atracción, nada será previsible.
Aún así, la atracción es muy fuerte...
Capítulo uno
Alma con alas
Germán Molina era un tipo hasta cierto punto extravagante. Sin haber terminado la preparatoria, se había paseado por 16 escuelas... y sacando buenas calificaciones. Cada año se cambiaba de una a otra, y cuando estuvo demasiado grande se dedicó a estudiar inglés, electricidad y hasta computación, en los tiempos en que las clases de esa materia hablaban todavía de la programación de computadoras mediante la perforación de tarjetas de papel.
Había vivido en mil lugares. Dentro de la misma ciudad cambiaba de domicilio constantemente. Y no era maleante. Era más bien migrante. Andaba todo el tiempo como si alguien lo persiguiera. Como si estar mucho tiempo en un mismo lugar le causara erupciones en la piel. Difícilmente duraba en un empleo más de un año.
Dominaba los oficios más diversos, desde ordeñar vacas y tumbar monte en los potreros, hasta conducir un noticiero de radio, lo cual le indicaba que idiota, lo que se dice idiota, no era (aunque hay quienes conducen noticieros y sí lo son). La hacía también de pintor de brocha gorda, albañil, electricista, tendero y pulidor de pisos, oficios que le aseguraban que siempre tendría un empleo por más que las recurrentes crisis económicas se abatieran sobre la región sur de Veracruz. Escribía cuentos, pintaba acuarelas y hacía poemas que habrían hecho llorar a las hermosas chicas de las que se enamoraba, si él hubiera tenido el valor de leérselos. No fumaba, no bebía alcohol, no usaba drogas y su única relación sexual constante era con su mano derecha, con la que calmaba su frustradas ansias juveniles.
Lo único coherente en él era su incoherencia. ¿Cómo puede un periodista ordeñar vacas? Las vacas son indecentes, comen y comen y cuando quieren defecar hacen unas gigantescas plastas de mierda. Luego se duermen, poniendo encima de ellas precisamente la ubre. A la hora de ordeñar, hay que quitar con los dedos la mierda y luego enjugar la teta y las manos con la misma leche. No falta una que le pegue un coletazo al ordeñador en la cara, con la cola llena de mierda y orines. Esa tarea es para un ranchero iletrado, no para un periodista. Pero él estaba loco. No le importaba ir a la ordeña, con tal de tener siempre trabajo.
Germán era producto de un sistema socioeconómico orientado a mantener la pobreza. Nunca se quejaba de su situación (al contrario, decía sentirse orgulloso). Su lema era: "Si hay un puesto de trabajo disponible en la ciudad, es para mí" y cuando salía a buscar empleo solía decir: "Voy a encontrar trabajo". No había conocido un país distinto y desde que se había integrado a la fuerza de trabajo, las crisis económicas provocadas por la corrupción gubernamental sólo se ahondaban o atenuaban, pero nunca desaparecían.
Era inquieto e incansable a la hora de trabajar; pero siempre terminaba huyendo del sitio en que estaba, sintiendo en su espalda el cosquilleo de las miradas burlonas de sus compañeros o el estúpido remordimiento por tonterías hechas en el pasado y de las que solamente él se preocupaba.
Germán era tímido. "Tímido hasta la puta madre", como le dijo con crueldad quien en un tiempo fuera su mejor amigo. Siempre le parecía una buena idea irse de nuevo. A donde fuera, lejos o cerca, con tal de que nadie lo conociera.
Su timidez lo alejaba de las mujeres. Aunque se miraba al espejo y trataba de decirse a sí mismo que era atractivo, se tiraba a loco. La parte negativa de su pensamiento arrastraba su moral hacia abajo. Y no es que no se atreviera a hablarles a las chamacas. No, lo que no se atrevía era a abordar con ellas el asunto del sexo. "Y si le digo que vamos al cine... Pero ella va a pensar que seguramente yo quiero... Me va a mandar por un tubo... O a lo mejor sí acepta salir conmigo pero a la mera hora no quiere que la toque o que la bese... Y luego se va a burlar de mí delante de todos... Mejor no le digo nada?. Eran pensamientos pesimistas, que se le presentaban con una sensación de ahogo, a la altura del esternón.
Mientras, se iba haciendo "viejo", conforme al cronograma que había aprendido de sus compañeros de escuela. Cumplió los 14, los 15, los 16, los 17, los 18 y nada. ¡18 años y nada! A esas alturas, sus amigos se la pasaban presumiendo de sus conquistas y de su experiencia en las artes amatorias y llamando por su nombre cosas que Germán solamente se masturbaba imaginando.
Un día reconoció que la timidez era un problema para él y decidió luchar para librarse de ella. Obviamente, su propia timidez le impedía buscar ayuda, por lo que a escondidas compró un libro y alcanzó a leer unas cuantas líneas antes de tirarlo, ante el temor de que alguien se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Quizá el autor del libelo sabía de antemano lo que ocurriría, ya que lo único que el infeliz captó realmente fueron las palabras "maximización y minimización", que definían su tendencia a darles poca importancia a sus éxitos y a exagerar sus errores o fracasos. De cualquier manera, eso era suficiente para empezar una lucha contra su propia naturaleza, que le daría otro rumbo a su vida.
A pesar de que tenía una amistad de años con Roberto Cruz, el compañero de escuela que le diagnosticó su timidez, tuvo que sostenerse de una pared para no desmayarse cuando le soltó de golpe la oración que se había aprendido de memoria para no quedarse a medio camin
--Nunca he hecho el acto sexual con una mujer.
--¿Qué dices buey? --le dijo el otro, que antes le había platicado miles de aventuras, iniciadas supuestamente desde que tenía 13 años, cuando la mujer de un agente de ventas lo había convertido en su amante.
--Lo que oíste. Pero no le vayas a decir a nadie.
--Déjalo de mi cuenta. Yo lo arreglo.
Ese mismo fin de semana, Roberto lo llevó a rastras con una mujer de 40 y tantos años, en una tétrica cuartería.
--Tú tranquilo. Hazle todo lo que quieras, pero no olvides que esas viejas son cochinas.
La orientación previa no fue suficiente. Germán sufrió para tener sexo con una mujer que a su vez hizo un esfuerzo por cumplir con su trabajo de manera decorosa, con un cliente tan grandote y tan pendejo. Al menos eso pensaba él.
Tampoco había besado a una chica, pero una vez derribado el primer tabú, la oportunidad le llegó sola. Roselia, una chiquilla que estaba por cumplir 15 años, virtualmente lo secuestró un día en que le pidió que la llevara a su casa en la bicicleta.
--No entro si no me das un beso --le dijo, como si se tratara de un asunto tan simple.
Él buscó todos los argumentos para evadir, aterrado, la petición. Pero ella simplemente, no caminó. Entonces saboreó sus pequeños labios, menos virginales e inexpertos que los de él. La abrazó y sus manos flacas recorrieron todos sus rincones, pequeños y firmes, sintiéndose terriblemente culpable, pero ávido de derribar las barreras de su propia mente, ingresar al mundo de los que "ya".
A partir de entonces, Germán se dedicó a mirar hacia su interior con menos rigor. Observó que aprendía con gran rapidez sobre cualquier cosa, pero siempre había algo que lo incomodaba y lo hacía huir. Cuando empezó a ganar algún dinero con lo que escribía, optó por desistir de la escuela y dedicarse de lleno al periodismo, un trabajo que le redituaba mejores (aunque malos) ingresos sin maltratarle tanto el físico. Ayudó a salir adelante a sus hermanos que todavía estaban en la casa. Poco a poco fue superando la parte más aguda de su timidez, lo que le fue dando un poco de estabilidad a su vida, aunque al final de cada una de sus etapas siempre había un cambio de locación.
Con la escasa experiencia que había adquirido con Roselia, se atrevió por fin a hacer su primera conquista. Silvia fue su novia durante tres meses, dos de los cuales ella se pasó hablando de su intenso deseo de casarse. Eso no era precisamente lo que Germán quería, así que, con la práctica que tenía, una vez más huyó. En el pórtico donde siempre se sentaban, la besó con locura, secó unas lágrimas que estaba seguro de no merecer, la abrazó con fuerza? pero subió a su bicicleta y se fue. Ni siquiera hizo el intento de detenerse cuando ella no pudo contener sus sollozos y entró rápidamente, azotando la puerta.
Por primera vez supo lo que era enamorarse de alguien y después quedarse solo. Por las tardes, a la hora en que solía estar con ella, miraba acabarse la luz y sentía como si el sol no fuera a volver a salir. Deseaba regresar a buscarla; pero aunque había avanzado un poco en su lucha personal, era tan tímido que no se atrevía a enfrentar un posible desprecio.
Descansaba uno de esos días en el parque cuando se le acercó el párroco de la iglesia principal de la ciudad, que estaba precisamente enfrente, como en cualquier ciudad mexicana. Le contó una larga historia, de que habían robado en el templo, que tenía un poco de miedo, que necesitaba alguien que lo acompañara por las noches y le ayudara durante las misas.
--Perdóneme, padre, pero yo para monaguillo no sirvo --dijo sinceramente.
Pero el cura insistió:
--Si te hablo es porque me inspiras confianza.
¿Cómo podía confiar en él, que usaba el cabello ondulado, sobre el cuello de la camisa; playeras a rayas transversales y pantalones "Ley" entubados? Bueno, ese era asunto del cura.
Sin embargo, pese a los reparos de Germán, por la noche conversaban los dos en el curato. Durante los días que siguieron, anduvo por las colonias, muerto de la vergüenza, acercándole al cura las ostias y el vino durante las misas y pasando la canasta de las limosnas. Aceptaba apenado las comidas que el sacerdote le invitaba y no se atrevía a mirar de frente a los feligreses, sintiéndose una especie de parásito y el peor ejemplo a seguir.
"Yo, que nunca iba a misa, convertido ahora en acólito", se recriminaba.
Acostumbrado a exagerar sus remordimientos, se sentía pecador al recordar los momentos que había disfrutado con Silvia, en quien pensaba todo el tiempo. Creía que si iba a andar de monaguillo, debía limpiar su alma, por lo que decidió confesarse con el cura, en uno de esos ratos en que estaban solos.
--Antes de venir aquí tuve una novia, padre.
--Eso no es pecado.
--Es que hicimos... hicimos cosas.
--Cosas como qué.
--Besos, caricias (le temblaban las piernas y le sudaban las manos).
--¿Le metiste el miembro?
--No, padre.
--Entonces no es pecado.
Germán terminó por aceptar la invitación del sacerdote de mudarse a vivir al curato. Sus tareas eran muy simples: Se levantaba al amanecer para ir a abrir la puerta de la iglesia y repicar la campana para llamar a la gente a misa.
Así fue como un día encontró que unos individuos habían entrado nuevamente a la sacristía y habían intentado sin éxito romper una de las alcancías. Uno de los frustrados ladrones se había herido la mano con el forro de metal y había dejado un hilo de sangre por todo el salón. Al salir a la calle, la huella delatora se convertía en gotas cada vez más pequeñas, hasta que no hubo más, no porque el tipo se hubiera muerto, porque no estaba su cadáver, sino porque seguramente se le acabó la sangre que tenía para tirar.
"Dios lo castigó", pensaba Germán, mientras seguía de regreso las huellas, para ir a darle la noticia al padre. Después de todo, no habían logrado consumar el hurto, y aunque se presentó la denuncia, nunca se investigó nada, al igual que en los casos anteriores.
En el curato había dos camas individuales, con sábanas tan blancas que lastimaban la vista, iluminadas por dos largas lámparas de neón. Germán dormía en una y el cura, que decía tener 58 años, en la otra. Una de esas noches, cuando se estaba ya acostumbrando a su nueva y fácil vida, despertó súbitamente. El cura estaba arrodillado junto a la cama. No estaba rezando, sino acariciándole los testículos y el pene, erecto ya por el engaño. Germán abrió los ojos desmesuradamente, sin poder pronunciar palabra. El viejo sacerdote retiró su mano y acomodó la sábana, también en silencio, como si sólo se tratara de una travesura. Quizá ambos sintieron la misma dosis de vergüenza, pero Germán sintió dentro de sí también la rabia. Se levantó, se vistió rápidamente y saltó hacia la neblina de la madrugada, sintiendo a Dios alejarse de él justamente cuando empezaba a acercarse.
Terminó de hacerse hombre. Esto quiere decir que se acostumbró a valerse siempre por sí mismo y a aguantarse el hambre antes que extender la mano para pedir ayuda. Por el trabajo de oficina, los callos poco a poco fueron desapareciendo de sus manos y sus músculos se hicieron suaves y alargados, pero en su interior conservó inalterada su raíz campirana, aunque él no lo sabía, como ocurre con la mayoría de los mexicanos.
Fiel a su estereotipo, luchó contra su timidez para acumular una lista de novias suficientes como para dejar de considerarse a sí mismo inferior en las reuniones de amigos en las cantinas, a las que también empezó a acudir para sentirse integrado a la sociedad. Cuando por fin lograba ir a la cama con alguna muchacha, se justificaba diciendo que quería tener algo qué contarles a sus nietos, como si a los nietos se les pudieran contar esos detalles.
Había aprendido que a los veintitantos años se deben tener por lo menos una decena de mujeres en el haber y andar con dos al mismo tiempo. Sin embargo, Germán en realidad se pasaba largas temporadas sin novia. Eran tiempos en los que no se le arrimaban ni las moscas; aunque ciertamente era preferible estar solo que con un puñado de moscas. El recuerdo de sus ex novias le servía para no quedarse fuera de la conversación cuando se hablaba de piernas, bustos, posiciones sexuales o cualquier otro tema que surgiera entre los "expertos".
Pasaba cortas y candentes temporadas con una o dos novias y largos periodos de soledad, en los que la única que se apiadaba de su insaciable deseo era su mano derecha, con la que había establecido incluso sus propios récords, como terminar en un tiempo muy breve (si la situación lo ameritaba) o tener hasta tres intercursos en el lapso de una hora, lo que, dicho sea de paso, lo dejaba agotado. La relación entre su imaginación, sus genitales y su mano llegó a ser tan estrecha, como lo sería en una pareja adicta al sexo. Después de todo, no hacía más que practicar el sexo más seguro de todos.
En el aspecto profesional, con su incursión en la radio se convirtió en una especie de provinciano exitos con aplausos pero sin dinero. Aprendió a cultivar la amistad, lo mismo con individuos sencillos que con la gente del poder. Sus amigos le decían que estaba pobre por pendejo. Él les decía que era por honesto. Pero de todas maneras estaba pobre. Vivía en una de esas situaciones en las que la persona se pregunta qué caso tiene estarse muriendo de hambre por mantener los principios, y generalmente claudica ante las tentaciones de obtener dinero que mitigue un hambre que en realidad no existe. Pero Germán prefería mantenerse pobre y andar de un empleo a otro, antes que dejar de lado las cosas en las que creía.
Durante mucho tiempo, luchó por superar su tendencia a huir. Pero aún no terminaba. Se casó, y a los fracasos sentimentales, agregó el peor, la ruptura matrimonial, cuyo saldo fue el de dos hijos abandonados por él mismo. Dos hijos a los que dio todo su amor y de los que un día se despidió con el alma despedazada, sin atreverse a darles la cara y sintiéndose el más despreciable de los seres humanos.
Acostumbrado a huir, su deseo de alejarse fue más grande que nunca, pero aún así trató de aferrarse a su tierra. Se entregó a su trabajo. Soportó el linchamiento social, real o imaginario, por haber arruinado la felicidad de sus hijos. Sus pies y su mente le ordenaban irse muy lejos; pero él estaba decidido a quedarse y reconstruir su vida.
Capítulo dos
Eloísa
Germán había ganado la mayoría de las batallas en su guerra contra la timidez. Ya se atrevía a bailar, aunque tenía el cuerpo tan rígido como un robot. No se cruzaba al otro lado de la calle cuando veía venir a un conocido para no saludarlo. No temblaba al hablar por teléfono ni al hacer una entrevista, aunque seguía sudando frío cada vez que le abrían el micrófono para entrar al aire en el noticiero.
Fue entonces cuando conoció a Eloísa. Era morena, de estatura mediana y cabello negro y semiondulado. Tenía ojos grandes, larguísimas pestañas y unos espectaculares senos. Usaba faldas cortas que permitían ver sus gruesas y torneadas piernas. Su mirada mostraba cierto aire de melancolía, pero a la vez proyectaba una temible firmeza de carácter.
Cuando la tuvo lo suficientemente cerca para percibir el aroma de su cuerpo sintió algo distinto a lo que había experimentado ante cualquier otra mujer. Sin embargo, dudaba seriamente si debía o no involucrarse en su vida. No sabía si era su inseparable timidez, respeto por sus 18 años o simplemente estaba actuando en él la química. Sólo estaba seguro de que era una sensación diferente, como una aceleración en los latidos del corazón. Ella lo miraba con sus grandes ojos como si lo amara; pero él, a pesar de su éxito profesional, tenía la autoestima tan estropeada que no se creía capaz de inspirar un sentimiento así, y menos en tan corto tiempo.
Si ella estaba de pie junto a él, disimuladamente le deslizaba la vista encima, imaginando cada parte de su cuerpo; pero no se atrevía a expresarle sus sentimientos. Al principio no supo siquiera si lo que sentía era admiración, deseo o curiosidad. En realidad ignoraba todo sobre ella. Cuando caminaban juntos sobre el quemante pavimento del verano, la miraba de reojo y se preguntaba si debía dar el siguiente paso, intentar hacerla suya. Para agregarla a su lista de conquistas, solamente lo detenía una cosa: la edad. Él había pasado de los 33 y ella tenía 18. La intransigencia de las matemáticas le indicaba que le llevaba 15 años de ventaja (o de desventaja, según se le quisiera ver). ¡No!, le gritaba su conciencia. Agua que no has de beber, déjala correr. Pero él estaba en una etapa de su vida en la que no podía tener una mujer como ella al alcance sin empezar a pensar en la sensación de la piel de sus mejillas, en el aroma de su nuca, en el sabor de sus besos, por mencionar solamente el inicio de aquello que le hacía latir más fuerte el corazón y le nublaba el pensamiento por la emoción.
Casi sin darse cuenta fue tendiendo una red en torno a ella, una red tan fina e indetectable que no se dio cuenta que él también podía quedar atrapado. No faltó el momento en que estuvieron los dos solos, al atardecer, entre las grandes rocas rompeolas. Se acercó como un felino hambriento a su presa indefensa, sólo para llevarse una sorpresa. Debajo de su aire discreto habitaba la mujer de fuego, incontenible, voraz, sedienta de amor. Él la gozó, sin desperdiciar un centímetro de dicha. Luego se quedaron quietos, mientras la noche se desparramaba tranquilamente sobre ellos. Germán había vivido el momento y se preparaba para guardarla en sus más bonitos recuerdos.
--Fue muy lindo --le dijo.
--Me hubiera gustado más si hubiéramos estado casados.
--¿Casados? --se sorprendió él--. Para casarse hay que estar enamorados.
Ella bajó la mirada y gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, mientras su rostro enrojecía.
--¿Es que no te das cuenta que te amo? Te amo desde el primer momento en que te vi.
La abrazó fuerte y por primera vez empezó a visualizar su vida unida a la de ella.
El romance creció tan rápido como había germinado. Ambos se treparon a las nubes y caminaron sobre ellas. No les importó nada. Vivieron cada momento como si estuvieran sentenciados a muerte. Cuando estaban juntos, eran sus cuerpos los que no se querían separar. Si no estaban haciendo el amor dialogaban constantemente y lo único que se decían era su amor. Cualquier lugar en el que pudieron estar solos supo de lo que eran capaces. Era un amor loco, imprudente; una combinación insensata de la juventud de ella con el deseo de vivir de él.
Al poco tiempo estaban viviendo juntos. No se casaron. No importaba. El cuarto de alquiler a donde se fueron a vivir era grande para sus escasas pertenencias y pequeño para sus locuras. Todo les parecía bueno. Todo les divertía. Cocinaban en un anafre en el patio. Dormían en el suelo. Andaban siempre abrazados y besándose, sin pensar jamás si a alguien le podría incomodar o parecer ridículos. Durante el tiempo en que estaban trabajando, se dedicaban a imaginar lo que harían cuando estuvieran juntos otra vez y no había cosa que no intentaran. El tiempo, de pronto, se compactaba en el presente y no temían a nada, ni siquiera a la muerte.
Pero el tren de la felicidad en el que viajaban tenía problemas mecánicos. Como en la adolescencia, él imaginaba múltiples, grandes y siniestros ojos mirándolos todo el tiempo, juzgando su amor, condenándolo por haber dejado a sus hijos. Y Germán pensaba que quizá no estuviera mal huir. ¿Qué más daba? Sólo una sola vez más.
Sin pensarlo mucho, una mañana le dijo a Eloísa:
--Vámonos de aquí.
Ella le respondió al instante, como si hubiera estado esperando la propuesta:
--¡Sale! ¡Vámonos!
--¿No importa a dónde? --dijo él, sorprendido.
Ella se le colgó del cuello y le dijo
--Yo te sigo hasta el fin del mundo.
--Quiero que nos vayamos a un lugar donde nadie nos conozca, donde nos deshagamos de esta rutina que ya me tiene cansado. Un lugar en el que estemos solamente tú y yo, en contacto con la naturaleza.
Él sabía perfectamente de lo que hablaba y le empezó a describir un mundo fantástico. Había pasado una parte de su vida en el campo y amaba la quietud de la montaña y la convivencia con los animales y las plantas. Ella desconocía la vida rural, pero su imaginación le dibujó un paraís Árboles gigantescos, rocas, aguas cristalinas y los frutos generosos de la tierra que en las películas rosas surgen como por encanto, sin que nadie tenga que sobarse el lomo cultivándolos. Pero, sobre todo, tendría totalmente para ella a su hombre, aunque se llamara Germán Molina. Pensó que podrían andar desnudos bajo el sol, para no dejar de amarse ni un minuto. La perspectiva de cambiar radicalmente sus vidas y unir sus locuras, les produjo una sensación de excitación.
El plan era muy sencillo.
--Nos subimos a un autobús y él que nos lleve. Quiero por una vez en la vida ser irresponsable. Llevo años esclavizado por hacer las cosas correctamente. Quiero que hagamos algo realmente loco. Quiero ver la cara que ponen mis jefes cuando les presente mi renuncia con carácter de "i-rre-vo-ca-ble".
Empezaron a hacer planes y a trazar rutas. Sólo que había un pequeño problema: El dinero. Tenían unas cuantas cosas qué vender y lo que en el momento ganaban no les permitiría llegar muy lejos. La perspectiva de andar mendigando comida en lugares desconocidos no le agradó a Germán; pero no se atrevió a decírselo a Eloísa.
Aunque tenía sus escrúpulos, decidió ir a ver a Gabriel Terán, el líder del sindicato de albañiles, un "obrero" que estaba entre los hombres más ricos de la ciudad. El hombre siempre le había ofrecido su ayuda ?incondicional" y Germán siempre la había rechazado por parecerle grotesca su escandalosa riqueza, que contrastaba con la miseria y desprotección de los trabajadores, cuyos contratos colectivos detentaba y negociaba a placer con los patrones. Pero su deseo de irse lo impulsó a hacer una excepción. Conversó durante horas con el viejo. Para obtener la "ayuda", le ocultó sus planes de irse, con el fin de que creyera que lograría algún beneficio. Con aire dadivoso, el viejo sacó su chequera y llenó un cheque. Cuando Germán lo vió le brillaron los ojos, pero se lo devolvió. Realmente era mucho dinero. Él solamente quería lo suficiente para el pasaje y para sobrevivir un par de semanas mientras se acomodaban en otro lado.
--No seas estúpido --le dijo el viejo, riéndose a carcajadas--. Tú no tienes idea de lo que yo recojo cada semana de las cuotas sindicales. Tómalo y vete, que tengo mucho qué hacer.
Los sentimientos de Germán se revolvieron, como si hubiera tomado una poción de miel con hiel. Tenía dinero suficiente para comprar un ranchito en la montaña, pero a la vez había recibido una de las peores humillaciones de su vida. En unos minutos, el concepto que se había forjado de sí mismo se había desintegrado. Con el cheque en el bolsillo salió del lugar, sintiendo que reptaba.
Eloísa no le preguntó cómo había conseguido el dinero. Sintieron un poco de tristeza cuando pensaron en que tendrían que despedirse de sus familias y amigos y de la región en la que ella había nacido y él había pasado la mayor parte de su vida. Él dejaría de ver a sus hijos, aunque sufría del mismo modo viéndolos solamente a ratos. Pero habían concebido un sueño e iban tras él.
Germán sintió que estaba dentro de una pesadilla cuando al llegar a la oficina le pasaron el teléfono y con trabajos fue entendiendo lo que Eloísa le decía.
--¿Quéeeee? --exclamó indignado.
Eloísa sollozaba del otro lado de la línea:
--Escúchame. No quiero que te enojes conmigo. Sé que habíamos acordado otra cosa; pero tuve que hacerlo. Tienes que olvidarme. Lo nuestro no podía seguir...
--¿Qué dices? ¿Dónde estás?
Ella se quedó callada. Germán pudo escuchar un momento sus sollozos y luego la línea enmudeció, como si hubiera estado conectada al mundo de los muertos. Fue como haber caído a un abismo. Colocó el auricular en su sitio y salió lentamente, como transportado a otra dimensión. Conforme avanzaba por las calles, que le parecían más vacías que nunca, empezó a sudar bajo la ropa y sintió que se le engarrotaba la nuca. Creyó que podía morir en plena calle; pero siguió caminando, con la mirada pegada al piso. Sus ojos se llenaron de lágrimas al grado de que casi no podía ver por dónde iba, hasta que sus pies se empezaron a hundir en la arena de la playa. Se miraba a sí mismo, veía sus manos, como tratando de asimilar que efectivamente era él, que estaba solo, enamorado y abandonado. No podía razonar, solamente sentir ese sabor a pérdida que le bajaba por la garganta y se le alojaba en el estómago y le engrosaba las costillas y le dificultaba la respiración.
Mantuvo la razón lo suficiente para caminar por la playa hasta un lugar solitario, donde se tiró en la arena y empezó a revolcarse y a lanzar chillidos, como solamente había escuchado en los animales a punto de morir. Sabía que lo estaba haciendo y en su embriaguez de dolor creía que eso le podría servir para algo. Si nada podía hacer por Eloísa, ni siquiera saber si ella solamente había jugado con él, lo único que le quedaba por hacer era enterrarse a sí mismo, para no poder caer más bajo.
Las personas que pasaban por el lugar lo miraban con lástima o desprecio, quizá pensando que se trataba de un alcohólico en pleno delirius tremens. Estaba sentado, con la cara, los brazos y la ropa llenos de arena. Oía el rumor de sus conversaciones, indiferentes y tranquilas, como si hablaran en un idioma distinto al suyo. Pero él no estaba ebrio. Al contrario, en cuanto pudo pensar decidió que no bebería ni un trago hasta que superara la depresión, porque sentía el morboso deseo de morirse y sabía que estando ebrio se mataría. "Si un día decido hacerlo, lo haré conscientemente", pensó.
Al anochecer, sintió hambre y se levantó para regresar. Dedujo que era peligroso quedarse ahí, debido a que las pandillas solían reunirse en la playa para organizar sus juergas. No tenía ganas de vivir, pero tampoco sentía el menor interés por ir en busca de la muerte o esperar que una punta de imbéciles lo mataran sólo por tener algo qué hacer.
De regreso, iba encorvado, como un viejo, y sentía el corazón tan vacío que dudaba siquiera que su sangre estuviera circulando. Fue al cuarto en el que tantas veces había estado con Eloísa y lo sintió enorme y frío. Lo había llenado tanto de ella, que sintió miedo, como si un fantasma estuviera en la casa y lo fuera a tocar por la espalda en cualquier momento. Se desnudó y se miró a sí mismo con lástima. Luego se masturbó con furia, como si de esa manera la fuera a olvidar o hacerle sentir su pasión y su dolor hasta allá, donde ella estuviera. Acarició con ternura la ropa interior que ella había dejado. Encendió el radio y lo apagó a la cuarta canción, al darse cuenta que todos los temas le hablaban de ella, lo acusaban o se burlaban de su pesar. Vio el dinero y supo que sin Eloísa tampoco tenía el menor interés de emigrar a ninguna parte. No supo cómo se durmió; pero su noche estuvo repleta de pesadillas, en las que él trataba de hacer algo que nunca lograba.
Al despertar, estuvo más consciente que nunca de su realidad. Profundamente deprimido, empezó a analizar lo que estaba pasando. Sintió un fuerte temor por ella. Quizá había sido raptada por alguien o la hubieran hasta matado. También supo de su carácter de acero y no descartó la posibilidad de que hubiera decidido voluntariamente terminar con todo. Él sabía que ella era capaz de dejarlo y de olvidarlo, aunque para lograrlo tuviera que morirse. Eso lo lastimaba, porque estaba seguro de que ella lo amaba.
Ése fue el primero de muchos días en los que tendría una rutina inalterable: Visitaba el teléfono en el que había recibido su última llamada, esperando tener algún recado o una nueva llamada. Se iba a trabajar como un sonámbulo, se metía a la iglesia a rezar cada vez que pasaba. Comía una vez al día y poco a poco iba quedando en los puros huesos, tal como había sido durante su adolescencia. Durante los fines de semana revivía un poco al salir a pasear con sus hijos y ocasionalmente ver a sus papás. Pero el regreso a la semana de trabajo lo devolvía instantáneamente a su perenne depresión. Mirar o convivir con otras mujeres solamente le servía para recordar a Eloísa y no sentía el menor interés por tocarlas.
Enloquecido por su romance no se había preocupado por saber mucho de ella, lo que le habría dado pistas de dónde buscarla. Dependía de que ella le llamara, y conforme pasaba el tiempo sentía que la iba perdiendo, porque sabía que era muy hermosa y no faltaría quien estuviera dispuesto a reemplazarlo, aun cuando estaba seguro que ella lo seguiría amando. El amor lo había hecho romper su regla de oro, que era huir cada vez que perdía el control de alguna situación. En el fondo deseaba irse y a veces se imaginaba viajando, más allá de las fronteras del país, saboreando la libertad. Quizá en la distancia hasta pudiera dejar de amarla y empezar de nuevo y conocer a otra mujer, distinta a ella. Pero no se iba, ni cambiaba su rutina, porque simplemente era su corazón el que mandaba.
Había pasado un año de haber recibido aquella llamada, cuando regresó nuevamente a la playa, a recordar el día más triste de su vida. Sintió nuevamente el aguijón del dolor y la nostalgia de cuando ella estaba todavía tan cerca en el tiempo. Sacó su libreta y escribió:
"Hola, mi amor (había borrado esa expresión de su vocabulario desde el día que ella se había ido): Desde el fondo de mi tristeza te escribo esta carta, que sé que nunca leerás. Te escribo para decirte que te amo y que no hay nada en este mundo que me pueda hacer olvidarte. Me duele mucho pensar que simplemente te fuiste porque decidiste que era lo mejor para los dos. Podrías haberme dado la oportunidad de despedirme de ti, de ver por última vez tus ojos grandes y misteriosos. Me hubiera gustado aspirar tu aroma, para guardarlo dentro de mí; abrazarte fuerte para recordarte en el dolor de mis músculos. Pero simplemente te fuiste y ahora creo que me borraste de tu vida. Tú tienes carácter para ello, yo no. Ya no me voy a levantar. No quiero. No puedo. Si hubiéramos terminado, si hubiéramos matado nuestro amor, yo tendría una razón para empezar de nuevo; pero te fuiste amándome y me dejaste amándote. Quisiera poder saber qué me diste para enamorarme de esa manera, porque yo no encuentro ninguna forma de seguir si tú no estás conmigo...".
Dejó de escribir cuando las lágrimas anegaban sus ojos y le impidieron ver. Las gotas caían sobre su camisa, que usaba también para limpiarse la nariz. Quería llorar mucho, porque sentía que eso le traería algún alivio. Cuando pudo ver nuevamente, leyó su carta en silencio y más lágrimas fluyeron, como si nunca se le fueran a terminar. Entonces tomó el papel y empezó a caminar hacia el mar, con él en el puño, sin quitarse la ropa. El viento de la tarde producía unas olas enormes y cálidas. Caminó resuelto contra ellas, sin ningún interés de mover los brazos. Vio la superficie del agua a la altura de sus ojos y después solamente esa tonalidad color café claro que se percibe al mirar bajo el agua. Vio la carta desprenderse de su mano como si Eloísa fuera a estar en una playa lejana, lista para recibirla, con un mensaje de amor resistente al agua salada.
Vio a la muerte llamarlo para darle su consuelo; pero no se atrevió a ir a su encuentro. No se atrevió. Comenzó a nadar desesperado de regreso; pero su cuerpo no le respondía, sus movimientos carecían de coordinación y cuando trataba de pararse sobre la arena, se daba cuenta de que su estatura no cubría la distancia entre el lecho marino y el aire que necesitaba para seguir viviendo. La corriente lo estaba arrastrando y sus pulmones se estaban llenando de agua. Su resistencia terminó pronto y se entregó mansamente en los brazos del océano, como un feto que nada en el líquido amniótico para nacer.
Cuando abrió los ojos estaba tirado en la arena, vomitando, y rodeado de desconocidos. Lo subieron a una camilla y en ella a una ambulancia. Se dejó consentir. Después de todo había decidido no morirse y Dios lo había escuchado y seguramente le había mandado a alguien a librarlo de la muerte. Germán quería contar su historia, pero nadie se la preguntó.
A partir de ese incidente se empezó a sentir distinto. Seguía amando a Eloísa igual que siempre; pero si ella no iba a regresar, si no la podía buscar, si no se podía morir, tenía que empezar otra vez. Pero lejos, aunque ello significara perderla para siempre. Muy lejos, en la tierra del Tío Sam, a donde siempre había querido ir, porque uno de sus traumas era nunca haber cruzado la frontera. Era un trauma raro, pero real. Le había provocado incluso pesadillas a lo largo de su vida, sobre todo por tratarse de esa frontera, creada para dividir dos mundos tan pegados y tan distintos. Viajar era parte de su naturaleza; pero entrar a los Estados Unidos no era lo mismo que cambiar de un estado a otro dentro del país. Si viajar era para él una terapia, cruzar esa frontera tan hermética sería un remedio excelente. Deseaba también conocer cómo vivía realmente la gente de aquel país y aprender un idioma distinto al español.
Pensar en emigrar nuevamente le mejoró un poco el ánimo. Los días que siguieron se comunicó con su hermana Teresa, que hacía años vivía en el país del norte, para tener una idea de lo que tenía que hacer y a despedirse de sus hijos, de sus amigos y del resto de su familia. No tardó en descartar la posibilidad de cruzar legalmente, porque entre sus cualidades no se encontraban ni la paciencia ni la habilidad para convencer al personal de la embajada de que solamente iba de compras y de paseo. Además, llevaba tanto tiempo hundido en la depresión que cruzar la frontera ilegalmente era lo que menos le importaba.
Un amigo que trabajaba de ilegal en el otro lado aceptó prestarle dinero para pagar el coyote. No había problema. Incluso le envió para que se movilizara hasta la frontera.
Germán se reunió con sus amigos más cercanos en una cantina para despedirse. No intentaron retenerlo. Sólo le pidieron que un día regresara. Fue un día alegre. Bromearon. Hasta armaron un plan para que cuando regresara fuera presidente municipal. Entre sus cuates formó todo el gabinete. Él sabía que lo hacían solamente para hacerlo sentir bien. Pudo ver la tristeza y el aprecio sincero en ellos al despedirse. Quizá fue hasta entonces cuando se dio cuenta de que le quedaba algo valioso y que ahora también lo perdería: Su familia y sus amigos. Se sintió querido; pero a la vez decidido a irse de una vez por todas.
Recorrió los sitios en los que había andado con Eloísa. Esas calles descaradamente llenas de basura. Los parques, las rocas de la orilla del río donde solían pasar horas juntos y se olvidaban del tiempo y sus cuellos se volvían grasosos y salados por el viento del mar. Los sitios a los que iban a comer. La vieja iglesia, donde ella lo enseñó a orar y a donde él iba todos los días a pedirle a Jesús que se la devolviera, aunque hacía tiempo que había perdido la esperanza. Sintió que extrañaría el aire caliente que subía de las banquetas, los aparadores llenos de luces y falsas ofertas y la gente caminando apretujada; la modorra de los camiones y la eterna prisa de los taxis...
Dejó hasta el final la despedida de sus hijos. El estar separado de la madre lo mantenía viviendo sin ellos; pero ésta era la primera vez que los dejaría de ver por tiempo indefinido y que estaría tan lejos. Les dijo que se iba a ir a los Estados Unidos, que no sabía cuándo regresaría; pero que mientras tanto él les seguiría enviando dinero para que no les faltara lo necesario. Lloró por dentro, para no hacer la despedida más difícil. Hubiera querido llevárselos; pero supo que su lugar estaba al lado de su madre.
Con la mente preparada para un largo viaje y un azaroso cruce en la frontera, llegó con media hora de anticipación a la terminal. Su corrida salía a la medianoche. Tenía consigo una maleta pequeña. Le habían dicho que no llevara más que lo indispensable, que los ilegales no podían darse lujos. Tras mirar su boleto y el tablero que anunciaba las salidas, se sentó en una de las sillas de plástico y se colocó la maleta en las piernas. Trataba de concentrarse en los avisos del sonido local, cuando de pronto sintió un golpe en el pecho. Abrió desmesuradamente los ojos sin poder creer lo que veía. Pero ahí estaba, la sentía, era ella, arrastrando una gran mochila negra, que dejó tirada para salir corriendo a su encuentro. Él, congelado, sólo atinó a dar algunos pasos antes de chocar con ella y fundirse ambos en un abrazo. Al tiempo que repetían sin parar las únicas dos palabras que eran capaces de decir: "Te amo".
Los dos derramaron lágrimas, sin importarles las miradas de los demás, sin importarles la maleta de Eloísa, que se había quedado tirada a 20 metros de distancia, como un niño al que le sueltan la mano. Ella estaba ligeramente distinta, con el cabello un poco más corto, pero igualmente hermosa.
Tras un buen rato, Germán se acordó de su situación, de sus planes, del viaje. Volteó hacia el andén y vio el autobús que empezaba a alejarse en reversa. Poco a poco se empezó a perder en el cristal el letrero luminoso del pesado camión que decía: "MEXICO NORTE", primera escala del viaje hacia la frontera.
Comenzó nuevamente a besar a Eloísa. Se colgó de un hombro su maleta y tomó la de ella en la mano derecha. Con la mano libre, rodeó su cintura y se fueron caminando por el largo pasillo de la terminal de autobuses, ella pegada a su pecho, con el rostro bañado en lágrimas. Súbitamente había entrado un ?norte? y el viento mezclado con arena golpeaba sus rostros, sin que pareciera importarles en lo absoluto. Viajaron en taxi a un hotel del centro y ahí dejaron suelta la pasión contenida durante más de un año. Se miraban y se hablaban como si nunca hubieran dejado de verse; pero su hambre de amor era mayor que nunca. Después de hacer el amor, se quedaron abrazados. Fue él quien habló primer
--Hoy me has hecho el hombre más feliz de la tierra. Si no me quieres hablar de lo que pasó, no lo hagas. Sólo quiero que nunca me vuelvas a dejar.
--¿Tú por qué crees que me fui?
--No sé. He pensado tantas cosas, pero he decidido saber sólo lo que tú me quieras decir.
--¿Pero, qué has pensado?
--Un año pensando en lo mismo me ha hecho descartar casi todo, pero a la vez no descarto nada.
--¿Te acuerdas del cheque que conseguiste con el viejo Terán?
--¿Qué? ¡Maldito! ¡Qué te hizo!
--Me llamó a su casa. Me dijo que tú estabas allá y que íbamos a cenar.
--¡Desgraciado!
Ella le explicó:
--Cuando llegué allá, me dijo que el dinero no te lo había regalado. Que yo le gustaba y que yo se lo iba a pagar y que yo sabía muy bien cómo. Y entonces quiso tocarme. Tú ya me conoces. Me puse hecha una fiera y le dije hasta de lo que se iba a morir. El solamente se rió y me dijo que, o aceptaba o me quedaría viuda antes de casarme. Con la cara transformada en un animal me alcanzó a jalonear del vestido. Créeme que no sé cómo le di una patada en los huevos y salí corriendo de la casa. Mi suerte fue que no estaba ninguno de sus guaruras cerca. Te juro que mi deseo fue ir corriendo a buscarte, pero estaba segura de que el viejo maldito te mataría. Tomé un taxi y me fui a Chiapas con unos parientes. Desde allá te llamé, solamente para que supieras que yo estaba bien.
--Me hubieras dado la oportunidad. Nos hubiéramos ido juntos--
--Perdóname por lo que hice. Hice lo que creía correcto para protegerte. Prefería perderte que poner tu vida en peligro. En todo este año, nunca pensé en alguien más; pero yo creí que tú tenías derecho a seguir viviendo. Perdóname porque yo siempre supe dónde estabas, qué hacías; supe que no me olvidabas y lo que estabas sufriendo. Entonces empecé a creer que a lo mejor me había equivocado; pero temí que tú me rechazaras. Decidí aguantarme. Pero todos tenemos un límite en nuestras fuerzas y lo supe cuando me dijeron que te ibas. Si te dejaba ir no habría un mañana. Por eso regresé. Aunque tú quizá ya no me quieras como antes.
Él la abrazó aún con más fuerza.
--Mi amor por ti no se acabará jamás --dijo Germán.
La abrazó más fuerte, mirándola desde muy cerca a sus grandes ojos, aspirando el perfume de su cabello.
A su mente le costaba trabajo procesar lo que ella le acababa de decir. Siempre había tratado de mantener su corazón ajeno al odio, pero éste se empeñaba en entrar. Le hervía la sangre al imaginar al viejo tratando de abusar de ella. Sintió en el pecho un aguijón al pensar que en realidad hubiera pasado más de lo que ella le había dicho.
--Tenemos que irnos de aquí -- le dijo en voz baja, pero firme.
--Sí.
Apagó la luz y se pasó el resto de la noche sin poder dormir. La oscuridad de la noche llenó su alma de rencor, en la misma medida en que el amor había vuelto para ocupar su sitio. Cerca del amanecer, alcanzó a escuchar el rumor de la gente que caminaba a toda prisa por la banqueta y los carros que iniciaban la jornada. A lo lejos escuchó el canto desolado de un gallo. Luego se durmió.
Como a las 10 de la mañana abrió nuevamete los ojos. Eloísa seguía durmiendo. Él miró orgulloso su cuerpo desnudo. Era una diosa. Y era suya. Suya, desde la piel hasta el alma. La acarició suavemente de la parte que más le gustaba, de la cadera a las nalgas, firmes y tersas, disfrutando una caricia por tanto tiempo reprimida. Tomó una de las toallas del hotel y se metió en el baño a ducharse. Luego sacó su libreta de reportero, le arrancó una hoja y escribió en ella, en letras grandes: "Te amo". Y salió sigilosamente.
A esa hora de la mañana, la brisa rondaba los 30 grados centígrados, pero a él le parecía deliciosamente fresca. El aire olía a humedad, a café y a comida que se preparaba en las fondas cercanas. El frente frío que había llegado por la noche se había desplazado hacia el sur para desbaratarse en las montañas y convertirse en llovizna.
Germán se fue en taxi a la terminal de autobuses a comprar dos boletos hacia la Central del Norte de la ciudad de México. Luego salió, tomó otro taxi y ordenó al chofer:
--A la Avenida Cuatro, número 236.
--Cómo no, señor.
Era la casa de Terán. Por un momento su mente le hizo un llamado a la prudencia, pero su corazón no sólo estaba lleno de odio sino de inseguridad. Estaba dispuesto a dejar de considerarse a sí mismo un cobarde y dejar lavada la afrenta del viejo antes de irse.
Junto a la puerta marcada con el número 236 tocó el timbre. Apareció tras la reja un hombre en sus cuarentas, con el uniforme beige, la escopeta, el spray, la macana y el radio, característicos de los guardias privados.
--¿Está don Gabriel? --preguntó Germán, sin necesidad de presentarse ya que en innumerables ocasiones lo había visitado para entrevistarlo.
--Un momento.
El guardia se perdió en el interior de la casa y al cabo de un buen rato regresó para decirle que pasara, con la advertencia de que fuera breve, que no tenía mucho tiempo. La casa del viejo era un derroche impresionante de espacio, lujo y, ¿por qué no decirlo?, de buen gusto.
Cada mueble, cada objeto, tenían una justificación. La madera de cedro tallada le daba un toque de unidad a todo y armonizaba con el piso de cantera, pulido como un espejo, que hacía ver el vestíbulo el doble de lo grande que era. Lo único que no combinaba en el lugar era el viejo, que era la más vulgar representación de un cacique sindical, elevado de un puesto de ayudante de oficial a millonario gracias a las cuotas descontadas a los trabajadores, casi siempre sin que ellos se enteraran de que pertenecían a su sindicato, y a sostenerse en el poder mediante elecciones simuladas sustentadas en el miedo.
Terán, bigotón y semicalvo, estaba sentado al otro lado de un enorme escritorio de cedro, cubierto con un grueso cristal. La pared estaba cubierta con piezas decorativas, reconocimientos, fotografías con gente poderosa; pero ni un solo documento que hablara de que hubiera estado en un aula escolar. Germán, de pie, tuvo que esperar un buen rato antes de que el viejo terminara de firmar papeles y se dignara levantar la mirada hacia él y empezara a hablar en el tono más sarcástico a su alcance:
--¿Ahora qué quieres? ¿No se suponía que te ibas hace un año?
A Germán le hirvió la sangre. La adrenalina le congestionó la garganta y le impidió hablar. Durante la mitad del primer segundo se cuestionó sobre qué diablos había ido a hacer ahí y en la siguiente se respondió que ya lo había hecho y que tenía que actuar como un hombre. Nunca en su vida se había enfrentado a golpes con nadie, también a consecuencia de su timidez. Pero ahora quería hacerlo, quería estrenar esa faceta violenta que suponía era inherente a todo hombre y lo hacía sentirse atrofiado, cobarde. La venganza era algo secundario. No tuvo que forzarse a nada, sus ojos se enrojecieron de furia, sus músculos se tensaron y las venas del cuello se proyectaron en relieve de tal manera que podrían haber servido para una clase de anatomía. El viejo dedujo que Germán sabía lo que hasta ese momento suponía que no sabía. Hizo un movimiento nervioso hacia abajo del escritorio, quizá para tocar un timbre para llamar al guardia o tomar un arma. Germán se sorprendió a sí mismo deslizándose sobre el cristal y cayendo sobre el viejo, sin saber ninguno de los dos qué hacer. Hasta ahí iba bien, pero ahora no sabía si apretarle el cuello o golpearlo. Se trataba de un pobre viejo decrépito, que temblaba y emitía un olor combinado entre perfume caro, mugre y humo de puro. Lejos de lo que suponía, se sintió miserable, tirado encima de un infeliz anciano. Pero ya estaba hecho. "De todas maneras me va a costar lo mismo", pensó.
Alzó la mano y le descargó un golpe con el puño cerrado en la cara.
--Creo que esto es mejor que llevarme el odio conmigo --masculló.
El viejo quedó inconsciente, como muerto; pero respiraba. Germán se sintió peor que nunca. "Hace tiempo que tenía ganas de partirle la madre a alguien
--Ni modos, le tocó a este imbécil--", pensó. Y, luego, él mismo se justificaba: "Se lo merecía. No solamente por lo de Eloísa, también porque es una rata asquerosa, que vive como rey quitándoles el dinero a los trabajadores".
Incapacitado de su conciencia, abrió el cajón de arriba del escritorio, y, como lo suponía, había varios fajos de billetes que el viejo siempre usaba para repartir entre periodistas, policías, liderzuelos, incondicionales y hasta trabajadores del mismo sindicato que llegaban a pedirle "ayuda".
Tomó uno de esos fajos de dinero y se lo echó a la bolsa. Ya se iba cuando movió la cabeza negativamente. --No puedo--, pensó con tal fuerza que él mismo se oyó. Sacó el dinero y se lo lanzó encima al viejo, que roncaba, como si estuviera durmiendo una siesta. Se acomodó la ropa y salió. Desde la puerta, habló en voz alta hacia el interior:
--¡Gracias! Sí, yo le digo.
Completamente ajeno a todo, el guardia estaba en la puerta de la enorme casa, a una distancia suficiente como para no haber escuchado nada. Cuando Germán alcanzó la calle entendió la magnitud de lo que había hecho. Supo que había derribado el tabú de golpear a un hombre en la cara, pero a la vez supo que seguía siendo un cobarde y un sentimental. Antes de irse, hizo algo para acallar un poco a su conciencia. Llamó al guardia:
--¡Oye! Dice tu patrón que le lleves un café.
En cuanto el guardia estuvo fuera del alcance de su vista, Germán corrió hacia la esquina, donde para su fortuna pasó de inmediato un taxi. Le ordenó llevarlo al hotel. Durante el trayecto, la desesperación le oprimía el pecho. Nunca como ese día había tenido tanta capacidad de detectar las patrullas policiacas y las sirenas de las ambulancias, dondequiera que estuvieran. Le parecía que todo mundo era espía, incluso el propio taxista. A los 10 minutos estaba en el cuarto de hotel, despertando a Eloísa.
--¡Nos vamos! Tengo el taxi esperando abajo.
Ella, adormilada, se sentó en la orilla de la cama. Tenía el cabello alborotado y los grandes ojos hinchados.
--¿Qué pasa? --dijo, mientras levantaba los codos, se ponía ambas manos en la nuca y dejaba escapar un enorme bostezo.
--En el camino te explico. Ahora vístete y vámonos.
Ella tardó todavía 20 minutos en arreglarse, que a Germán le parecieron una eternidad. Imaginaba que al salir habría una decena de patrullas en lugar del taxi. Pero no, seguía estando solamente el taxi con el chofer, mirando insistentemente el reloj. Después de lo ocurrido, los boletos de autobús ya no servían para nada.
--¿Cuánto nos cobras hasta Santiago?
--500 pesos.
--Entonces, llévanos hasta allá.
Mientras el taxista se desplazaba a toda velocidad por las avenidas de la ciudad, rumbo a la carretera, él empezó a narrar lo ocurrido. Temía decepcionarla e incluso que se asustara y lo mandara de una vez por todas a volar, pero ella tenía que saber que el viaje era sin regreso.
--Lamento lo que hice. Lo que menos quisiera es ponerte en peligro.
--Soy yo quien lamenta haberte contado lo que me quiso hacer el pinche viejo. Pero estuvo bien y qué bueno que no te pasó nada --respondió ella--. ¿Y ahora sí me puedes decir a dónde vamos? Tú sabes que yo te sigo; pero siquiera dime.
--A los Estados Unidos --le dijo él al oído.
--¿De mojados?
--Digamos que con visa de coyote. Todavía estás a tiempo de arrepentirte. Nos podemos ir a otro lado.
--Olvídalo. Allá quieres ir, allá voy contigo.
Tras la serie de sorpresas, Eloísa se fue calmando y se acurrucó en el pecho de él, dispuesta a dormir un poco más. Germán recostó su barbilla sobre la cabeza de ella. "No puedo creer que ya vamos hacia el norte. Dios mío te pido que me perdones por las tonterías que he hecho y te suplico que nos cuides y cuides a mis hijos ahora que voy a estar lejos de ellos".
El viento que entraba por la ventanilla les golpeaba la cara. Germán llenó sus ojos con la vegetación, en todos los tonos del verde. Por un momento lo asaltó el ligero temor de que su plan de fuga fallara y que los detuviera la policía al bajar del taxi para tomar el autobús; pero él mismo se consoló: "¿Qué pensaría si yo solamente fuera un periodista cubriendo la nota? Nada. Que todo se les pela. Será muy Terán la víctima; pero la policía no va a dar conmigo, aunque, eso sí, jamás voy a poder regresar".
Capítulo tres
Frontera caliente
Eran como las cinco de la tarde cuando el autobús, por fin, llegó a Agua Prieta, Sonora. Mientras los pasajeros se estiraban para bajar sus maletas y doblaban las colchas con las que se habían tapado en los últimos tres días y medio, un niño de unos 10 años se paró en la parte de enfrente del pasillo y empezó a hablar, con la soltura de un vendedor del mercado sobre ruedas.
--Bienvenidos señores. Les voy a suplicar que quienes estén interesados en cruzar la línea pasen conmigo para ponernos de acuerdo. Solamente estamos cobrando 800 dólares por persona y los pasamos por un lugar seguro. La garantía es que no cobramos hasta que estén del otro lado.
Asombrado, Germán sacudió ligeramente a Eloísa para despertarla y que viera lo que estaba pasando. Habían sido tres días y medio de viaje desde el verde y húmedo sureste hasta el árido y rocoso noroeste de México. tres días y medio de traer las nalgas entumidas y la espalda adolorida, hasta que terminaron por acostumbrarse. Tres días y medio de comer una vez al día, de no bañarse, de casi nunca cepillarse los dientes, de ver una y otra vez las mismas cuatro películas en el monitor y de colocar una sábana al final del pasillo del autobús para poder cambiarse de ropa interior.
Habrían sentido nostalgia de dejar el camión, de no ser por el penetrante olor a sudor y pies, que se fue acentuando conforme el viaje se alargaba. Tres días y medio de retenes militares y policiacos en busca de droga o de indocumentados centroamericanos; de mostrar dos o tres veces al día el acta de nacimiento y la credencial para demostrar que eran mexicanos y de abrir las maletas para revisiones en busca de droga. Eso sí, tres días y medio de mirar por la ventanilla las hermosas campiñas y ciudades mexicanas. Era un paisaje casi constante de campos verdes en los valles, a los pies de cordilleras rocosas y resecas, hasta que el panorama se cambió solamente por las laderas, calientes y desoladas.
El niño era solamente el más audaz. Al bajar del camión había un verdadero comité de recepción. Una valla de coyotes, hombres y mujeres, que asediaban a los recién llegados, como lo hacen las fonderas de los mercados? O como los buitres.
--¿Te ayudo con tus maletas??
--800...
--Yo te paso por un lugar seguro...
--¿Cuánto traes?... Nos arreglamos...
--¿Quieres un taxi?... ¿Te llevo a tu hotel?...
Hombres con acento norteño y ropa vaquera; mujeres con vestimentas y modales de prostitutas; personas comunes y corrientes y hasta parejas con aspecto de matrimonios bien.
Todos con un mismo objetivo, pero con distintas propuestas y con distintos propósitos. Era el canto de las sirenas que le habían advertido a Germán que no escuchara. El riesgo era ser envuelto, burlado, robado y hasta asesinado.
--Ya tenemos quien nos pase --decía tímidamente, sin ver a nadie a la cara, mientras Eloísa caminaba pegada a él, francamente asustada.
Pero no todos escapaban a los variados métodos de seducción y muchos eran subidos a supuestos taxis y camionetas, en los que eran alejados de inmediato del lugar, como si los coyotes tuvieran prisa por engullirlos o temieran que sus presas reaccionaran a la hipnosis, como dicen que hacen los verdaderos coyotes. "Si los miras a los ojos te hipnotizan y si tienes un rifle no les puedes disparar, ni tampoco les puedes lanzar una piedra, porque te quedas como desguanzado", pensaba Germán, incapaz de mantener la mente en blanco. Por eso decidió no mirarlos a los ojos.
Pensó en las tortuguitas que nacen en la arena y se dirigen al mar. Muchas no llegan, devoradas por las aves de rapiña. ¿México era la arena y Estados Unidos el mar? ¿La arena árida y el mar pródigo?
Sintió compasión por los que se ponían en manos de desconocidos, porque muchos quizá llegarían al otro lado; pero otros serían simplemente dejados en medio del desierto e incluso golpeados o asesinados para despojarlos de lo poco que trajeran, sin la menor compasión. Él ya estaba advertido de que en la frontera había dos tipos de mafias: Las que ganaban cantidades industriales de dinero pasando gente al otro lado y las que simplemente se dedicaban a robar. Y viéndolos a la cara no era posible distinguirlos.
Ante todos estos pensamientos y tan lejos de Veracruz, se sentía incómodo, como si fuera extranjero en su propia tierra. No había cruzado la frontera ni sabía si lo lograría; pero ya se sentía medio ilegal, medio pollo, medio mojado, porque todo el que llegaba a ese lugar con una mochila al hombro iba para el otro lado.
Se dirigió, con Eloísa tomada de la mano, a la ventanilla de la terminal y compró dos boletos a Naco, Sonora. El camión tardaría un par de horas en salir; pero francamente no se atrevieron a moverse de ahí.
El autobús salió ya de noche. Iba repleto. A la mitad del camino entre Agua Prieta y Naco, paró para una nueva revisión. Era el Ejército. Todos los pasajeros fueron bajados y formados en fila a la orilla del monte, mientras unos soldados revisaban las maletas arriba y otros las del compartimiento de equipaje.
--Van pa´l otro lado --dijo el militar que parecía estar a cargo del grupo, señalando hacia la negrura de la noche.
Varios rieron. Dos de las pasajeras le siguieron el juego al uniformado y se pudieron a platicar con él.
--Pa´qué le vamos a hacer al cuento. Todos sabemos que vamos para allá, pero aquí somos mexicanos y estamos en nuestro país.
Se dio la orden de abordar y el camión reanudó la marcha. Ya no se apagaron las luces y al fondo dominaba la conversación de las mismas mujeres, que platicaban como si fueran grandes amigas, sobre el mismo hombre, que había sido marido de las dos en distintas épocas. Era militar, según decían.
--Tú porque eres pendeja --decía la mayor--, porque yo a los primeros madrazos que me dio lo mandé a la chingada. Yo no sé qué vas a hacer a buscarlo todavía.
--No voy con él--alegaba la otra--. Voy con su familia, que son los que me van a pagar el viaje.
--De todas maneras vas a caer otra vez. Como que lo estoy viendo--
El autobús llegó al polvoriento pueblo de Naco. Lo primero que hizo Germán fue preguntar dónde se encontraba la línea fronteriza. De noche, solamente se divisaba un conjunto de luces, dispersas sobre un lomerío.
--Es Naco, Arizona --le dijo alguien, ilustrándolo--, la última sílaba de Arizona y la última de México.
--O sea que de los dos lados de la frontera se llama Naco.
--Sí, pero con muchas diferencias. Por algo la gente paga para pasar para allá.
--Gracias --dijo Germán, para dar por terminada la plática.
Eloísa permanecía tomada de su mano. Germán la miró, tratando de adivinar qué tan decidida estaba a seguir la aventura. Pero ella parecía únicamente cansada.
--¿Te he platicado mi sueño de la frontera?
--¿Sueño? No. ¿Qué sueño?
--Siempre he soñado que voy a Estados Unidos. Un sueño raro, que pienso que es producto de un deseo no satisfecho, como cuando de adolescente soñaba que hacía el amor con alguna compañera de la escuela y terminaba mojando la trusa.
Ella le pellizcó a la altura de las costillas, riendo.
--En mi sueño, que terminaba convirtiéndose en pesadilla, me veía de pronto en territorio de Estados Unidos, abandonado a la media noche en un pueblo en el que solamente alcanzaba a distinguir las luces del alumbrado público y los ladridos de los perros. No me atrevía a acercarme a ninguna casa porque estaba seguro que me enviarían a manos de la Migra y tampoco sabía hacia dónde dirigirme para alejarme de la frontera.
--Sí que era un sueño raro.
--Al no saber qué hacer, terminaba despertando. Esas luces de Naco, Arizona, me hacen recordar mi sueño como si lo estuviera viviendo, ahora sí.
En la vida real, con un poco de paciencia, hubiera podido obtener una visa; pero incluso en su sueño siempre pasaba de ilegal. Nunca se había visto llegando a una ciudad grande a la luz del día, siempre era un pueblo pequeño, con calles de tierra y casas de un solo piso, de esos que suponía no existían en Estados Unidos; pero los sueños son así, reñidos con la lógica.
Era el 27 de septiembre. La terminal de autobuses de Naco, Sonora, no tenía baño ni sala de espera ni banqueta, sólo un cubículo donde vendían los boletos y una máquina despachadora de fritangas.
--¿Por qué los pueblos mexicanos son más miserables cuanto más cerca están de la frontera con los Estados Unidos? ¿Será acaso un complejo de inferioridad o, simplemente, los gobiernos son todavía más corruptos que en el resto del país? --preguntó a Eloísa.
--Yo creo que lo segundo --dijo ella, mientras miraba a los pasajeros del autobús abordar diversos vehículos ?americanos?.
En una caseta pública marcó el número que le habían dado.
--¿Doña María? Soy Germán Molina. Ya le hablé antes. Estamos aquí, en Naco? Okey.
Al poco rato llegó p
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--Procuren no hacer mucho ruido. Si quieren bañarse pueden turnarse, ahí está el baño atrás. Las mujeres pueden cocinar, ahí hay queso, sardinas, tortillas, sodas.
Por las conversaciones, se dieron cuenta que la familia estaba formada solamente por tres personas: Doña María, una mujerona gorda y de estatura mediana, de unos 50 años de edad y quien llevaba un férreo control del negocio; su esposo, Roberto, aparentemente de la misma edad, quien se limitaba a hacer llamadas telefónicas y a platicar con los migrantes y hacerles toda clase de recomendaciones, y la hija de ambos, Nelly, una adolescente tan obesa y dominante como su madre, quien en lugar de ir a la preparatoria se había convertido en una experta traficante de humanos.
Las mujeres eran también las encargadas de negociar el costo del trabaj Entre mil 300 y mil 500 dólares por persona, según se dejara el cliente y el sitio de Estados Unidos al que fuera. Los contactos debían pagar el 50 por ciento cuando estuvieran en Phoenix y el resto al recibirlos en sus casas. Al menos ese era el trato. Dentro de Estados Unidos, los viajes podían ser por tierra o por aire, dependiendo de qué tan calientes estuvieran los aeropuertos. Pero siempre la decisión sería tomada por los coyotes.
Durante todo este proceso, el alojamiento y la alimentación corrían por cuenta de los coyotes, ya que generalmente los migrantes llegaban sin dinero.
--Yo lo hago por ayudar --reiteraba doña María, como si alguien le fuera a creer--. Los cholos son muy peligrosos. A cuántos los han matado o les roban todo lo que traen. Nosotros los cruzamos y no les cobramos hasta que estén del otro lado.
Durante la primera noche de Eloísa y Germán en Naco, los coyotes se dedicaron solamente a reunir gente. Los que fueron llegando tuvieron tiempo para conocerse un poco y hasta de hacer amistad. Además de las parlanchinas mujeres del autobús, había un joven agricultor que no dejaba de hablar de sus dos pequeñas hijas, a las que había dejado llorando una semana antes, en un pueblo rural de Guanajuato, y cada vez que se acordaba, lloraba también. Decía que no se regresaba porque era la única forma que tenía de pagar una deuda que lo agobiaba más que el dolor de separarse de su familia. Iba rumbo a Nueva York, donde dos hermanos suyos, aparte de pagarle el coyote, le habían ofrecido conseguirle empleo.
Sin duda, el que más llamaba la atención era un hombre gordo, de unos 50 y tantos años, que desde la primera noche fue bautizado unánimemente como el "Roncador", porque en cuanto se apagó la luz y todos trataban de conciliar el sueño, sus ronquidos empezaron a llenar el cuarto. Era como si estuviera a punto de asfixiarse. El resultado fue que sólo unos cuantos pudieron dormir, mientras que el resto permaneció temeroso de que el hombre amaneciera muerto.
En plena madrugada, llegó a la casa un bullicioso grupo de muchachas, que por su conversación supieron que eran de Oaxaca. Eran tan jóvenes que parecía que se hubieran escapado directamente de la secundaria rumbo a la frontera. Al poco rato, los brincadores ya se las habían repartido. Germán se durmió antes de saber en qué terminó ese asunto.
A la mañana siguiente ya había por lo menos 20 personas en la casa. Desde temprano, el esposo de doña María empezó a hablar de las reglas del cruce:
--Nadie va a llevar mochila. Pónganse ropa cómoda y tenis. No lleven ninguna identificación. Apréndanse el número telefónico de aquí y los de sus familiares y sus contactos. Si traen dinero escóndanselo bien en la ropa interior, por si las malas aparecen los cholos.
Germán y Eloísa solamente traían una mochila pequeña, con cuatro mudas de ropa para cada uno, la mitad de la cual ya estaba sucia. Pero otros traían mochilas grandes y caras, incluso cobijas.
--Creo que ésta es una buena parte del negocio --dijo ella.
--Sí, te imaginas todo lo que se queda aquí diariamente, incluso ropa buena. Seguro han de tener su bazar.
El día dos fue largo y tenso.
Fue un día de expectación porque ya se había dicho que por la noche se intentaría el cruce, aunque todo el tiempo hablaban de que la línea estaba caliente, lo que significaba presencia reforzada de la Migra.
La monotonía fue rota por la llegada de una muchachita de unos 15 años que dijo llamarse Amelia. Era de facciones finas y hermosas y hablaba educadamente. Aduciendo el mismo sentido humanitario de todos los casos, doña María la había levantado cuando la encontró preguntando por el hotel San Carlos.
--Ese lugar es un nido de cholos, traficantes de droga y violadores --le advirtió.
Doña María permitió a Amelia hablar con sus supuestos parientes en Estados Unidos para que les explicara la situación; pero, al colgar, la jovencita dijo que se iría al hotel San Carlos. Todavía las mujeres hicieron un último esfuerzo por convencerla del peligro que corría; pero de todas maneras tomó su maleta y se fue. La ternura que ella proyectaba llenó a todos de pesar, por la suerte que suponían le esperaba.
--Es su pedo --dijo, resignada, una de las dos mujeres que habían compartido el mismo hombre--, a lo mejor con lo que nosotras lloramos ella se ríe.
Capítulo cuatro
Hínquense
Les habían dicho que intentaran dormir, que en la madrugada los iban a despertar para hacer el cruce, pero Germán mantuvo los ojos cerrados y la mente alerta, temeroso de que todos se fueran y ellos se quedaran dormidos.
En el cuarto a oscuras, donde retumbaba el escándalo del Roncador, trataba constantemente de descifrar los ruidos del exterior. Su mente daba saltos, del pasado al presente, del presente al futuro. Su relativo éxito profesional, sus rupturas personales, sus experiencias sexuales, su tierra, sus hijos, sus amigos, la todavía persistente inquietud por lo ocurrido con Terán.
Eloísa parecía estar dormida, con su hermoso rostro moreno pegado al de él. Se daba cuenta que aunque ellos viajaban también de mojados, eran diferentes a los que estaban en la misma aventura. ¿Por qué no habían hecho las cosas correctamente y esperado a tener una visa? Quizá había sido sólo para seguir armando su vida con locuras o tal vez para ganarle algunos meses a la vida o para no darle al Tío Sam el gusto de negarles la visa. Sin embargo, lo que menos les interesaba era que alguien supiera que alguna vez habían sido periodistas. Estaban en el bajo mundo, en manos de individuos que para cualquiera eran unos mafiosos.
Les habían dado la parte alta de la litera. Él paseó su mano por la espalda de ella, acarició sus nalgas y llegó hasta el cálido pubis. No habían hecho el amor desde hacía días. Ella respondió pegándose más a él, sin abrir los ojos. Germán se puso a recordar todos los buenos momentos pasados juntos. Entonces su mano recorrió de regreso la espalda para abrazarla fuertemente. Era lo mejor en ese momento de incertidumbre.
Ante la imposibilidad de dormir, Germán empezó a rezar. Había aprendido que solamente en casos de extremo sufrimiento o miedo lograba realmente establecer comunicación con Dios y ser escuchado. Tenía la convicción de que Dios nunca le había fallado cuando le pedía algo; pero solamente así, cuando le podía hablar con sinceridad.
"Padre mío", le dijo con el pensamiento, "te doy gracias desde ahora porque sé que tú nos vas a colocar con bien en nuestro destino. Yo sé que tú lo vas a hacer y por eso te doy gracias desde ahora. Gracias. Y ahora te voy a rezar un Padre Nuestro".
Y rezó en silencio un Padre Nuestro y un Ave María y siguió con los ojos abiertos, mirando los pequeños puntos de luz en el techo de lámina de zinc, como muchas veces había hecho en el rancho. Tuvo que reconocer que sentía un poco de miedo? y nostalgia.
A lo lejos ladraban algunos perros y se oía el murmullo de los neumáticos de los carros al deslizarse por una carretera. Llegaba también el rumor de música norteña y gritos como de una fiesta o una cantina, que dedujo provenían del hotel San Carlos.
Entre el estruendo del Roncador, Germán pudo escuchar el tic-tac de un reloj colocado en alguna pared de la habitación; calculó que debía ser la una de la madrugada. Pensaba en Amelia, que se había ido para allá. Acaso estaba siendo en ese momento violada o golpeada por un grupo de tipos depravados y drogados. Acaso eso era para ella algo normal. Acaso la leyenda negra del hotel San Carlos era otro invento de la familia de doña María para que a nadie se le ocurriera buscar otro coyote. Decidió olvidarse del asunto.
De repente, se abrió la puerta y el marido de doña María se asomó para decir con firmeza pero sin volumen:
--¡Nos vamos! ¡Levántense todos!
En un momento, todos los que aparentemente estaban dormidos estaban de pie. Germán ya tenía todo planeado. Sobre el pantalón que traía puesto, se puso otro. Se acomodó también dos camisas y, encima de todo, un suéter (lo llamaba el "suéter del amor", un regalo de Eloísa). En la parte de enfrente de la trusa se acomodó los dos billetes de 100 pesos que le quedaban y en la parte de atrás, donde la espalda se parte en dos, se colocó la credencial para votar mexicana y su tarjetita de donador de órganos, que se había venido salvando entre todas las cosas que había desechado. ¿Qué pasaría si moría en el cruce? ¿Servirían sus órganos para trasplantes? ¿A quiénes? ¿A los gringos? Pensó en broma que si los cholos o la Migra le detectaban la credencial y la tarjetita tendría que estarle yendo muy mal.
En las bolsas del primer pantalón puso las monedas que tenía, su pañuelo, su desodorante; pasta y cepillo de dientes y una agenda en miniatura. Su plan era darles eso a los cholos en caso de un asalto. Hacía mucho tiempo que no veía reducidas sus pertenencias a tan poco y todavía estaba dispuesto a ofrecerlas a cambio de su vida o la de Eloísa, de ser necesario.
Mientras ella se metía con trabajos en un segundo pantalón de mezclilla, Germán no cesaba de orar mentalmente: "Dios mío, haz que todo salga bien". Y luego corregía: "Dios mío, te doy las gracias porque sé que con tu ayuda todo va a salir bien".
Tomó sus últimas dos pertenencias materiales: Una gastada chamarra de los Yankees y una botella de agua y se despidió de la mochila que hasta esta parte del camino los había acompañado.
--Siento dejarla ahí --le dijo a Eloísa--, pero son las órdenes.
Todos fueron saliendo del cuarto rumbo al patio lateral de la casa, uno por uno y guiados a donde estaba una vieja van oxidada, sin asientos. Los coyotes los fueron acomodando en el interior, sentados en el piso y con la insistente recomendación de que sus cabezas no fueran visibles por las ventanillas.
--¡Que nadie hable!--, les decía don Roberto, como si el murmullo de un grupo de migrantes nerviosos fuera a superar el ruido de un escape con el silenciador dañado.
A partir de entonces se acabaron las delicadezas. Los hombres hablaban en tono de regaño, como si se tratara de un operativo policiaco o militar y los migrantes fueran un grupo de recién graduados de la academia.
Las puertas traseras del vehículo se cerraron y fueron aseguradas desde el exterior. Ya nadie podía arrepentirse. Reinó la oscuridad. Se escuchó el ruido del motor al encenderse y se sintió el olor picante del humo del escape al entrar por los agujeros del piso. Germán recordó el peligro mortal del monóxido de carbono. Aumentó la intensidad de su rezo silencioso. El carro empezó a desplazarse por un suelo de terracería.
Nadie sabía hacia dónde iban, ni cuánto duraría el viaje, ni cuántos de ellos eran pollos y cuántos eran brincadores, ni qué harían al bajar. Sólo estaban seguros de que por fin habían emprendido el verdadero camino hacia Estados Unidos. El camino de los pobres, de los que no tienen tiempo ni dinero ni puestos públicos ni cuenta bancaria ni argumentos para demostrarle al Tío Sam que no tienen intención de quedarse del otro lado a quitarles el pan de la boca a quienes tuvieron la suerte de nacer en esa tierra. El camino hacia los dólares, que significaban para todos la esperanza de romper las cadenas de la miseria, aunque fuera violando las leyes de otro país.
No más de cinco minutos después de iniciado el viaje, la camioneta se detuvo y las puertas se abrieron.
--¡Abajo todos!--, dijo una voz autoritaria.
Uno tras otro fueron bajando y escurriéndose por el suelo polvoriento hasta una cerca de alambre de púas, en la que unos pasaban por debajo y otros entre el primero y segundo alambres.
--¡Sigan al de la gorra! ¡Sin hablar!
Se dieron cuenta que los brincadores eran tres, dos que iban al frente, buscando caminar siempre sobre la maleza, mientras que uno más vigilaba los costados y la retaguardia. Era fácil distinguirlos por las gorras de color oscuro. Las jovencitas oaxaqueñas se reían de cualquier cosa y se empujaban, como si se tratara de un juego.
--¡Shhhh!?, fue la orden sin palabras.
Pero las jóvenes no obedecieron. Aparentemente, la convivencia de la noche anterior había roto la disciplina. Germán caminaba pendiente de Eloísa, mientras oraba en silencio. No había luna. Las siluetas incoloras se distinguían únicamente por la escasa claridad que llegaba de las lámparas del alumbrado público regadas a cientos de metros de distancia, en los dos pueblos llamados Naco, y por las estrellas, que repartían la misma cantidad de luz para ambos lados de la frontera. Las mismas estrellas que servían de guía a los brincadores, quienes avanzaban zigzagueantes pero siempre volviendo a alinearse bajo la vía láctea, nítida, bajo un fondo negro, como si su estampado tuviera marcado el camino.
Al poco rato nadie, excepto los brincadores, sabía donde estaban. Germán se preguntaba si todavía se encontraban en territorio mexicano o ya habían cruzado la línea. Era la diferencia entre ser ciudadanos mexicanos comunes y corrientes o estrenarse como indocumentados y sujetos a ser cazados por los guardianes de la ley o los grupos xenófobos.
No sabían de qué lado de la frontera estaban, porque el terreno, poblado de vegetación reseca y llena de espinas, no cambiaba al cruzar la línea. Tampoco las aves nocturnas, los insectos, las piedras o el viento.
La fila zigzagueaba, como una serpiente silenciosa, moviendo apenas los arbustos o el pasto. Algunos caían, otros los levantaban. Los propios migrantes y el miedo fueron poco a poco controlando el bullicio de las oaxaqueñas, que se sumaron a la suerte de todos, de punzarse con las espinas invisibles, tropezar con ásperas rocas o rodar por las veredas del ganado, llenas de grava suelta.
El peligro era real. A los rancheros de Arizona les había dado por dispararles a los mojados que cruzaban por sus propiedades. En cualquier sitio podría aparecer una banda de cholos para asaltarlos. Y qué decir de las serpientes de cascabel o los alacranes, capaces de matar a cualquiera.
Avanzaban con rapidez sobre un camino de terracería cuando uno de los de gorra levantó una mano y la bajó varias veces, señalando hacia el monte. En un instante, todos desaparecieron entre los arbustos, a ciegas. El corazón de Germán latió de prisa. No tenía idea de si ese vehículo era de la Migra, de algún ganadero sonorense o de un ranchero de Arizona, cazador de ilegales. Mientras mantenía su cabeza junto a la de Eloísa, empezó a sentir un nauseabundo olor a carroña, que a punto estuvo de hacerlo estornudar o vomitar. ¿Era acaso el cadáver de alguna víctima de los cholos o de las bandas de narcos? La carroña podría estar enfrente o debajo de ellos. No había manera de saberlo. Un escalofrío le recorrió la espalda; pero decidió poner su mente en blanco. Cuando dejaron de verse las luces traseras del carro, el guía se levantó y todos hicieron lo mismo, reanudando la marcha.
Como quien lanza un objeto a flotar en el agua, Germán soltó la chamarra de los Yankees que había usado durante varios inviernos y que llevaba en la mano, más por afecto que por necesidad. A esas alturas se había convertido en un estorbo. Conservó solamente la botella de agua? y a Eloísa.
De un matojo, cortó una fruta seca desconocida para él, a la cual apretó con su mano izquierda. "Será mi amuleto de la buena suerte y la guardaré como recuerdo cuando llegue a Carolina del Norte", pensó, como buscando algo en qué descargar la tensión. En ese momento el guía levantó la mano y todos se detuvieron.
--¿Quién trae botas?
--Yo --respondió el joven campesino de Guanajuato.
--¡Quítatelas!
--¿Pero, cómo voy a caminar así?
--¡Que te las quites te digo! Se les dijo claramente que todos debían traer tenis. Por tu culpa nos oyen y nos chingamos todos.
El pobre hombre se quitó las botas, que pasaron a convertirse en una fastidiosa carga para sus manos, mientras sus pies se protegían sólo con los calcetines. El grupo cruzó una maltrecha cerca de alambre electrizado y un canal al parecer de aguas de riego en el que todos quedaron mojados por lo menos hasta la cintura. Germán se despidió de los números telefónicos que había escrito con plumín en la miniagenda, los que seguramente se estarían borrando al disolverse la tinta.
--Ahora sí ya somos mojados --susurró cerca del oído de Eloísa.
--Sí --dijo ella, riendo.
Cruzaron corriendo un terraplén de unos cinco metros de ancho y unos tres de elevación, que en medio de la oscuridad parecía ser recto y muy largo. Germán dio por hecho que esa era la frontera y por fin la habían cruzado, pero estaba equivocado. Unos 100 metros adelante, como si se deslizaran en medio de los árboles, se veían las luces de los vehículos blancos de la patrulla fronteriza. Los migrantes podían sentir los binoculares infrarrojos acariciarles la nuca. Era lógico pensar que habían sido avistados al cruzar el terraplén, por lo que Germán se preparó mentalmente para estar dos o tres horas agazapado en ese lugar. Y otra vez se equivocó. El que iba al frente se levantó y el grupo recorrió en tropel los pocos metros de distancia que había entre el terraplén y los arbustos que bordeaban la carretera donde andaban las patrullas.
Ahí estaba la línea. Era una cerca de malla cubierta de bejucos, que en algunos tramos no medía más de 60 centímetros de altura, como si invitara a ser saltada. Germán tuvo tiempo para pensar en que si cualquier campesino tenía en mejores condiciones las cercas de sus potreros, ¿cómo era posible que el gobierno del país más poderoso del mundo no tuviera para pagar unos peones que levantaran la cerca? ¿O acaso se trataba solamente de un filtro para que pasaran algunos y otros no?
El brincador que servía de guía hizo desesperados movimientos para que todos se escondieran; pero fue en vano. No había dónde. Los arbustos esteparios eran demasiado altos y el suelo demasiado limpio, como si se tratara de un escenario expresamente preparado por la naturaleza para atrapar ilegales. Todos se tiraron al suelo. Germán estaba con la cara pegada al suelo cuando escuchó el ruido de los neumáticos de un vehículo al andar lentamente sobre la terracería. Luego oyó voces ininteligibles. Rechinó el alambre al deslizarse entre las grapas de los postes podridos, cuando los gringos brincaron la cerca. Luego sus pasos. Empezaron a contarlos, mientras se comunicaban por radi
--One, two, three, four...
Intercambiaban bromas en inglés y se reían. Si la cerca era la línea, los estaban agarrando dentro del territorio de México. Germán estaba seguro que su mujer estaba junto a él. Podía sentir el calor de su cuerpo y el olor de su miedo, sin poder siquiera murmurarle o voltear a verla, con la esperanza de no ser descubierto, como cuando de niño jugaba a las escondidas. Se sintió terriblemente humillado cuando un agente le golpeó ligeramente las puntas de los tenis, diciéndole en español que se levantara, al tiempo que decía: "Twenty two...". Y lanzaba una carcajada.
Sintió más coraje cuando vio la cara del "gringo", morena como la mayoría de los mexicanos. ¿Qué necesidad tenía él, Germán Molina, de estar viviendo esa pesadilla? No sabía la respuesta. Pero sí sabía que había sido atrapado por la Migra y que iría a la cárcel, algo que en toda su vida no le había ocurrido.
En cuanto estuvo de pie, buscó ansiosamente con la mirada a Eloísa y se dio cuenta que no era ella la persona que estaba junto a él. Sin hacer movimientos bruscos, observó a todos los detenidos hasta que estuvo seguro que ella no estaba ahí. Era tan mal fisonomista que no supo si faltaba alguno de los brincadores. Lo invadió el terror. Ella debía estar escondida en alguna parte, pero podía estar corriendo un gran peligro.
Cuando terminó la búsqueda los hicieron cruzar sobre la cerca. Por primera vez, Germán supo lo que era estar dentro de los Estados Unidos, aunque fuera con las manos puestas en la nuca.
--¡Hínquense!
"Hincarse, ¡madres!", pensó. Se mantuvo erguido, sintiéndose en medio de una pesadilla. ¿Qué pensaría Eloísa si no la buscaba en ese momento? ¿Se sentiría traicionada? ¿Y si estaba a salvo y fuera del alcance de la Migra y él la delataba? En realidad nadie se hincó. Algunos se limitaron a ponerse en cuclillas o a sentarse en el suelo, con la intención de descansar de la larga y tensa caminata.
Se dio cuenta que no estaban todos. Por lo menos el Roncador no estaba. Ellos debían estar escondidos muy cerca, quizá con alguno de los brincadores. ¿Y si estaban ellos dos solos, en medio de la estepa? "Dios mío, que no le pase nada a ella. Nada de esto tendrá ningún valor si le ocurre algo. Me dejaría morir. ¡Cuídala por favor!".
Aunque los celos rondaban por su pecho y su garganta, sabía que no debía desconfiar ni de ella ni del Roncador, pero si estaban solos corrían un gran riesgo de perderse en el monte reseco o de caer en manos de los cholos o ser mordidos por alguna víbora en la oscuridad.
Llegó una larga vagoneta blanca, del tipo de las que se usan en algunos lugares de México para transportar reos de una cárcel a otra. Parecida también a la van que dos horas antes los había arrojado al monte, en las afueras de Naco, Sonora; pero ésta nueva y con asientos y sin que nadie les estuviera prohibiendo hablar o asomar la cabeza.
Uno a uno, subieron todos. Rota la tensión, el grupo empezó a hablar en voz alta y a hacer bromas sobre lo que les estaba sucediendo. Cada ocurrencia era celebrada a carcajadas, como si se tratara de una reunión de viejos conocidos tomando cerveza. Las oaxaqueñas quedaron en los asientos más cercanos al conductor y el copiloto, cuyas siluetas se recortaban a contraluz tras una malla metálica. Tomaron por encargo al agente de la Migra cuya piel era trigueña:
--Tú eres más mexicano que el nopal, ¿por qué haces esto?
--Yo nací en Texas. Mis papás son mexicanos, pero yo no soy mexicano.
Las mujeres gritaron a cor ¡Uuuuu! Y ya entradas en confianza, empezaron a asediar al agente gringo
--Vente para acá, papacito, no nos tengas miedo que no te vamos a hacer nada.
Una de ellas pegaba la boca a la malla de acero y le lanzaba ruidosos besos, mientras que la otra hacía como que le iba a mostrar sus pequeños senos.
--Mira, papi, ¿a poco no se te antoja?
El resto de los pasajeros se limitaba a carcajearse. Sólo Germán seguía angustiado, arrepentido de no avisar de que faltaba Eloísa. Mientras estaba sumido en sus pensamientos, recordó la advertencia de no revelar su identidad por lo que sin pensarlo mucho dejó caer en una hendidura del interior de la camioneta su húmeda miniagenda. Ahí estaban los teléfonos de amigos y familiares que había dejado atrás. Un instante después se arrepintió, pero ya no la pudo recuperar. Con eso acababa de cortar la comunicación con la mayor parte de su pasado, porque eran muy pocos los números que se sabía de memoria.
La van avanzaba en la oscuridad. Nadie tenía idea de lo que podría ocurrir en el retén del Servicio de Inmigración y Naturalización, ni qué tiempo estarían presos, ni en qué clase de reclusión estarían.
--No pasa nada --decía uno que iba en el asiento de enfrente--, nos van a deportar y ya.
--Dicen que hay personas que las agarran hasta 15 veces antes de lograr pasar. Pero ¿hacia dónde nos irán a deportar? --decía el otro--. ¿Y si nos mandan hasta Guatemala, nada más por chingar?
El viaje fue corto. Encerraron a las mujeres en una celda y a los hombres en otra. Las celdas eran de unos 10 metros cuadrados, una a cada lado del pasillo de entrada.
La oficina se parecía a las de cobro de agua o luz. La celda de hombres estaba vacía cuando ellos llegaron. Germán miró los graffiti dejados como recuerdo por otros detenidos y se sorprendió de ver pintas hasta en el techo, que estaba a por lo menos tres metros de altura. Empezó a pensar en formas de escapar. Realmente no había muchas. ¿Cómo se puede abrir un candado sin tener la llave? ¿Cómo, si está en la parte exterior de una reja, tras una malla de acero? ¿De qué manera se puede romper una pared si solamente se tienen las partes del cuerpo?
Sentado junto a otros en una banca de concreto cubierta de azulejos, se burló de sí mismo al recordar que siempre había defendido a Estados Unidos como "el país de la libertad". No era una buena forma de mantener su alegato.
Empezó a analizar la forma en que habían sido atrapados. Era obvio que los brincadores los habían ido a entregar deliberadamente. ¿Sería para pasar algún grupo por otro lado o después de ellos? ¿Estarían esos tipos sirviendo al mismo tiempo a dos patrones?
Ninguno de los brincadores estaba en la celda, pero sí la hija de doña María. ¿Por qué no estaban los otros? ¿Qué estaría pasando con Eloísa?
Debía seguir ensayando mentalmente el nombre que daría cuando fuera llamado a declarar.
A las oaxaqueñas no parecía preocuparles nada. Tenían un gran escándalo, lanzando piropos a los oficiales, como si hubieran estado drogadas o ebrias. Una a una, fueron pasando al mostrador, donde les tomaron los nombres que se quisieron inventar, las fotografiaron y les tomaron sus huellas digitales.
Cuando le tocó su turno, Germán dijo llamarse Juan García Pérez, pero se estaba haciendo bolas cuando la oficial le pidió también los nombres de sus papás y con trabajos logró hacer que los apellidos de otros nombres inventados coincidieran.
Y de ahí salió con un pendiente: En el papel que lo pusieron a llenar había anotado que era de Veracruz. ¿Y si lo deportaban hasta allá? ¿Qué iba a pasar con Eloísa?
Sin denotar en su cara la tensión, volvía al único apoyo que le quedaba, orar calladamente: "Dios mío, yo sé que tú me vas a ayudar. Ayúdame a salir bien de ésta, por favor".
La impertinencia de las oaxaqueñas surtió efecto. El personal de la estación migratoria pareció fastidiarse de su griterío y en el lapso de una hora estaban subiendo a todos nuevamente a la van. Los migrantes no tenían idea del rumbo que llevaban. Unos 15 minutos después se detuvo junto a una garita semiiluminada con un letrero que indicaba: "Bienvenidos a México". Era Naco, Sonora. No los habían enviado hasta Guatemala, Veracruz o Agua Prieta; pero de cualquier manera iban de regreso.
Todos pasaron frente a una pequeña ventanilla en la que tenían que mostrar sus identificaciones mexicanas. Ahora sí, Germán le dio gracias a Dios sinceramente por haber conservado la credencial de elector, aunque fuera en las nalgas, ya que los que no la llevaban tuvieron que pasar un largo interrogatorio con los agentes migratorios mexicanos.
Le fue peor a la hija de doña María. Era obvio que ya la conocían.
--Lo único que quieren es dinero --dijo molesta cuando por fin le permitieron unirse al grupo, que empezó a caminar por la calle principal de Naco, de regreso al punto de partida.
--Que nadie se aparte. A esta hora hay mucho cholo --dijo la gorda.
En una esquina, junto a un terreno bardeado, dos hombres jóvenes forcejeaban con un tercero. Uno de ellos lo jalaba de un brazo y el otro estaba colgado de su mochila. El grupo pasó por el centro de la calle, a no más de cinco metros del sitio del desigual forcejeo. Germán miró lo que ocurría, al igual que todos, pero nadie reaccionó.
Pensó en que el problema por el que pasaba ese muchacho podía ser resuelto en un santiamén con la ayuda de todos. Pero nadie se dio por enterado. El chamaco se aferraba a su mochila, como si fuera más importante que su propia vida. ¿Quién era? ¿De dónde había llegado hasta ahí? ¿Su madre estaría sintiendo ese presagio que dicen que sienten las madres cuando sus hijos están en peligro? ¿Qué podría traer en la bolsa que valiera tanto? ¿Acaso dos o tres trapos sucios o unos cuantos pesos o droga? Los maleantes lo arrastraron detrás de la esquina bardeada. ¿Lo matarían o se conformarían con robarle? Germán estaba seguro de una cosa: debía ir a ayudar al infeliz; si él lo hacía, alguien más lo seguiría. Pero no lo hizo. Desde ahora tenía algo más de lo cual sentirse culpable; o, peor aún, cobarde.
A 100 metros de distancia lanzó un vistazo hacia atrás y vio a los dos cholos cruzando la calle tranquilamente. Habían consumado su fechoría. Pero no hizo por regresar a ver qué había pasado con el muchacho.
Cuando por fin pudo ubicar la casa de doña María, Germán aceleró el paso para llegar primero que todos y confirmar lo que era su mayor dese Ahí estaba Eloísa. Corrió a abrazarla y ella le correspondió, con los ojos llenos de lágrimas.
--Tuve tanto miedo --dijo ella.
--¿No estás enojada conmigo? --preguntó él, ansioso.
--No, ¿por qué habría de estarlo?
--Porque no hice nada por rescatarte.
Ella le contó lo ocurrid
--Yo me había quedado un poco atrás y cuando los agarró la Migra, a mí, al Roncador y a los brincadores no nos descubrieron. Más tarde cruzamos la línea y caminamos hasta una carretera pavimentada, donde nos subieron a una camioneta, en la que viajamos como una hora tirados en el piso. Cuando nos dijeron que nos podíamos bajar yo pensé que estábamos en Phoenix, pero estábamos acá de regreso. Tuve mucho miedo por ti.
--Yo era el que me tenía que preocupar. Pero lo bueno es que ya estamos juntos y estamos bien.
Sin avisarles a todos, esa misma noche los brincadores hicieron un nuevo viaje y lograron cruzar al otro lado a las oaxaqueñas. A todos se les hizo muy raro que el segundo viaje se hubiera hecho con tanta facilidad; pero al mismo tiempo se sintieron aliviados de poder hacer el siguiente intento sin el grupo de chamacas alocadas.
De cualquier manera, Germán habló con doña María:
--A mí se me hace que ahoche simplemente nos entregaron. Como que nos agarraron muy fácil.
--No te preocupes --le dijo ella--, esta noche pasan ustedes, por otro punto y con otros brincadores con más experiencia.
Al anochecer ya se habían vuelto a juntar más de 20 personas, listas para ser cruzadas. Se repitió la misma operación de la noche anterior. Una vez más, Germán se refugió en la oración. Se sacó de la bolsa del pantalón la fruta seca que había recogido la noche anterior y se hizo el propósito de no buscar ningún amuleto y concentrarse en las indicaciones de los brincadores. Tampoco debía perder la fe, aunque se volvieran a presentar problemas.
Desde el principio del segundo intento de cruce, observó una actitud más profesional en el hombre que comandaba a los brincadores. Los llevó por otra ruta, más pareja y más corta. Era más precavido y parecía contar con mucho mejor olfato para detectar los movimientos de las camionetas de la patrulla fronteriza.
La noche era igualmente oscura y despejada. Aunque el grupo se desplazaba por una ruta distinta a la de la noche anterior, siempre era siguiendo la brecha central de la vía láctea. Avanzaban despacio y en silencio. A cada momento, el guía levantaba la mano derecha y sus dos ayudantes ordenaban a todos a señas esconderse entre los matojos, aunque aparentemente no había razón para hacerlo. Cada vez que se escondían en los matojos, Germán temía irse a montar en una víbora.
Una hora después de haber empezado a caminar, el grupo se desplazaba por el monte, junto a una vereda de terracería. En cualquier momento podía ocurrir lo de la noche anterior, ya que las unidades de la patrulla fronteriza podían estar estacionadas en cualquier lugar, con luces y motores apagados y todos irían a caer como en una ratonera. Iban en hilera, bordeando lo que parecía ser un jagüey, a juzgar por la humedad del suelo y el espejo negro del centro, cuando se escuchó un tropel y frente a ellos se perfiló la fantasmagórica silueta de un hombre a caballo. Nadie esperó órdenes. Todos se tiraron al suelo, algunos en el fango, creyendo que se trataba de un ranchero de Arizona dispuesto a matarlos. El guía, en cambio, empezó a hablar en voz queda con el jinete, que al momento se esfumó como si efectivamente se hubiera tratado de un fantasma. ¿Quién era? Nadie más lo supo, pero a una seña del brincador todos se lanzaron en tropel a cruzar la brecha, que aparentemente era la que usaban las patrullas de la Migra.
Con base en la experiencia de la noche anterior, dedujeron que ahora sí habían cruzado la línea divisoria y se encontraban en el territorio estadounidense y, por lo tanto, de los rancheros de Arizona.
Había un gran trecho entre la rodada que acababan de cruzar y una carretera pavimentada que dibujaban las luces de los carros en movimiento, kilómetros adelante. Hacia allá iban.
Caminaban erguidos y rápido, en lo que parecían ser veredas de ganado. En medio del pastizal, Germán caminaba hasta atrás junto con Eloísa, que mostraba señales de cansancio. Ambos rebasaron al Roncador, que estaba en cuclillas, amarrándose las correas de los zapatos.
Pocos metros adelante, de repente todos se agacharon hasta prácticamente perderse bajo el pasto, de medio metro de altura. Se hizo un silencio absoluto. Todos miraban hacia la derecha, porque el guía miraba hacia allá.
El punto de atención era un matojo de ramas secas, que crujían cada vez que una figura humana enredada en ellas se movía. Todos contuvieron la respiración e hicieron un esfuerzo por esfumarse bajo el pasto reseco. Germán miró hacia atrás y comprendió lo que pasaba: En la fila no estaba el Roncador. Seguramente al tratar de alcanzar al grupo se había extraviado y se había ido a incrustar en los matojos. No era una amenaza armada, sino un pobre viejo enredado en los bejucos.
--Corre la voz --le dijo Germán al que estaba agazapado justo frente a él--. Que le digan al guía que es el Roncador, que se quedó retrasado amarrándose las agujetas.
Pero la voz no llegó al guía, por lo que se desplazó en cuclillas hasta el del frente y se lo dijo personalmente.
El hombre se levantó encolerizado y se dirigió al matojo, donde en voz baja usó las palabras más hirientes que encontró para reprender al Roncador. Luego se volvió furioso hacia el resto y les advirtió:
--¡Que nadie se aparte de la fila! ¿Oyeron? ¡Qué poca madre de este buey!
La caminata siguió a buen paso por pastizales, montes, zanjas, caminos pedregosos y alambradas. Por donde iban, lo único que se escuchaba era el ruido seco de sus pasos. El resto era silencio, como si la estepa se hubiera quedado callada para delatarlos. Desde lo lejos llegaba el siseo esporádico de las llantas de los carros que se deslizaban por la carretera, cada vez más invisible para ellos.
Llegaron junto a una cerca de alambre. El guía levantó la mano y todos se detuvieron. En la penumbra se recortaba una hilera de árboles y se veía una parte del pavimento, como si fuera un río de agua negra.
Como combatientes, hombres y mujeres se acostaron entre los bajísimos matorrales, fundiéndose con la maleza. En cualquier lugar podía estar una patrulla de la Migra. Doña María les había dicho que en situaciones como ésa, cuando traían niños pequeños lo que hacían era sedarlos para evitar el riesgo de que lloraran o gritaran. Afortunadamente, en el grupo no había niños.
No hubo instrucciones. A esas alturas todos parecían saber lo que tenían que hacer, que básicamente era no existir. Esta vez, Germán se aseguró de permanecer al lado de Eloísa. Empezó a sentir cómo diminutas piedritas se le enterraban en la cadera y las costillas. Su cerebro magnificaba la molestia, como si fueran creciendo y se convirtieran en espadas ardientes que penetraban lentamente hasta llegar al hueso. No tuvo más remedio que colocarse boca arriba.
Una vez más tuvo frente a sí al cielo, negro y perlado por miles de estrellas. Trató de concentrarse en él, en su perfección, en su inmensidad. Lo sintió cercano. Pudo sentir su contacto con Dios y se puso a orar en silencio, mientras apretaba momentáneamente la mano de Eloísa, a quien tenía tan cerca pero a la vez tan distante, por no poder hablarle o besarla, para evitar cualquier ruido o distracción. Se alarmó de pensar que el Roncador pudiera dormirse, porque en medio de ese silencio sus ronquidos serían escuchados a mucha distancia. Vio pasar estrellas fugaces.
A 10 kilómetros de altura los aviones nadaban en la atmósfera, como suspendidos del cielo con delgados hilos. El sueño se empezó a apoderar de él. Sentía también un poco de frío. A lo lejos, se escuchaba el aullido de un coyote, de los reales, no de los que trafican seres humanos.
El cansancio era mucho, pero más somnífero era el silencio del grupo. Ahí junto a él había varias mujeres y unos 15 hombres y parecía que estuviera solo, a no ser por el leve ruido que de vez en cuando producían algunos al darse la vuelta para acomodar las piedras a las cavidades de sus cuerpos. Trataba de mantenerse alerta, pero por momentos los párpados le parecían demasiado pesados. Un muchacho que estaba tirado al lado suyo empezó a exhalar fuerte el aire, en señal de que se había quedado dormido. Eloísa estaba también muy relajada, agotada por una caminata a la que no estaba acostumbrada. Germán empezó a preocuparse por ellos y eso le alejó el sueño.
A cada rato, se escuchaba desde lejos el siseo de las llantas de un carro, el ruido iba aumentando hasta volverse ensordecedor, como si se acercara un aeroplano. Cada uno de esos carros podía ser el que vendría por ellos. Pero luego el ruido empezaba a decrecer, hasta revolverse con el silencio de la noche. El pulso de Germán también se aceleraba y poco a poco volvía a su ritmo normal, casi sedante.
Dos golpes dados con la mano en la lámina de un carro taladraron el cerebro de Germán.
--¡Vámonos! --dijo el guía con firmeza.
Germán dio un salto y puso en marcha lo que con tanta minuciosidad había planeado. Tomó de la cintura a Eloísa para levantarla al mismo tiempo que la despertaba, si acaso estaba dormida, y sacudió con brusquedad al muchacho que efectivamente dormía al lado suyo.
El pulso se le aceleró y la adrenalina le produjo un sabor amargo en la garganta. Prácticamente lanzó a Eloísa por debajo del alambre y él se tiró un clavado. Ambos fueron de los primeros en pisar el pavimento. Frente a ellos estaba una pick up con el motor acelerado. Un hombre les daba instrucciones:
--¡Las mujeres a la cabina! ¡Escondan la cabeza! Los hombres a la batea. ¡Rápido! ¡Vamos!
Vio a Eloísa desaparecer en la cabina. Él saltaba a la parte de atrás, cuando se oyeron gritos desesperados:
--¡Atrás! ¡Regrésense!
Al mismo tiempo, la camioneta arrancó a toda velocidad. Germán apenas tuvo tiempo de tirarse al piso del carro, junto con otros tres hombres que alcanzaron a subir mientras el resto de la gente regresaba al monte. Todo ocurrió en unos cuantos segundos.
No hacían falta explicaciones. Mientras la camioneta parecía ir a 100 kilómetros por hora, unas potentes luces la envolvían y lanzaban destellos como los de un faro. Germán estaba seguro que era una patrulla. La huida siguió a lo largo de varios kilómetros, hasta que la vibración del piso registró el momento en que salió de una carretera principal para tomar otra. Luego la camioneta entró lentamente en una gasolinera y se estacionó.
Las lámparas de vapor de sodio coronando los postes indicaban que se trataba de un pueblo pequeño. Un pueblo silencioso, de luces solitarias y perros ladrando en la distancia. Un pueblo como el del sueño de Germán Molina; sólo que él no estaba abandonado en una calle sin gente, sino acostado boca arriba en el piso de una pick up, como los cerdos que compran los coyotes veracruzanos a los campesinos para revenderlos en los rastros. Germán se diferenciaba de los cerdos en que él no iba amarrado, porque sabía entender cuando le decían que se quedara quieto. Además iba en busca de una vida mejor y no rumbo al matadero. Es más, en agradecimiento, él les iba a pagar a los coyotes por llevarlo así.
Se sintió el movimiento en la camioneta cuando el chofer bajó y al asomarse, le habló con aspereza a Germán:
--Este pie, que no se vea.
Él había puesto un pie sobre el otro para dejar al de arriba descansar un poco. Ni modo.
En la batea de la camioneta había tornillos, herramientas y una rueda de repuesto. El piso tenía tierra y granitos de arena que lastimaban más que los del monte, por estar apoyados directamente sobre la lámina, cuyos canales también remolían la piel. Tenía las nalgas ya entumidas.
"¿Realmente soy yo el que está viviendo esto?", se preguntó de repente.
Y su pensamiento lo transportó a la cabina de radio, donde era amo y señor. ¿Valía la pena el trueque considerando el precio tan humillante? Los que iban con él eran campesinos, obreros y hasta gente que tenía cierto capital; pero ninguno de ellos tenía estudios o había desarrollado una carrera como la suya. Se atrevía a justificarlos. Pero él sabía hacer otras cosas y tener trabajos con comodidades y un sueldo decoroso. Pero ahí estaba, decidido a seguir.
"Soy yo mismo", se decía. "Pero cada vez me cuesta más trabajo creer que no estoy loco".
Y mientras, Eloísa debía estar pensando algo parecido, escondida en el interior de la cabina, hecha nudo con quién sabe cuántas mujeres.
El chofer se asomó de nuevo y les advirtió con rudeza:
--Vamos a pasar por los otros. Si acaso nos agarran, ustedes van a decir que esta camioneta la compramos entre todos. ¿Okey? En mil 500 dólares.
No fue una pregunta, fue una orden. Nadie había comprado camioneta. Los que estaban ahí no tenían dinero ni siquiera para comer. Mil 500 dólares era lo que a algunos les estaba costando el viaje.
Comenzó otra vez la acción. Germán podía sentir en el ruido y la vibración del piso los cambios de velocidades. Al poco rato el carro se paró donde estaban escondidos los demás. Hasta ese momento, ellos no sabían lo que era la verdadera incomodidad. Los que se habían quedado escondidos en el monte literalmente les cayeron encima. Era la única forma de que una pick up pudiera llevar más de 20 personas sin que se viera ninguna que no fuera el chofer.
Sentir a un tipo sobre sus nalgas no le hizo ninguna gracia a Germán; pero ninguno de los dos tenía la culpa. Si se daba la vuelta quedaría frente a él, lo cual no era menos incómodo. Hizo un esfuerzo para colocarse de costado, lo que dejó el peso del tipo sobre el lado izquierdo del hueso de su cadera. La lámina y la arena del piso le provocaban un dolor insoportable. Y de cualquier manera, tenía un hombre atrás y otro adelante, apretujados, como sardinas en una lata. No pudo evitar recordar lo que había leído sobre la forma en que transportaban a los esclavos negros desde África hasta esa misma tierra de la libertad, acostados dentro de compartimientos de los barcos, batiendo sus propios excrementos.
Pero ya estaba en los Estados Unidos, que era su meta. No podía darse la vuelta, ni controlar su dolor, ni quejarse, ni maldecir; pero había pasado del Tercer Mundo al Primero.
A los 10 minutos del viaje empezó a sentir otra clase de dolor, el de la inmovilidad. Le dolía cada músculo, cada hueso, cada tendón. No podía estirar las piernas, porque al fondo iban otras personas, incluso mujeres. El peor dolor de todos era el del cuello. Tres minutos con la cabeza colgada hacia el piso metálico, hasta que el dolor era intolerable del lado superior; tres minutos con la cabeza sostenida en vilo hasta que los tendones y músculos del cuello y los hombros parecían a punto de estallar. Tres minutos de luchar por no pararse y mandar todo a chingar a su madre. Pedir una patrulla que lo regresara a su país, a vivir pobre, pero como ser humano. Pero él no podía rajarse. Su mujer no se había rajado. Las mujeres que viajaban al fondo de la batea de la camioneta tampoco se habían rajado. Él no lo iba a hacer. Y luego el frío. Tenía solamente un brazo libre y lo tenía ya entumido. La nuca y las mandíbulas le temblaban. Pero nadie hablaba. Nadie se quejaba.
Miró de reojo hacia el cielo y no se acordó de la vía láctea, solamente de Dios y le pidió resistencia y valor. "Ya estoy en esto, no me dejes ser un cobarde".
El carro iba a toda velocidad. Nadie hacía ruido, nadie se movía, nadie se quejaba. Cualquiera que en ese momento hubiera tenido que morir lo habría hecho callado, sin pedir ni tener a su alcance el consuelo de amigos o familiares, sin despedirse, sin gritar siquiera.
Intentó distraerse viendo las líneas de los cables eléctricos, ligeramente más negras que la noche, a veces interrumpidas por las curvilíneas siluetas de los árboles. Pero nada le permitió librarse del dolor, que se prolongó por unas tres horas, tiempo en que el veloz vehículo recorrió más de 200 millas, entre Naco y Phoenix, Arizona.
Poco a poco, los cables fueron aumentando en número y en grosor, hasta que los postes de madera no pudieron cargarlos y fueron sustituidos por torres metálicas. Como gigantes voladores, negros puentes pasaban raudos sobre la camioneta descubierta. Puentes grandes o angostos, transversales o diagonales, sencillos o dobles, rectos o curvos. Puentes cada vez más frecuentes, que indicaban que la camioneta había entrado a la capital de Arizona o estaba en los suburbios. Luego aparecieron las lámparas de alumbrado, semáforos y cables transversales. Ruidos de motores de carros invisibles, puntas de pinos, techos de casas, más puentes.
La pick up empezó a dar vueltas en un gran estacionamiento, como si flotara en un remolino del río, hasta que, por fin, se detuvo. El chofer apareció de nuevo, hablando con una tranquilidad que solamente él sentía.
--Nadie se mueva. Van a salir primero las mujeres que están en la cabina. Luego van las mujeres que están acá. De dos en dos. Los van a guiar, calladitos. Sigan ahí.
Mientras sentía el cuerpo adormecido y seguía en la misma posición de tres horas antes, Germán se repetía una y otra vez: "Jamás quiero volver a pasar esto. ¡Jamás!".
Una mujer muy amable, en sus treintas y de piel blanca, los recibió en un apartamento ubicado en el segundo piso de un largo edificio. Los pasó a todos, hombres y mujeres, a una recámara alfombrada, con una sola cama. Había un aparato de televisión en el que un hombre repetía interminablemente un comercial en el que anunciaba un curso para aprender inglés, que llevaba como regalo una videocasetera, un equipo modular y un curso para el examen de ciudadanía.
Estaban todos juntos y de inmediato se sintió el olor a pies; pero era infinitamente mejor que lo que acababan de pasar.
--Ahí está el baño, para que vayan pasando uno por uno, y luego les traigo de cenar --dijo la mujer, con melodioso acento norteño--. Mantengan la ventana cerrada, no hagan ruido y tienen estrictamente prohibido salir, mientras no se les diga.
German y Eloísa pudieron por fin bañarse, aunque al no traer más ropa ni dinero, tuvieron que ponerse la misma ropa. La cena consistió en una torta y un refresco para cada uno. Se acostaron en la alfombra, usando los brazos como almohadas y se durmieron profundamente.
Temprano, los despertó la alegata:
--¿Cómo que hay que pagar todo el dinero aquí mismo? Habían dicho que se pagaría la mitad aquí y la otra al llegar a Minneapolis --discutía una de las mujeres que habían tenido el mismo hombre.
--No, se paga aquí.
--A mí también me dijeron lo mismo --intervino Germán, irritado y aún modorro.
--Ya no se hace así. Nos ha pasado mucho que luego que llevamos a las personas ya no nos pagan, y no queremos más problemas --insistía, segura, la mujer de la voz suave--. Llamen a sus contactos y nosotros hablamos con ellos. De todas maneras, al que no quiera pagar lo regresamos a México, no hay ningún problema.
Y no hubo problema, al menos para los coyotes, y en pocas horas empezó a fluir el dinero a través de Western Union, y los, ahora sí, ilegales, fueron saliendo de la recámara, uno a uno, según su destino y el medio de transporte que necesitaran. Había algunos que iban ahí mismo, a Phoenix, o alguien iba a ir por ellos.